
No puedo evitar imaginar, al poner este título, cómo sonaría uno de sus opuestos: Amigos del mal menor, que a su vez me lleva de forma automática a pensar en una asociación de vecinos –o, en estos tiempos de exageración descentralizadora, un partido político– que se llamara Amigos del Mar Menor.
Dejando de lado fantasías murcianas, el título lo he elegido para explicar un tipo de reacción a la intervención de Israel y Donald Trump en Irán que ya vimos cuando EEUU capturó a Maduro y Cilia mientras este matrimonio presidencial rara y a veces entrañablemente bien avenido dormía, parece, en su residencia oficial de Caracas.
Me refiero a las expresiones de alarma por lo que podrían traer estas intervenciones en los países y las regiones objetivo, por llamarlas de alguna manera. Igual que ocurrió entonces, una mayoría de dirigentes políticos y opinadores mediáticos recibieron con inquietud las noticias del ataque, y advirtieron de cuánto podría deteriorarse la situación.
La pregunta que se impone viene explícita en las mismas advertencias. ¿Cuánto podría deteriorarse la situación? ¿Cuánto podría deteriorarse la situación en un país que se ha acostumbrado a la desnutrición, como Venezuela, y que ha visto emigrar o exiliarse a cerca de ocho millones de personas, casi un cuarto de su población? ¿Cuánto podría deteriorarse la situación en Irán, donde el régimen ha matado en unos días a más de 30.000 manifestantes?
El argumento del peligro de escalada –por utilizar la fórmula que ha empleado el francés Macron– tampoco resiste bien si adoptamos una perspectiva regional, incluso global.
La inmigración masiva venezolana ha provocado en los últimos años graves problemas en países como Colombia, Chile y EEUU. El régimen chavista ha servido de puerta de entrada a las Américas a potencias desestabilizadoras como China, Rusia y el propio Irán. Ha fomentado, con éxito, la erosión de la democracia en España, ha mantenido hasta ahora a la dictadura que ha destrozado Cuba y ha intentado hacer lo mismo en prácticamente todos los países de Iberoamérica.
Igual de dañino ha sido Irán, para Oriente Medio y para países tan lejanos y en principio ajenos a las obsesiones de los mulás como Argentina, donde los sicarios de Teherán de Hezbolá mataron en 1994 a 85 personas en un atentado dirigido contra la comunidad judía. Más sangriento aún fue el ataque con dos camiones bomba con que esta misma milicia subordinada a la Revolución Islámica mató en 1983 en Beirut a 251 soldados estadounidenses y 58 franceses.
Más recientemente, y pasando por encima de muchas otras de sus fechorías como la guerra civil en Yemen o el secuestro del Líbano, Irán apoyó activamente a Hamás antes y después del 7 de octubre, un megapogromo de niveles de brutalidad medievales extraeuropeos en el que murieron 1.200 personas.
Para terminar, este mismo año el régimen iraní ha matado a decenas de miles de sus propios ciudadanos que protestaban en las calles en una ola de represión que no es la primera ni será la última si Trump y Netanyahu escuchan a gente como Macron cuando piden otra oportunidad de negociar para los mulás.
No hay ningún motivo para no acabar por la fuerza con fuerzas criminales como la Venezuela chavista o la República Islámica cuando se tiene el poder necesario para hacerlo. Parece que es el caso por lo que vamos viendo en Caracas y Teherán.
