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Ya sé, ya sé, que el sistema financiero no se reduce al sistema bancario. Vale, vale, y le pido perdón al profesorcito que el otro día me recordaba, con una sonrisa tan contenida como orgullosa de su triste conocimiento, que el sistema financiero es más amplio y complejo que la banca. Pero, no nos engañemos, el personal en la calle de lo que habla es de los bancos, o mejor, si corre o no peligro el dinero que tiene depositado en su banco. ¿Tenemos que sacar nuestros depósitos y esconderlos debajo de una baldosa o repartirlo en distintas entidades? ¿Nos llevamos la pasta a Irlanda o lo invertimos en letras del Tesoro suizo? ¿Cómo pagaremos nuestra hipoteca si suben los intereses o, por el contrario, la crisis favorecerá a los que más deudas tienen contraídas con los bancos? De eso, en efecto, es de lo que habla la gente corriente y, por supuesto, coincide con los expertos que saben "científicamente" de lo que va esta historia.
La crisis en ese aspecto es muy democrática. Pocos pueden alardear de que no les afecte de alguna manera. Por lo tanto, no nos pongamos tan exquisitos para abordar un asunto que a todos nos afecta. Hágase, pues, pedagogía y no engañemos al personal con falsas razones o creencias ciegas. Digamos cosas sencillitas. Sinceras. La crisis tiene un elemento central y es que no sabemos identificar claramente a sus múltiples culpables. O sea, todo es crisis. Y lo demás, como diría Shakespeare, silencio. Nadie sabe con precisión qué pasará, por eso quien no se resigne a vivir en la incertidumbre no sabrá qué es la vida. Quien no aprenda rápidamente ese vivaz oficio de adaptarse a la adversidad, en realidad, de ser hombre, sucumbirá. Sobre la crisis bancaria en particular, y financiera en general, pueden decirse muchas cosas, pero lo decisivo tiene que ser "pedagógico", muy pedagógico, porque se corre el peligro del autoengaño. Porque lo único cierto es que la crisis, la sensación de que algo grave pasa, ya está en todas partes. Enfrentémoslo.
Pero, por favor, intentemos eludir los dogmas. Por ejemplo, los profesores lo tienen fácil, basta contar un cuento popular para que la gente se entere de qué va la crisis económica y, por supuesto, la ciudadana. Ahí va uno sencillito: quien deba un millón a un banco, sin duda alguna, tiene un problema, pero quien deba quinientos millones quizá no esté a salvo del código penal pero ahora, al contrario que el anterior deudor, quien tiene el problema es el banco. Lejos de mi intención explicar la crisis de este modo tan frívolo, pero creo que este tipo de anécdota ayuda a comprender lo incomprensible. Los bancos, sí, tienen problemas y, por lo tanto, también los tienen los depositantes, y viceversa. En esta perspectiva, siempre viene bien la lectura de los "clásicos", por ejemplo, yo aconsejo vivamente a Henry Adams. Aquí les dejo una cita que, seguramente, les hará pensar:
"Los bancos le habían prestado, a él como a otros, algún dinero –daba lo mismo, en cuanto bancarrota, miles que millones– del que, él tanto como otros, era responsable y del que no sabía más que los propios bancos. La ironía de esta situación le pareció mucho más aguda que el terror, y le hizo reírse de sí mismo (...) En la medida que podía comprender, nada tenía que perder y, por tanto, nada por lo que preocuparse, pero los bancos podían perder su existencia. El dinero le importaba tan poco como al que menos, pero para ellos era su vida. Por primera vez tenía a los bancos en su poder, podía permitirse reír y toda la comunidad estaba en la misma posición, aunque pocos reían. Todos se preguntaban qué iban a hacer los bancos al respecto (...) Cuando Adams fue a su banco a retirar cien dólares de su dinero en depósito, el cajero se negó a darle más de cincuenta y él aceptó los cincuenta sin quejarse porque él también se negaba a dar a los bancos los cientos o miles que le pertenecían. Los dos querían ayudarse y, sin embargo, los dos se negaban a pagarse sus deudas y no podía encontrar respuesta a las pregunta de quién era responsable de poner al otro en tal situación, ya que prestamistas y prestatarios eran el mismo interés y, socialmente, la misma persona (...) Una fuerza muy poderosa estaba en marcha, su funcionamiento era mecánico, su efecto debía ser proporcional a su potencia, pero nadie sabía lo que significaba y la mayoría de la gente la despachaba como una emoción –un pánico– que no significaba nada".
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