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Javier Somalo

Tapar un golpe con otro

Si el PSOE desclasifica la historia a la carta es porque necesita un golpe para tapar otro. Igual que recurrió a Franco para despistar sobre otro caudillo que todavía hoy pretende un cambio de régimen.

Tejero-23F-250225 | Cordon Press

Para saber qué hay detrás de una cortina de humo no hay más remedio que atravesarla. La desclasificación de secretos siempre es buena, igual que muchas veces son necesarios los secretos y otras, no tanto. Pero en manos de Pedro Sánchez, tanto el secreto como su desclasificación todas las cautelas serán pocas.

Lo de los papeles del 23F ha sido como tirar un mendrugo de pan al estanque de El Retiro. Las voraces carpas, algunas ya parecen ovejas, apenas dejan que el cebo toque el agua. Es una acción simple seguida de una reacción masiva e inmediata. No es de extrañar, pues, lo que ha pasado con gran parte de la prensa española, ávida de mendrugos informativos y yerma de lecturas y memoria. Tan mal está la cosa que alguno confunde a Sabino Fernández Campo con Sabino Arana (¡calcados!) o el 23F con el "golpe de los coroneles" del 27 de octubre de 1982, más de un año después, que quedó en conspiración.

Desde la muerte de Franco en 1975 hubo riesgo golpista en España. Y si hubiera sido por el marqués de Villaverde, desde antes. En 1978 se desactivó la Operación Galaxia, por ejemplo, y ya estaba por allí el teniente coronel Tejero merendando con el entonces capitán de la Policía armada Ricardo Sáenz de Ynestrillas y otros tres oficiales (no hubo generales) de Infantería. Tras su detención, porque los detuvieron y condenaron a siete meses de prisión, justificaron que aquello no pasó de una charla teórica sobre el concepto de golpe en la política. Una cosa casi académica y muy poco creíble.

Pero en 1980 todo el mundo hablaba del 23-F de 1981. Faltaban la fecha exacta, los nombres concretos, los detalles operativos y la puesta en escena, pero en la élite política, empresarial y periodística del momento el que no estaba enterado del golpe de Estado y de un eventual gobierno de concentración o "salvación nacional" con militares y hasta comunistas sería por desinterés. Y eso que no había redes sociales, ni espectáculos televisivos, ni siquiera tertulianos todólogos con pinganillo y tablet.

1980 fue el año más sangriento de ETA, el año de la crisis del petróleo que golpeó a España duplicando los precios del crudo. También fue el año de la moción de censura de Felipe González contra Adolfo Suárez. ¿Dicen algo los papeles nuevos sobre si ya había oído hablar el PSOE de la Operación Armada o cualquier otro cuartelazo cuando prepararon la moción?

Nadie ha desmentido la reunión del general Armada, (que fue instructor militar, preceptor, ayudante personal del Juan Carlos príncipe y secretario general de la Casa Real del Juan Carlos rey), con Enrique Múgica y Joan Reventós en casa del alcalde de Lérida, Antoni Siurana, el 22 de octubre de 1980. Admitir que esa reunión significa que el 23F no sorprendió a casi nadie no significa decir que el Rey lo autorizara, ni mucho menos que formara parte de la trama. Pero claro, en la sanchificación desclasificatoria se dice lo mismo que dijo Tejero de la merienda presuntamente intelectual en el Galaxia. Que sí, que se reunieron pero que no fue para conspirar y menos todavía para abordar un gobierno de salvación en el que participara hasta Felipe González de vicepresidente.

Dicen los papeles de ahora que lo confirmó el CESID. Rotundo desmentido, pues… Hablarían de fútbol. A ver si encuentran el papelín que aclare qué rama de aquel CESID documentó la reunión y la visó como inocua. ¿O la desclasificación también zanja ese asunto y resulta que la Inteligencia era y es Una y Verdadera?

