
It's the economy, stupid. Este eslogan mítico (acuñado por el estratega electoral James Carville) llevó en volandas a Bill Clinton a la Casa Blanca en los 90. El mensaje no podía ser más contundente ni más claro: cuando la recesión golpea incluso a la primera potencia del mundo, a la gente no le cuentes historias. No hagas malabares macroeconómicos, no te inventes crecimientos fantasma. Alivia los bolsillos. Deja respirar a las familias y a la economía de carne y hueso. Que la política (la noble) se inventó para mejorar la vida de la gente, no para hacerla más difícil todavía.
La ideología es buena cuando la bolsa suena, o por lo menos cuando no le impide sonar. Dicen los que saben Historia que los bolcheviques rusos, con su drástica y disparatada revolución, traicionaron hasta el tuétano el espíritu original de ese Karl Marx del que tanto les gustaba llenarse la boca. Pero que, de leérselo con verdadera atención, habrían hecho lo que luego hicieron los socialdemócratas alemanes: meter a las clases medias y trabajadoras en la conversación política y en la ecuación, ensanchar las costuras de la prosperidad repartida y compartida. Y sobre todo estable. El progreso, para ser bonito, nos tiene que alcanzar a todos. No sólo a las élites pretendidamente revolucionarias.
Todo esto viene a cuento de que, leída la prensa reciente, te saltan a los ojos dos noticias de alcance. Una, que el Gobierno Sánchez se prepara para asestar un nuevo sablazo a su sacrificio humano favorito: los autónomos. Ya le vale tener a la UE en el cogote por no bajar las cuotas y, mientras se hace el loco y pierde el tiempo, busca la manera de disparar un 42% el diezmo de los autónomos societarios y colaboradores familiares. Nada, que Hacienda le ha cogido el gusto a atar los perros con longanizas (hechas de nuestros intestinos) y todo es inventar cómo seguir recaudando en plan piraña.
En el otro extremo del ring, Alberto Núñez Feijóo hace una promesa que, si de verdad la cumple, le van a rezar hasta los ateos: deflactar el IRPF. ¿Verán tal milagro mis ojos? Siempre pensé que este era el tipo de medida que todo el mundo pide desde la oposición pero que una vez en el Gobierno se les olvida, dado lo cómodo que es seguir, pues eso, recaudando a dentellada limpia. Ojalá esa perversa tendencia toque de verdad a su fin.
Está claro que no se puede tener una sociedad moderna, cohesionada y vertebrada sin impuestos. Es normal que los que más tienen paguen más, por mucho que a veces les duela. Pero es que hace rato que eso no va así. La que paga más es la clase media precisamente por estar en medio y no poderse defender de una malversación continua de los activos sociales. Que van menos a sufragar servicios que a mantener el espejismo de una política falsamente progre en cuyo nombre la nómina de mantenidos políticos crece y crece y crece…
Luego se extrañarán de que los más humildes (pero currantes hasta el deslome) voten a lo que ellos llaman ultraderecha. Mucha propaganda, pero mucha, hay que echarle para no darse cuenta de que la ultraizquierda es ahora mismo un lujo asiático, en la práctica al alcance de muy pocos, a menos que se desconozca profundamente cómo sumar dos y dos.
Aflojarle las clavijas fiscales a la clase media no haría más insolidaria nuestra sociedad, sino todo lo contrario. Blindaría la única vía realista de creación de esa riqueza que, si no existe, mal se va a poder repartir. Aumentaría la ilusión por emprender negocios. Motivaría a los jóvenes a labrarse un porvenir independiente en lugar de vivir de sus padres hasta los 40 y a partir de ahí, de paguitas varias. Haría más asequible la vivienda. Mejoraría la generosidad y las ganas de ayudar a los menos afortunados (no a los más jetas). Sin clase media, la economía tiende al gulag. Y el gulag tiende a lo que tiende.
A este paso, las tradicionales etiquetas de derecha e izquierda devendrán irreconocibles y hasta inservibles. Cuando los que se dicen progresistas no dejan progresar a nadie, lo mejor que pueden hacer es salir del carril, cesar de entorpecer el tráfico. Es la clase media, estúpido. Déjala circular.
