
Cuando se ven venir elecciones, nace en la izquierda un proyecto ilusionante. ¿Otra vez? Otra vez. Lo viejo tiene que morir para que lo viejo vuelva a nacer. La propuesta que se lanza, apadrinada por el diputado Rufián, lleva implícito el reconocimiento de un fracaso. El suyo. Ocho años de un Gobierno de izquierdas, apoyado por la miríada de partidos que desea aglutinar en un frente electoral, han dejado a las izquierdas en una crisis existencial. Es por ello que preparan planes. Planes que les permitan fracasar de nuevo, pero después de otros tantos años. Los propagandistas de la tele pública hablan de la vía Rufián y ponen un mapa muy chulo donde se ve lo de los escaños. Qué pasaría si la izquierda radical va desunida y qué pasa si va toda junta. La vía Rufián es un proyecto ilusionante para ganar escaños, no para ganar votantes.
El problema es para qué. Porque sus promotores quieren, o eso dicen, parar al fascismo. Y quieren pararlo con cálculos de cuántos escaños pueden sacar sus pequeños partidos. Parar así el fascismo. Es de risa. Pero aceptando que se pueda frenar al fascismo por vías tan moñas, la manera más eficaz de optimizar el voto en las esquivas provincias es concentrarlo en el partido más grande. Hasta los que estaban en la sala tomándose unas birras lo entenderían. Si la obligación urgente e histórica es evitar que el PP y Vox gobiernen España, Rufián y asociados tienen que dejar sus pequeños cálculos y pedir a su gente que vote al PSOE. Con la nariz tapada, sin mirar la papeleta, sin acordarse de los casos de corrupción. Da igual. Porque la única garantía cien por cien de que no salgan los malos de la derecha es que todas las izquierdas voten a los malos del PSOE.
Frente a una derecha que da miedo, que es criminal y salvaje, que va a encarcelar y a causar sufrimientos terribles (textuales de Rufián), qué menos que sacrificarse. Sacrificarse, sí, porque ellos perderían sus puestos de diputados. Pero lo harían por la gran causa de frenar al fascismo. Y tampoco es tan diferente a lo que han hecho estos años. Todos ellos han votado al PSOE para una investidura, y lo volverán a hacer si dan los números. Ahora, cuando dicen que la situación es crítica, que la amenaza es tremenda, que el daño será letal, sólo tienen que adelantar un poco el acto sucio y votar por el PSOE cuando vayan a las urnas. Resulta, incluso, más honrado. Más limpio, más transparente. El verdadero candidato de Pedro Sánchez y el resto es Rufián. No tienen alternativa. Ninguno de ellos tiene la más mínima posibilidad de ocupar el sillón de Moncloa. Han votado por él, y votarán por él. Vótenlo, entonces, de entrada y, ¡zas!, peligro fascista eliminado.
Menudo cuento están contando. Es un cuento de miedo para asustar a la gente y para que vuelva a votarles, pese a ocho años de fracaso y desencanto. Quieren conservar sus puestos, vaya, y como no tienen nada que ofrecer, véanse los puntos programáticos de Rufián, desempolvan el relato de terror. Otra vez. Dicen que al público de la sala le brillaban los ojos por la ilusión. A ver, que las birras también ayudan. Y ahora que el tabaco está proscrito, lo mejor de luchar contra el fascismo son las cervecitas de después.