EL PSOE llamó en el pasado a Juan Carlos de Borbón "príncipe de opereta" y "futuro rey de cartón piedra". Santiago Carrillo lo bautizó como "Juan Carlos el Breve". Ahora resulta que eran todos una piña democrática que saltó en pedazos y del susto cuando entró Tejero a tiros.

Pilar Urbano, el comentario de Lima… ¡La conspiración!

Por más que quisieran inventarse historias para rellenar encargos editoriales hay conversaciones anteriores a 1981 que aparecieron en portadas de periódicos. Es el caso del famoso artículo de Pilar Urbano titulado "Todos estamos conspirando" publicado en la sección Hilo Directo del diario ABC el miércoles 3 de diciembre de 1980. Más de dos meses antes del golpe.

La pieza de Urbano relata los comentarios escuchados por ella en una tertulia privada que organizaba en su casa de Madrid la periodista peruana Mona Jiménez. Acudían, parece que semanalmente, personalidades influyentes de verdad y también todas esas personas que gustan de desayunar, comer, merendar y cenar fuera de casa, sean periodistas, banqueros, políticos o expertos en canapés y caldos. Mona lo que servía eran lentejas, unas lentejas que se hicieron famosas en la Transición.

Uno de los participantes, Alfonso Osorio, otro ejemplo de que la Transición a la democracia salió directamente del régimen de Franco para desdicha de la izquierda que quería pólvora, dice:

"Pero yo puedo asegurar dos cosas: ni me he inventado la teoría del 'Gobierno de gestión', ni aceptaría entrar en ninguna operación fraguada fuera del Parlamento y forzando la Constitución"

Sigue resumiendo Pilar Urbano lo que era ya una encendida tertulia sobre las diversas formas de salir del bloqueo al que ya estaba sometido Adolfo Suárez:

"A Antonio García López se le escapó que 'este Gobierno de gestión, con Osorio o con un militar a la cabeza, va a votarse en el Parlamento ¡con votos de todos los partidos! Al Partido Comunista también se le ha consultado'. Y ahí saltamos todos. ¿Cómo? ¿Quiénes? ¿Cuándo?"

Y después de hablar, con distinta letra pero con la misma música, Antonio Garrigues Walker y Carlos Solchaga, cerró Emilio Romero, siempre según la versión de Urbano:

"El conspirador número uno es el Poder, que conspira sólo para mantenerse. Y ante su impotencia se va a crear una gran conspiración general para inventarnos ¡cómo diablos salimos de ésta!"

Lo importante, repito, es que estas cosas, disparatadas o cabales, se dijeron en 1980, meses antes del golpe que ahora pretenden descubrir en dos días.

También en 1980, en julio, se documenta un comentario del propio Adolfo Suárez, durante un viaje oficial a Lima para representar a España en la toma de posesión del presidente Fernando Belaúnde Terry. Y también Pilar Urbano, esta vez en el libro en Con la venia... yo indagué el 23-F (1982), recoge lo que supuestamente le dijo el presidente Suárez a un periodista en un corrillo:

"Conozco la iniciativa del PSOE de querer colocar en la Presidencia del Gobierno a un militar. ¡Es descabellado!"

La frase la han recogido muchos autores posteriormente. Pierre-Paul Grégorio en el trabajo Los inicios del cerco a Adolfo Suárez y sus primeras repercusiones en la prensa madrileña añade a la cita de Urbano una consecuencia:

En España, Rojas Marcos, líder del PSA, divulgó la noticia, provocando una verdadera onda de choque.

Es cierto que El Alcazar, ABC y Diario 16 dieron cuenta de ello. Lo importante, de nuevo, no es lo que dijera Rojas Marcos ni su efecto… sino que sucedió en 1980.

Ya reflejé en otro artículo un testimonio recogido por Antxon Sarasqueta que no me resisto a repetir. Figura en el libro De Franco a Felipe (P&J, 1984) y dice así:

"El nacionalista vasco Marcos Vizcaya me llegaría a confesar meses después que, veinte días del 23-F, Alfonso Guerra le llamó por teléfono para interrogarle sobre la disposición de su partido a participar en un Gabinete de concentración presidido por un militar".

