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¿Loco o tonto?

Trump es bastante más tonto que Nixon, pero, como otros que conocemos, tiene muy desarrollado el instinto de supervivencia.

Trump es bastante más tonto que Nixon, pero, como otros que conocemos, tiene muy desarrollado el instinto de supervivencia.
Donald Trump | LD/Agencias

A Nixon le gustaba fingirse loco. Lo hizo para convencer a los norvietnamitas de que, si no firmaban el fin de las hostilidades, se desataría sobre ellos su furia. Y para amedrentar a los survietnamitas y que no opusieran obstáculos a una paz que en realidad fue una rendición. Consiguió su propósito y, en 1973, la guerra de Vietnam terminó en un empate que en 1975 resultó ser una derrota. La paz se firmó con el compromiso de que Estados Unidos defendería a Vietnam del Sur si el Norte rompía el tratado. En 1975, los comunistas invadieron a sus vecinos y los norteamericanos, bajo la presidencia de Gerald Ford, dejaron que la rendición de facto se convirtiera en derrota de iure. Recuérdese la imagen de los últimos norteamericanos montándose en el helicóptero que los sacaría del país desde la azotea de la embajada estadounidense en Saigón.

A Trump también le gusta recurrir a la táctica del loco y fingirse capaz de decisiones irracionales que pueden ser más perjudiciales para sus enemigos y aliados que avenirse a sus deseos. Pero Nixon no inició la guerra de Vietnam. En cambio, Trump sí empezó la guerra de Irán. No sólo, sino que lo hizo sin definir los objetivos militares y por lo tanto sin una estrategia clara. Probablemente, fue engañado por Benjamin Netanyahu, que le convenció de que conseguirían derrocar al régimen y convertir a Irán en un pacífico Estado laico pronorteamericano. Si ése era el objetivo, la estrategia era la equivocada. Debió intentarse destruir, en la medida de lo posible, el aparato represor del régimen en dos o tres días de bombardeos y luego esperar a ver si eso era suficiente para que la oposición acabara con el régimen. En vez de eso, lo que se hizo fue bombardear los centros de poder, asesinar a sus líderes y destruir las infraestructuras. Con esta estrategia se logró debilitar al país, pero a la vez se fortaleció al régimen ante sus súbditos, desprestigiando a la oposición y haciendo irrelevante la crisis económica que hizo que el pueblo iraní se levantara hace unos meses contra sus dirigentes. Así que, el problema no es que Trump esté loco, que quizá lo esté, sino que es tonto. De capirote. Y no sólo, sino que cree que los demás también lo somos. Y está convencido de que podrá disfrazar de victoria lo que es una derrota.

Se discute si de todo esto salen beneficiados Putin o Xi Jinping. Es dudoso. Quien sí ha salido ganando es Netanyahu, que ha tenido ocasión de planchar el territorio que dominaba Hizbulá en el Sur de Líbano y debilitado a Irán, que es lo que a él le interesaba, mucho más que un cambio de régimen que preservara a un Irán fuerte, por muy laico que fuera. Dentro de 15 días, Trump tragará con que Irán cobre un peaje ilegal a todo el que atraviese el estrecho de Ormuz y lo más que habrá conseguido es transformar la teocracia en una dictadura militar. Precisamente, ha mandado a J.D. Vance, vicepresidente que tendría que heredar el Despacho Oval en caso de impeachment, a negociar por ser éste contrario a la guerra y así comprometerle en la capitulación que Estados Unidos tendrá que firmar en Islamabad. Lo hace para que quede manchado por la derrota como lo estará él y frenar posibles movimientos de rebeldía en el Partido Republicano. Trump es bastante más tonto que Nixon, pero, como otros que conocemos, tiene muy desarrollado el instinto de supervivencia.

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