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El crucero y el juicio final

¿Podría una víctima del covid querellarse contra el ministro y todos aquellos que en vez de combatir la pandemia anduvieron de putas y especulando con el dinero de las mascarillas? Al menos debería pesar como agravante de la condena.

¿Podría una víctima del covid querellarse contra el ministro y todos aquellos que en vez de combatir la pandemia anduvieron de putas y especulando con el dinero de las mascarillas? Al menos debería pesar como agravante de la condena.
EFE

La casualidad ha traído a nuestras costas un crucero con un virus a bordo justo cuando terminaba el juicio por el caso mascarillas. Buen momento para comprender el alcance real que cobra la corrupción en algunas ocasiones.

El MV Hondius ha iniciado una crisis que a todos nos resulta dramáticamente familiar. Ya se ha roto cualquier posible cadena de aislamiento, algo que todavía no significa que el hontavirus vaya a causar estragos en el mundo. Pero todo esto ya lo hemos vivido y nos hace recordar aquellos días en los que nadie podía prever el infierno que se cernía sobre nuestras cabezas.

Cuando la amenaza por el coronavirus que estrenó los malditos años 20 se convirtió en un daño real y letal, el mundo se dividió en dos: los inútiles y los valientes. Entre los segundos, muchos médicos, personal sanitario y voluntarios dieron literalmente su vida por los demás. Entre los primeros, se pudo distinguir rápidamente a los ineptos de los sinvergüenzas. Hicieron el mismo mal, perder vidas, pero el que aprovechó para brindar pisando tumbas desconocidas debería pagar por ello con indiscutibles agravantes. Ahora es el momento.

Que esté visto para sentencia un proceso bautizado como "caso mascarillas" deja claro lo que son capaces de hacer los delincuentes natos en el peor escenario, aprovechando la debilidad, el vacío, la inseguridad de un mal desconocido. Cuando el indefenso busca a un líder y se topa con un golfo todo se derrumba. Eso fue lo que pasó.

Nunca supimos qué equipo de expertos asesoraba al Gobierno de Pedro Sánchez. Nunca vimos nombres o fotos de epidemiólogos, virólogos o autoridades en logística crítica que asesoraran al ministro Salvador Illa y al inefable Fernando Simón. Ni uno. Pero ahora sabemos que había putas a granel para el equipo, la cuadrilla, del entonces ministro de Fomento José Luis Ábalos: dos para uno, seis para cuatro, lo que sea. En hoteles de lujo, en paradores.

Pero no había mascarillas para el común de los mortales, más comunes y mortales que nunca. La circunstancia agravante no es sólo que no pudieran alegar desconocimiento, es que eran los encargados de luchar contra la pandemia. No cabe mayor traición. No hay pena que lo salde.

Cuando ya se levantó el confinamiento completo y se decretó el toque de queda, empezaron a abrir algunos restaurantes con aforo muy reducido y esa famosa distancia de seguridad que aún estropea con adhesivos algunos suelos de establecimientos públicos. Se podía salir pero con hora de vuelta, poca concurrencia y ventanas abiertas.

Nadie podía alegar desconocimiento. Ya sabíamos lo que era que cayeran a miles por día, que no se pudiera enterrar a los muertos, que el fin de una historia familiar fuera un simple papel, sin un adiós. Todo tan irreversible como la muerte, que dicen que es lo único que no tiene remedio, pero, además, sin posibilidad de despedida, de luto. Y el ministro en el Kabuki, un gran restaurante que no tiene la culpa, con el chino amigo de Zapatero, el escudero Koldo Panza y el comandante de la Guardia Civil Rubén Villalba. De postre, seis prostitutas seleccionadas por el director de casting del sanchismo, Koldo García, el putalari del PSOE. Distancia de seguridad garantizada, claro. Amén de la fidelidad de la profesional a la que no cabe imaginar negándose a alternar con otra cuadrilla al día siguiente y al otro y después uno más.

La corrupción mata. Como nos mató el virus. Ambos necesitan propagarse para seguir vivos. Un corrupto por sí solo no consigue nada, necesita corromper a otros para satisfacer sus instintos. Y el conseguidor del corrupto tiene que hacer lo propio. Y así se llega al exponente que dispara el proceso de la muerte y del vicio. Son supercontagiadores necesarios para la supervivencia del mal original, sea un virus o una cartera llena con dinero ajeno.

No sabemos cómo acabará la crisis del MV Hondius, fondeado en Canarias, donde saltó la primera alerta seria del coronavirus como bien recordaba esta semana Gonzalo Castañeda en esRadio y Libertad Digital: una pareja italiana en el hotel H10 Costa Adeje Palace. Era febrero de 2020, tiempos del "¡coronavirus oé!" y de Ángel Víctor Torres como presidente canario. Exageraciones… Hay que ir al 8-M, "nos va la vida en ello", como dijo Carmen Calvo.

Poco después, contábamos muchas decenas de miles de muertos en España. Millones en todo el mundo. Y cuando ya todo se sabía… saltó la corrupción ante un remedio tan escaso entonces como las mascarillas, el alcohol de Chicago años 30. Fueron y son la mafia. No se llevaron el dinero sobredimensionado de una autopista, que ya está mal porque no es suyo, robaron el dinero que estaba destinado a comprar lo único que entonces podía sortear la muerte, una simple mascarilla.

Pero hay una pregunta clave que todavía cabe formular por si estuviéramos a tiempo: ¿Podría una víctima del covid, un familiar de un muerto o un enfermo con secuelas, querellarse contra el ministro y todos aquellos que en vez de combatir la pandemia anduvieron de putas y especulando con el dinero de las mascarillas? Al menos debería pesar como agravante de la condena.

Ojalá se nos olvide pronto el nombre del hontavirus, zarpe sin más el crucero holandés y el contagio no escale otra vez como entonces. Porque si lo hiciera, aquí lo tenemos todo preparado para volver a fracasar: a los inútiles de siempre como Fernando Simón; a los ineptos malintencionados como la ministra Mónica García, que maltrata a los médicos y cuyo único e inexplicable objetivo en esta vida es medirse a Isabel Díaz Ayuso, y, por supuesto, tenemos a los que siempre buscarán la oportunidad personal para satisfacer sus bajos instintos a costa del sufrimiento ajeno.

Si el hontavirus no se convierte en otra maldición, al menos que este crucero fondeado en las Islas Canarias sirva para refrescar las memorias de los que creen que las únicas sentencias justas son las unánimes que buscan aminorar el daño institucional.

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