Veinte días antes, tres meses antes, siete meses antes… Si no fuera del todo cierto el comentario que se atribuye a Suárez en Lima… pues lo encontraríamos en otro sitio y con otras palabras u otros protagonistas, pero la "solución Armada", el "SAM" (Supuesto Anticonstitucional Máximo) y muchos otros detalles eran bien familiares en círculos de todo pelaje. Mucha gente, como Suárez, sabía que se venía un golpe de Estado en toda regla. Estilo turco, a la francesa, con balas o a voces, con tanques o a caballo, con bigote o sin él… esa sería, en todo caso, la única posible sorpresa para algunos.

Los Almendros de febrero

Casi al mismo tiempo que las tertulias premonitorias o los comentarios misteriosos se publicaron una serie de tres artículos bajo el pseudónimo "Almendros" o colectivo Almendros en El Alcázar, el diario de extrema derecha dirigido por Antonio Izquierdo. Sus títulos: "Análisis político del momento militar" (17 de diciembre de1980), "La hora de las otras instituciones" (22 de enero de 1981) y, por último, "La decisión del Mando Supremo" (1 de febrero de 1981), ya en el mes del golpe.

Pese al pseudónimo, los artículos no se andaban por las ramas, más bien eran escandalosamente claros: pedían una intervención del Ejército y, en el último de ellos, la implicación directa del Rey.

Pero ¿quién se escondía detrás de esos almendros? Tras el primero de los artículos, dos días después, salió al paso desde ABC Emilio Romero tratando de descubrir la identidad de un pseudónimo aparentemente colectivo. La metáfora era sencilla, lo complicado era el término real.

Es sabido que a mediados de febrero, diga lo que diga el Cambio Climático Corporation, florecen muchos frutales en España, siendo muy vistosos los almendros. En el campo, y dependiendo de la latitud, el estallido floral es inigualable. En Madrid, por el contraste urbano y por pocos que sean, también resulta espectacular. El caso es que cualquiera puede comprobar que un 23 de febrero los almendros ya han florecido. En 1981 lo hicieron a tiros. Pero cuando se escuchó aquello de "¡Quieto todo el mundo!" y las ráfagas que escupieron las zetas de la Guardia Civil atronaron el Congreso, casi todos los presentes sabían de qué iba el asunto. Quizá no se lo esperaban tan a lo bestia ni dirigido por un teniente coronel impulsivo y malhablado, Antonio Tejero Molina, con antecedente golpista en la Operación Galaxia, tan próxima al 23-F como que sucedió apenas tres años antes, en diciembre de 1978.

Finalmente, dicen que Almendros era sólo uno: el general Manuel Cabeza Calahorra, al menos eso es lo que asegura Jesús Palacios que le confesó el general Fernando de Santiago y Díaz de Mendivil y que después le corroboró José Antonio Girón de Velasco.

Sea quien fuere, a los Almendros les contestó magistralmente un breve pero contundente editorial de Diario 16 del 4 de febrero de 1981, ya en los albores del golpe, titulado "Almendros que no florecerán". El texto era valiente y merece conservarse. Una vez más demuestra que el golpe no pilló a tanta gente por sorpresa.

El clima contra Suárez

Por supuesto, Adolfo Suárez, ya sin las carcajadas y los codazos campechanos de su otrora compañero de fatigas Juan Carlos, lo sabía casi a ciencia cierta. El rey ya no llamaba ni se ponía, en la UCD le quedaban pocos leales y algún enemigo declarado. De hecho, fue el presidente que inauguró el "síndrome de La Moncloa": soledad, desconfianza y cierto vértigo que abocan indefectiblemente a la inacción, al bloqueo.

