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Agapito Maestre

¡Dejen ya de prohibir!

La mayoría de nuestros compatriotas son de natural cobardes; antes que rebelarse, prefieren doblegarse

La mayoría de nuestros compatriotas son de natural cobardes; antes que rebelarse, prefieren doblegarse
Varios viandantes pasan ante el escaparate de una tienda que anuncia rebajas de hasta el 50 por ciento. | EFE

Es absolutamente indiscutible el carácter autoritario de este Ejecutivo. Indiscutible es la voluntad prohibicionista de este Gobierno. No pasa día sin que nos prohíba algo. Esas prohibiciones afectan tanto a nuestra vida pública como a las conductas más íntimas del ser humano; hace tiempo que desaparecieron en España los mecanismos mínimos de protección de nuestras libertades en el ámbito privado; y qué decir de la libertad en la esfera pública, cuando se nos ha prohibido hasta ponderar, evaluar y enjuiciar nuestro pasado libremente, o sea te atienes a la Ley de Memoria Histórica o cárcel.

Indiscutible es que el Gobierno persigue a los ciudadanos con todo tipo de instrumentos represivos, entre los que destaca la utilización perversa del real decreto-ley, saltándose permanentemente el artículo 86 de la Constitución, que permite al Gobierno dictar decretos-leyes "en caso de extraordinaria y urgente necesidad" y "siempre que no afecten al ordenamiento de las instituciones básicas del Estado, a los derechos, deberes y libertades de los ciudadanos regulados en el título I de la Constitución, al régimen de las comunidades autónomas ni al Derecho electoral general". El Gobierno ha hecho de ese artículo mangas y capirotes, porque ha convertido la excepción, el decreto-ley, en asunto corriente. Ha convertido el decreto-ley en arma mortífera contra el libre albedrío de los españoles. Todos sus decretos tienen por principal objetivo prohibir, prohibir y prohibir, prever nuevas infracciones y elevar las sanciones.

Indiscutible es que las últimas prohibiciones del gobierno de Sánchez del día 2 de agosto, algunas de ellas aparecidas en formas de real decreto-ley, no sirven nada más que para mostrar su carácter autoritario; esas medidas, como todas las anteriores, no detendrán el deterioro económico y social que sufre España. Son ineficaces para detener el paro, la inflación y la pobreza, pero, y esto es lo relevante, son extraordinariamente ridículas, anacrónicas y, desde el punto de vista jurídico-político, revelan un espíritu represor por parte del Ejecutivo que no hallamos en el resto de la Unión Europea. Se castigan conductas, se dice pronto, normales y aceptadas por todo el mundo. El ataque a las leyes consuetudinarias y a nuestras formas de vida cotidiana parecen los principales estímulos del Gobierno; por ejemplo, un comerciante que olvide apagar la luz de su escaparate, o poner el aire acondicionado a gusto de sus clientes, podría ser sancionado con una multa millonaria…

Es, pues, indiscutible el recorte de todo tipo de libertades llevado a cabo por el gobierno de Sánchez. Y, sin embargo, los partidos que conforman esa coalición gubernamental, según todos los sondeos electorales, siguen teniendo unas suculentas expectativas de millones de votos. La cosa asusta. Es incomprensible. ¿Cómo puede votar alguien con un poco de cerebro a políticos que proponen unas medidas tan ridículas y dañinas para ellos? No alcanzo a comprender cómo un ser humano puede darle su voto a alguien que propone quitarse la corbata para ahorrar energía; no hallo explicación de la conducta de alguien que da su voto a quien le está robando de modo duradero y con ostentación. España está necesitada de un psicoanálisis colectivo o algo así. Es menester explicar cómo millones de españoles mantienen en el poder con su voto a quienes los maltratan. Las pulsiones sadomasoquistas parecen propias de sociedades enfermas. Todo esto es exactamente lo discutible. Es necesario indagar sobre los mecanismos que conducen a un "ciudadano" a darle el voto a su opresor, es decir a quien lo persigue con prohibiciones y más prohibiciones.

Ya sé que hay una popular y sencilla explicación de esos interrogantes, pero me niego a seguirla. Mi amor a este país, sin duda alguna tasado y variable, me impide concluir que estamos rodeados de imbéciles. Millones de majaderos votan en democracia a quienes más daños y perjuicios les infligen. No puedo admitir esta explicación nada más que como una hipótesis última. De momento, me resisto a creer que aquí, en la tierra de María Santísima, hay más tontos que listos. O sea debo seguir pensando. Quizá exista otra explicación, seguramente más dura que la anterior con el grueso de la población de los españoles, pero no me atrevo nada más que anunciarla: la mayoría de nuestros compatriotas son de natural cobardes; antes que rebelarse, prefieren doblegarse ante la fusta del tirano. La personalidad autoritaria, el siervo, vota de buena gana al dictador; quiere refrendarse, "legitimarse", con la figura superior del tirano. Servidumbre voluntaria le llamaron a esa conducta los clásicos del pensamiento político. En ello estamos. Y Feijóo en silencio. Esperando a Godot.

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