Los pseudomedios
La denigración a la que acostumbra Pedro Sánchez contra los medios no afines no es una anécdota, sino el síntoma de una erosión democrática.
Imaginemos una escena de cine negro en la que un líder político, envuelto en la penumbra de su despacho, apunta con el dedo acusador a las sombras que proyectan los medios críticos. «Pseudomedios», nos llama, como si fuéramos fantasmas digitales, ectoplasmas de la desinformación que amenazan la pureza de «su» democracia. Pedro Sánchez, nuestro Ciudadano Kane de la Moncloa, en su cruzada contra lo que denomina «máquina del fango» —los medios que le critican—, ha convertido esta expresión en un mantra, un sortilegio para exorcizar a quienes osan cuestionar su narrativa y la de los medios que lo sostienen. Pero ¿y si el verdadero espectro del fango y el bulo reside en el poder que etiqueta, vigila, subvenciona a amigos y desacredita a enemigos? De Franco a Goebbels, pasando por Fidel Castro, los Kirchner, Maduro…, ha sido una constante de los autoritarios poner en la picota a los medios críticos. Como nos advirtieron John Ford y Hannah Arendt, el totalitarismo no nace de la noche a la mañana, sino de la erosión sutil de la pluralidad donde se forja la libertad. En El hombre que mató a Liberty Valance, el matón interpretado por Lee Marvin arremete contra el periodista borrachuzo (Edmund O'Brien) que se ha atrevido a denunciarlo. Para nuestro Liberty Sánchez y sus mirmidones, como Óscar Puente y Félix Bolaños, Libertad Digital es su Shinbone Star.
Arendt nos advirtió en la época de Goebbels y Münzenberg que los regímenes totalitarios no se contentan con el poder coercitivo, sino que aspiran a la «dominación total», infiltrándose en cada resquicio de la realidad humana. La propaganda no es un mero engaño según Arendt, sino una fábrica de ficciones que atomiza a la sociedad, dejando a los individuos aislados, incapaces de actuar colectivamente. Aplicado a Sánchez, su calificación de «pseudomedios» —portales digitales como Libertad Digital o The Objective que, según él, propagan bulos con impunidad— es un acto de deslegitimación que excluye voces disidentes del debate legítimo, convirtiéndolas en «falsas» por decreto. Como Arendt señala, el totalitarismo comienza cuando el poder monopoliza la narrativa, etiquetando la crítica como amenaza existencial. En España, bajo el pretexto de combatir la desinformación, se propone intervenir estos medios. Lo que se busca por parte de Sánchez es la pérdida de pluralidad, que constituye la muerte lenta de la política auténtica.
Ahora, hagamos un poco de memoria periodística. Tanto en la Segunda República como con Franco se trató de convertir a los medios en apéndices del régimen. La Ley de Defensa de la República de 1931 y la de Prensa de 1938 impusieron una censura asfixiante: toda publicación debía alinearse con la República al estilo izquierdista o con el Movimiento Nacional. Los críticos eran tildados de «subversivos», ya fuese por «antirrepublicanos» o «antiespañoles». Con Franco, el Estado creó la Cadena de Prensa del Movimiento para monopolizar el relato, denigrando cualquier voz disidente como enemiga. Sánchez, al hablar de «máquina del fango» orquestada por la ultraderecha, evoca esta estrategia franquista —para su caso, castrista, tanto monta, monta tanto— al presentar la oposición mediática como una conspiración judeo-masónica-liberal, por emular el delirio paranoico franquista. España es una democracia liberal y existen diques que Liberty Sánchez, el heredero de Largo Caballero, todavía no puede traspasar, pero el paralelismo político nos debería inquietar. Ambos demonizan a la oposición mediática para unificar la narrativa oficial. Lo que llama Sánchez «máquina del fango» es el equivalente a las dictaduras cubana y venezolana tildando de «gusanos» a los críticos, con el apoyo y la simpatía de gran parte de la izquierda española.
Fidel Castro ofrece un paralelo caribeño, no menos escalofriante. Tras la Revolución socialista, destruyó la prensa libre, imponiendo «coletillas» en noticias críticas, intimidando a periodistas y confiscando diarios tildándolos de «burgueses» o «imperialistas». La crítica era sinónimo de traición, y el Estado justificaba el monopolio como defensa contra la «desinformación enemiga». Nuestro Fidel Sánchez acostumbra a acusar a los «pseudomedios» de pervertir el debate; pero, como en Castro, lo que pretende es una intervención estatal para fomentar un clima donde el disenso se estigmatiza.
La mención de Franco, Castro o Goebbels no pretende establecer una identidad, sino trazar una genealogía de las técnicas de dominación. En el caso del socialismo español, la infiltración es más sutil, no menos insidiosa. Siguiendo a Gramsci, se trata no tanto de destruir el ecosistema mediático como de hacerlo suyo mediante la infiltración. Este autoritarismo mediático sanchista coloniza no solo lo público, sino lo privado. En España, esto se materializa en el control de medios como RTVE y plataformas como Telefónica. Sánchez ha asaltado RTVE, un ente público, convirtiéndolo en una «maquinaria de propaganda», con nombramientos afines como José Pablo López para la destrucción del espacio público y, en vez de neutralidad, sesgo progubernamental que atomiza la audiencia, imponiendo una «verdad oficial» como en regímenes totalitarios. Ahí están Pepa Bueno, Intxaurrondo, Broncano, Fortes, Ruiz, Cintora, Miró, Santaolalla… para demostrarlo.
Pero es que, además, los tentáculos sanchistas se extienden a lo privado. Sánchez impulsó el relevo en Telefónica, situando a Marc Murtra —cercano al PSOE y al nacionalismo catalanista— como presidente. Javier de Paz, histórico socialista ligado a Zapatero, preside ahora Movistar Plus+. Estos «empresarios activistas» —Murtra y De Paz— han transformado Movistar en un verdadero pseudomedio, con el fútbol y las series como caballo de Troya para un vehículo ideológico al servicio del poder socialista. De esta manera, el poder infiltra lo privado para eliminar realidades no alineadas, formando una «gran armada mediática» desde Moncloa.
La denigración a la que acostumbra Pedro Sánchez contra los medios no afines no es una anécdota, sino el síntoma de una erosión democrática. Es el camino de servidumbre sobre el que nos advirtieron críticos como Arendt, Orwell, Hayek, Huxley… Cuando el poder trata de monopolizar la opinión —a través de RTVE capturada o Movistar colonizada—, la pluralidad muere, y con ella, la libertad. La transferencia en psicoanálisis es el proceso inconsciente mediante el cual el paciente proyecta en el analista sus propios sentimientos y deseos. Cuando Pedro Sánchez acusa a los demás de bulos y fakes no hace otra cosa que chapotear en su propio fango.
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