A nadie se le puede pedir que pase de la secretaría general del Movimiento a la legalización del PCE y termine los días de Gobierno en plenitud de forma. ¿Errores? Por supuesto. ¿Vanidad? Seguro. Pero los arribistas que lo cercaron no tenían mejores hechuras ni de lejos. De los de hoy, mejor ni hablar para no perder la esperanza del todo.

UCD nunca fue un partido, se inventó para poder gobernar una democracia después de cuarenta años de dictadura. Como se inventaron tantas cosas y no por casualidad. A Suárez lo escogió Juan Carlos y fue Torcuato Fernández Miranda el que ideó cómo conseguirlo: "Estoy en condiciones de ofrecer al rey lo que me ha pedido". Literal. Pero siempre legal. A Suárez lo eligieron legalmente en el Consejo del Reino. El Rey lo había pedido y Torcuato se lo dio sin un ápice de corrupción o dedazo. La Transición fue un derroche de instinto, inteligencia, análisis y conocimiento exhaustivo de la Administración y de la Ley. Y algo de suerte, pero poca.

Había presidente y se necesitaba un partido que lo envolviera electoralmente. Pero la UCD nunca fue una unidad de intereses comunes ni mucho menos. Ningún partido lo es del todo, menos todavía en aquella época en la que sólo izquierdas y derechas clásicas parecían tener entidad y estructura suficientes. Los más cobardes se aprovecharon del enorme desgaste que supuso el viaje de la Transición y buscaron alianzas que deberían avergonzarles. Se han cuidado mucho de no salir en los papeles y ser inmunes a las desclasificaciones.

El PSOE, golpe a golpe

El 23-F requiere la anatomía de muchos instantes, no de uno que convenga en un momento tan desastroso de la Historia como el actual. Para desclasificar un expediente es necesario que antes estuviera clasificado. Y para que eso suceda, primero tiene que estar registrado.

Con el PSOE nada de eso se cumple porque siempre elige borrar la historia. ¿Cómo desclasificar secretos del 11-M si desguazaron los trenes y quemaron las pertenencias de los muertos, si ni siquiera hicieron autopsias a los cadáveres de Leganés que cargan tantos años después con la culpa sin posibilidad de contraste? ¿Y de Adamuz, si se llevan hasta los trozos de vía que podrían explicar un accidente que segó 46 vidas?

Más. ¿Por qué pretenden hacernos creer que desclasifican la historia oculta si hasta borran de las actas las palabras de Cayetana Álvarez de Toledo cuando, ella sí, desveló la historia real del padre de Pablo Iglesias Turrión? Las veces que el PSOE no consiguió borrar los hechos sí nos quedaron bien claras, por ejemplo, las amenazas de muerte de su fundador, Pablo Iglesias Posse, a Antonio Maura. Cuando no llegan a tiempo, la Historia los deja desnudos.

El 23-F, como tantos hechos complejos, no reposa sobre una verdad absoluta guardada en un archivo que un día pueda salir a la luz. Descansa sobre lo que se haya querido documentar en el momento y conservar después. Y vistos los papeles aventados, quedan otros tantos multiplicados por cien y todavía faltarán testimonios jamás registrados o documentos inéditos. Lo sabían muchos, cómo no iba a saberlo el Rey. Lo indiscutible es que lo paró. Juzgar hoy lo que pasó poco más de cinco años después de la muerte de Franco exige un juego limpio que no existe. Algunos duermen tranquilos ante un golpe sin tiros ni bigotes. El tiempo demostrará que es peor.

Si el PSOE desclasifica la historia a la carta es porque necesita un golpe para tapar otro. Igual que recurrió a Franco para despistar sobre otro caudillo que todavía hoy pretende un cambio de régimen. Caro le está saliendo.

Las carpas mediáticas del Retiro están saciadas de mendrugos. Ahora, toca informar sobre lo que sigue siendo secreto: los rescates ilegales, las comisiones millonarias, los favores pagados, las mordidas, las saunas, los negocios de Zapatero, los de Begoña y la hasta la salud del presidente que no queremos mala ni escasa sino pública.

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