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CIENCIA

El cerebro de la vidente

El mundo de la razón y de la ciencia ha encontrado esta semana un aliado inesperado. El actor y director de cine Santiago Segura ha gritado al mundo lo que ya todos sabíamos, pero tantas veces es necesario recordar: "Anne Germain, la vidente de Telecinco, no da ni una".

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Segura había aceptado participar en el programa Mas allá de la vida en el que la supuesta médium afirma contactar con familiares fallecidos de los famosos de turno. El artista ha resultado ser un escéptico impenitente (cosa que no le ha impedido participar en el programa y firmar un suculento contrato) y en virtud de su racionalismo ha puesto a caer de un burro a la vidente. Eso dicen, al menos, algunos medios presentes en la grabación: se quejó constantemente de la falta de sustancia de las apreciaciones de Anne Germain, de la vaguedad de sus visiones y de lo poco acertado de sus predicciones. Bien por Segura, en cualquier caso, por mostrar lo que debería ser obvio y no lo es. Más allá del beneficio marketiniano que a unos y otros reporta la trifulca, lo cierto es que el caso de Santiago Segura es una excusa perfecta para recordar algunas cosas que la ciencia sabe sobre el fantasmagórico mundo de los médiums.

Objetos movidos con la mente, fantasmas, viajes astrales, telepatía, levitación... ