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¿Fin de la política?

Europa no entusiasma, pero dejarla abandonada a la suerte de un relativismo que todo lo equipara es aún una perspectiva más negra. O sea es menester optar por uno u otro candidato, aunque en el fondo de nuestras almas nos parezcan equiparables en maldad.

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Los políticos han reducido esta campaña electoral a una pelea interna. Así, Europa no entusiasma sino que produce desafección política. Los políticos son los encargados de oficiar este triste ritual. Si tienes un abuelo, dicen los políticos alemanes, y nos sabes qué hacer con él, por favor, no lo dudes, mándalo a Europa. A eso han dejado los alemanes reducido la idea de Europa: un cementerio de elefantes. El chiste funciona con más o menos éxito por toda Europa. Aquí, en España, se podrían decir cosas peores. No quiero ni pensar los chistes que podrían hacerse con Magdalena Álvarez y similares políticos que pueblan las listas socialistas y populares.

En ese contexto, resulta normal que estas elecciones sean utilizadas antes en clave nacional que Europea o supranacional. De la idea de Europa como un Estado supranacional, capaz de entusiasmarnos a los europeos con sus instituciones democráticas, hemos pasado a una máscara, un disfraz, para ocultar el verdadero rostro de unos políticos que nos hurtan la posibilidad de construir bienes en común. Europa hoy es el antifaz que utilizan las elites de los partidos políticos para ocultar la terrible crisis política y moral que atraviesan las políticas nacionales.

Por otro lado, el cinismo de los políticos es equiparable a la corrupción de la sociedad ante las elecciones europeas. Unos y otra están acabando con la idea de Europa como algo común y capaz de vertebrar una sociedad con principios democráticos; pues que sin dejar de ser cierto que la abstención, la alta abstención que todas las encuestas han previsto para las elecciones del 7-J, es una respuesta ciudadana a la baja calidad del discurso político, no es menos cierto que esa abstención puede ser perfectamente manipulable por minorías populistas que impiden la posibilidad de formulaciones políticas e ideológicas de un mundo común, o sea democrático.

En otras palabras, la abstención, que es en principio una práctica de control, de obstrucción e incluso de enjuiciamiento de una casta política deleznable, podría ser perfectamente manipulable por quienes creen que la política es sólo un negocio para sus intereses privados. Europa, pues, no entusiasma, pero dejarla abandonada a la suerte de un relativismo que todo lo equipara es aún una perspectiva más negra. O sea es menester, dirán los más entusiastas, optar por uno u otro candidato, aunque en el fondo de nuestras almas nos parezcan equiparables en maldad. Nunca puede ser lo mismo votar a Durán que a Sosa Wagner y menos aún es equiparable decidirse por Mayor Oreja o López Aguilar.

En fin, la desconfianza hacia los políticos siempre será grande, pero al menos nos quedará una esperanza en Europa, a saber, su burocracia aún es infinitamente inferior a la de cualquier comunidad autónoma española. ¿O acaso no es esperanzador que sólo 12.000 funcionarios gestionen asuntos que interesan a cientos de millones? Por contra, para que nadie diga que me hago ilusiones, los sueldos de los parlamentarios europeos son algo más que exagerados... Ni siquiera son sueldos. Son motines de piratas.

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