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A la derecha israelófoba

Lo único que les interesa a esta gente de los cristianos en Oriente Medio es usarlos como arma arrojadiza contra los judíos y contra Israel,

Lo único que les interesa a esta gente de los cristianos en Oriente Medio es usarlos como arma arrojadiza contra los judíos y contra Israel,
Tucker Carlson, uno de los portavoces del antisemitismo de derechas en EEUU. | Libertad Digital

Una parte de momento más ruidosa que numerosa del Partido Republicano en EEUU ha hecho del odio a Israel su principal bandera. Israel es en su discurso el origen de todos los males. En Oriente Medio, que sería una balsa de aceite de no haberse creado nunca la entidad criminal sionista, pero también en el resto del mundo, donde chantajea a políticos incitándoles a la pedofilia –ver sus inmutables conclusiones, previas a la publicación de los emails, del caso Epstein–, fomenta la inmigración masiva y hace y deshace a su antojo con el apoyo de las élites traidoras a sus pueblos

El contagio ha llegado por supuesto a España, donde la derecha y la izquierda tradicionalista, por ponerle un nombre a esa ensalada indigerible de obsesiones y odios que se seca en el mostrador porque nadie la pide, están copiando también esta moda. Hace gracia para empezar que, haciendo un uso espurio de la gloria imperial española, los mismos que se pasan la vida renegando de la perfidia anglo –gran aliada, claro, del sionismo en su proyecto de dominación universal– repliquen con tanta precisión en fondo, tiempo y forma lo que se inventa en la capital del imperio anglo.

Una de las señas de identidad de quienes en España profesan este antisionismo reaccionario –en oposición al progre lemondediplomatique con el que creció mi generación– es, como ya he apuntado, el deleite que encuentran en el agravio por la leyenda negra. El imperio de más gloria que ha conocido el hombre en la Tierra queda reducido en su visión del mundo a una especie de Palestina de la Historia. Siempre humillada, definida casi exclusivamente en oposición a sus poderosos enemigos. Más que una empresa, una gesta, una idea con valor en sí misma un arma con la que atacar a terceros y curarse así traumas.

Otra de las patas en que descansa –o se agita, más bien– el universo de esta gente es el catolicismo. Un catolicismo, para ser justos, impostado, sobreactuado, ideológico, odiador y sectario. Porque estos católicos dedican su día más importante, el del nacimiento de Jesús, a atacar a Israel y a los judíos. Ignoran las matanzas de católicos en Nigeria, Mozambique y el Congo, su persecución en Cuba y China y su decadencia en el Líbano de Hezbolá mientras denuncian lo mal que les va a los cristianos en Israel, uno de los pocos países no cristianos en que quienes creen en Jesús tienen plenos derechos, administran propiedades y lugares santos, rezan libre y públicamente, prosperan y crecen demográficamente.

Copiando también en esto a sus modelos anglo, los nuevos católicos no alineados, altermundistas han adoptado de mascota a las comunidades cristianas de países musulmanes de Oriente Medio. No importa que tengan allí una presencia menguante y prácticamente testimonial. Como están sometidas a los regímenes que los hacen vivir como dhimmis, estos cristianos se ven obligados a atacar a Israel y a defender a los enemigos del sionismo –y también del cristianismo– a los que a la fuerza sirven. Es lo único que les interesa a esta gente de estos cristianos. Usarlos como arma arrojadiza contra los judíos y contra Israel, que es también para lo que han redescubierto el catolicismo.

Tucker Carlson entrevista a veces a portavoces de estas comunidades hostiles a Israel y complacientes con los movimientos islámicos y revolucionarios que las gobiernan. Son para sus dictadores el mismo tipo de coartada que fue Justo Molinero, el de Radio TeleTaxi, para las políticas antiandaluzas de Pujol.

Estos días se ha celebrado en Israel Purim, el carnaval, por decirlo rápido, con que los judíos celebran su salvación de un primer ministro genocida en la antigua Persia, de nombre Hamán. Miles de fiestas de Purim en Israel han celebrado la eliminación de Jameneí, el Hamán moderno, bailando y cantando a sus ancestros y a su Dios –a los de los judíos, no a los del ayatolá–.

En el aeropuerto de Roma, de camino a Israel, el brillante exministro Ron Dermer, que hace poco era la mano derecha de Netanyahu y tuvo un papel fundamental en la colosal victoria en que Israel ha transformado el 7 de Octubre, se paró a escuchar del rabino jasídico de Stropkov la lectura del Libro de Ester en el que se cuenta el milagro de Purim –el original, no el que ahora han hecho posible con sus militares Netanyahu y Trump–.

¿Puede haber un solo conservador de buena fe que no quiera para su país esa vitalidad y esa vigencia de la tradición propia? Israel no es un enemigo para los conservadores, los nacionalistas y los tradicionalistas del mundo. Es un ejemplo.

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