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Bailoteos funerarios

Por muy atrabiliario que sea Donald Trump, no hay atrabilis que valga para que improvisar bailoteos funerarios a ritmo de Y.M.C.A. no cause asco a toda persona de sensibilidad no deforme

Por muy atrabiliario que sea Donald Trump, no hay atrabilis que valga para que improvisar bailoteos funerarios a ritmo de Y.M.C.A. no cause asco a toda persona de sensibilidad no deforme
Donald Trump amenaza a Irán con "el fuego y la furia" si bloquea el Estrecho de Ormuz | EFE

Al menos George W. Bush mantenía las formas. Cuando en la madrugada del 20 de marzo de 2003 anunció el comienzo de la Operación Libertad Duradera, compuso el gesto y empleó un tono sobrio. Habló de minimizar víctimas civiles y de bombardeos selectivos. Aún faltaba un año para que le dijeran: "Presidente, esto es el infierno", refiriéndose a la situación en Bagdad. Mas estaban errados porque aquello no era el infierno sino su antesala.

Donald Trump, que en las primarias del Partido Republicano de 2016 tanto criticó el belicismo de Bush, con la Guerra de Irak como espolón de galera, ha prescindido en cambio de todo laconismo. No lamenta la muerte de civiles; tampoco parece lamentar la de sus propios soldados. Nos cuenta la guerra como el muchacho que presume del número de abuelitas que ha conseguido abatir en el videojuego de moda, como si la vida —la suya y la ajena— fuese para él una mezcla de simulacro y deporte. Pero lo mismo que en la España del siglo XIX el "todo vale contra el enemigo francés" degeneró en un "todo vale contra el compatriota enemigo", la deshumanización del otro en tiempos de guerra abre una espita a su deshumanización en tiempos de paz.

El pasado 28 de febrero, un Tomahawk estadounidense masacró a ciento ochenta niñas iraníes en una escuela de educación primaria. Días después, Trump bailaba Y.M.C.A. ante sus forofos más cafeteros. Se jactaba de lo bien que va un ataque que, según ha trascendido, su mismo Estado Mayor le habría desaconsejado. Si cualquier desfile de la victoria termina por asquear a las sensibilidades medias, más repulsivo resulta este despliegue de frivolidad y fanfarronería en medio de una escalada cuyo final dista de atisbarse.

En el Canto VII de la Ilíada, Néstor, rey de Pilos, y Príamo, rey de Troya, alcanzan una tregua para recoger sus respectivos cadáveres: "Mañana, reunidos todos al comenzar del día, traeremos los cuerpos en carros y los quemaremos cerca de los bajeles para llevar sus cenizas a los hijos de los muertos cuando regresemos a la patria". En la cultura griega, el respeto debido a los difuntos —incompatible con dejarlos pudrir a la intemperie— era un mandato de orden natural que ni siquiera la deshumanización de la guerra legitimaba a contravenir.

Jünger escribió que la civilización comienza con el culto a los muertos. La antropología nos muestra que ya el Homo erectus de Pekín, el heidelbergensis de Atapuerca y los neandertales de la Chapelle-aux-Saints se lo rendían a los suyos. Sin embargo, Donald Trump y sus hooligans con esteroides han prescindido de este núcleo civilizatorio común a casi todas las culturas y piedra basilar de la nuestra. Ello no les impide proclamarse faros de Occidente ni de las verdades eternas del cristianismo. ¿Pero acaso de existir el Dios en el que dicen creer no volcaría de un puñetazo sus mesas de mercachifles?

Por muy atrabiliario que sea Donald Trump, no hay atrabilis que valga —en el sentido etimológico de tener la bilis muy negra— para que improvisar bailoteos funerarios a ritmo de Y.M.C.A. no cause asco a toda persona de sensibilidad no deforme. Menos aún si lo hace jaleado por un público que ríe y aplaude como en una competición de lucha libre mientras en Oriente Próximo siguen lloviendo muertos. Ni siquiera la guerra puede contarse así; cualquier hipocresía ha de ser mejor. Bush, mismamente, mantenía las formas. Componía el gesto, hablaba en tono sobrio...

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