
La izquierda sin partido ha querido mostrar al mundo la soledad del presidente del Gobierno. Andan buscando un líder que arregle la vagancia oceánica del mesías morado y la absoluta inoperancia de la vicepresidenta que monta frases cortas sin sentido pero muy silabeadas.
No parece que la marquesa de Galapagar y el noi de Santaco, ahora rey de las pistas en la noche madrileña, tengan clara su alianza en el reverso tenebroso del PSOE y sólo el tiempo dirá si al final la izquierda acabará con la izquierda, como tantas veces ha ocurrido. Pero mientras afilan sus navajas, el resto sufriremos porque el peor presidente posible sigue sin sacar su venenoso aguijón de nuestra piel.
El consejo extraordinario de ministros de este viernes fue eso, de lo más extraordinario, al borde de lo excepcional, casi clandestino y al final un bluf de izquierda pija. Pero lo cierto es que este gobierno ya no puede soportar más debilidad. No es que necesite milagros parlamentarios, que ya ni llegan, para legislar aunque sea en broma, es que ya no consigue poner de acuerdo ni a sus ministros. En breve, Pedro discutirá con Sánchez. Y el resto de España, a esperar elecciones asistiendo a la degradación global de España: las instituciones, las infraestructuras, la sanidad, las relaciones internacionales. Todo está seriamente dañado.
El decreto de este viernes pretendía recoger medidas para paliar los efectos económicos negativos por la guerra de Irán, pero Yolanda Díaz quería hacer valer el peso de Sumar y que el pastel llevara algún ingrediente suyo. ¿Es capaz de discernir la ministra de Trabajo que quiere acabar con el trabajo qué medidas pueden amortiguar los efectos económicos de la guerra en el bolsillo del ciudadano español? Ni por asomo. Apenas sabe qué es un fijo discontinuo, salvo que le sirven para falsear los datos de empleo. Pero hacer esperar al presidente del Gobierno dos horas merecía la pena para enseñar músculo fofo.
Yolanda Díaz, Mónica García, Ernest Urtasun, Pablo Bustinduy y Sira Rego, los cinco magníficos del partido que desaparece de forma visible son los cinco ministros que se plantaron. ¡No sin nuestras medidas! A saber: intervenir todavía más el alquiler y controlar los "márgenes injustificados" de las empresas a las que quizá terminen mendigando empleo cuando dejen la política.
Fue todo un repóquer comunista en medio del No a la guerra con el que Sánchez pretendía que olvidáramos con quién se casó, quién es su hermano, quién fue su yerno o a sus otros magníficos: José Luis Ábalos, Santos Cerdán, Ángel Víctor Torres, Koldo García, el propio Marlaska o la treintena de imputados relacionados con casos de corrupción que afectan directamente al Gobierno.
Pero Los Cinco abandonaron su aventura adolescente en un par de horas aceptando como buena la maniobra del troceo del decreto. Así que donde había uno salen dos y ahora a ver si el PP quiere entrar al menos al asunto de los impuestos o se huele el truco ómnibus que igual te baja los impuestos que te mete ocho okupas en casa y les tienes que hacer la compra.
Las bajadas de impuestos que inflan el precio de los carburantes o la electricidad recuerdan a cuando José Luis Rodríguez Zapatero, ya en sus últimas bocanadas, tuvo que asumir las medidas económicas que más criticaba, desdiciéndose en cada frase de sus incautas promesas. Apenas levantaba la mirada, como los niños castigados que repiten una frase de penitencia.
Vivimos asfixiados por los impuestos que ocultan el precio real de las cosas y que impiden sueldos dignos de verdad. Las subvenciones ahogan la economía salvo que sean remedios específicos para afrontar una situación coyuntural de muy corta duración. Sin embargo, la reducción o eliminación de impuestos —más aún sobre energía o rentas de trabajo— siempre redundará en beneficio directo del ciudadano y en la consiguiente reactivación económica. El PP, y sería deseable que también Vox, debe dejar claro si su programa de mínimos incluye tomar en serio de una vez por todas tales políticas. Si las que presente el Gobierno son positivas habría que aceptarlas, pero si llevan veneno oculto inoculado por comunistas o separatistas, tendrán que ser rechazadas.
No dormiría por la noche…
Pero si lo de bajar impuestos a la fuerza recuerda al Zapatero cabizbajo de 2010, el plante de Sumar trae a la memoria el insomnio de Pedro Sánchez, aquel que salió de una infame moción de censura y que dijo, en septiembre de 2019, que sufriría si entrara Podemos en su gobierno. Le escuchaba atenta y atónitamente, Antonio García Ferreras:
"Tendría que reconocerle que sería un presidente del Gobierno que no dormiría por la noche… junto con el 95 por ciento de los ciudadanos de este país que tampoco se sentirían tranquilos, incluso votantes de Unidas Podemos. Por eso no acepté esa propuesta que me hizo el señor Iglesias".
Fue su primera gran mentira. No admitiría la inexperiencia del "populismo" para gestionar Hacienda, Economía o la Seguridad Social con "personas del círculo cercano del señor Iglesias".
También en 2019, mejoró la apuesta en un mitin en Tenerife:
"¿Os imagináis medio gobierno, con Podemos, diciendo que hay presos políticos y defendiendo la autodeterminación de Cataluña? ¡Dónde estaría España y dónde estaría la izquierda!"
Pues no lo imaginamos, lo sufrimos. Y sí, dónde han quedado España y la izquierda... Pero la cosa venía de lejos. En junio de 2016, en pleno bloqueo electoral, le dijo a Susana Griso:
"España no se merece el cambio que está proponiendo Podemos, con Iglesias como vicepresidente controlando el CNI, y con el apoyo directo o indirecto de los independentistas".
Y, punto por punto, hizo lo contrario. Ante su incapacidad para ganar elección alguna —ni las primarias ya se pueden dar por ganadas, vistos los fraudes perpetrados a pie de urna—, Sánchez se rodeó de lo que dijo rechazar: Podemos, separatismo y Bildu.
Diez años después, se dice pronto, lo cierto es que su rostro, y el de España, reflejan el amargo insomnio, el mismo que este viernes le provocó su querido socio comunista. Ya nunca dormirá tranquilo, sus monstruos son legión. Y los demás, lo que debemos es despertar de una maldita vez.
