
Es cierto que hubo héroes y políticos en la antigüedad clásica que lloraron públicamente durante alguno de sus discursos. Claro que existieron esos hombres, pero no era lo habitual, porque la oratoria clásica premiaba el control. En todo caso, las fuentes antiguas lo interpretan como pathos legítimo, no como debilidad. Para los griegos, la emoción contenida de un líder era señal de humanidad, siempre que no derivara en descontrol. No se subraya el llanto como espectáculo, pero sí se acepta que un líder se conmueva ante el dolor colectivo. Los romanos fueron un poco más allá, aceptaban (e incluso admiraban) el llanto masculino en contextos solemnes. Cicerón, en varios discursos tardíos y cartas, reconoce haber llorado públicamente al hablar de la caída de la República, de su exilio y la corrupción moral de Roma. Para Cicerón las lágrimas reforzaban la autoridad moral del orador cuando nacían del amor a la patria (amor rei publicae). Esas lágrimas son un signo de grandeza moral.
Hoy, sin embargo, el llanto político se juzga de otra manera. Creo que somos más cínicos. Claro que las lágrimas son aceptadas, pero los contextos y las circunstancias son superanalizadas tanto por los partidarios como por los contrarios. ¡Mundo polarizado! Quizá el llanto público documentado no daña sino que refuerza la estatura histórica. Quizá no quite demasiado. Quizá tampoco añada mucho, sobre todo si el protagonista no tiene especiales méritos… Lo cierto es que Moreno Bonilla lloró como un hombre en la entrega de premios del Día de Andalucía. No pudo contener la emoción a la hora de recordar las víctimas del descarrilamiento de los trenes en Adamuz que costó la vida a 46 personas.
Durante su discurso en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, Moreno se ha quebrado. Tuvo que parar varias veces "Pienso en la primera noche, la del 18 de enero y me vienen las imágenes de confusión, de espanto ocurrido. El frío, las caras que vi al llegar, la ola de olores, la gente acudiendo a ayudar y desde el primer momento coordinamos de forma inmediata", ha dicho Moreno antes de romper a llorar. Intentó quitarle importancia a su llanto diciendo: "No iba yo a ser menos"… Y es que antes varias veces algunos de los premiados también rompieron a llorar. El público presente reaccionó con un fuerte aplauso. La lectura ética de ese acontecimiento no puede ser otra que verlo como un gesto de empatía y cercanía hacia las víctimas y sus familias… Emoción sincera y humanidad.
Y, sin embargo, en un año electoral, ese llanto ha sido interpretado como una táctica para presentarse como un líder cercano y conciliador. Moreno Bonilla se muestra como un hombre de consenso allí donde reina la discordia. Apuesta por el consenso frente al disenso de VOX. No creo que sea un buen espejo para Núñez Feijóo, pero a eso juega el líder andaluz. En fin, habrá quienes vean las lágrimas de Moreno como una expresión sincera de sensibilidad y compromiso, especialmente en un acto tan emotivo, y otros las considerarán más una especie de performance pública con carga de imagen. ¿Quién sabe, dicen los más críticos con este tipo de gestos, si a Moreno Bonilla este llanto le costará en las próximas elecciones perder cinco puntos de distancia con respecto a su principal competidor? Puede ser. Sea como sea, creo que hoy el llanto político no se juzga ya como una prueba de grandeza, no otorga legitimidad política y, por supuesto, no absuelve errores. Humaniza, sí, momentáneamente a un líder fuerte y, sobre todo, debilita a uno percibido como inseguro, frágil y tornadizo. La emoción ya no funda autoridad; solo puede adornarla. ¿Qué tipo de autoridad es la de Moreno Bonilla?
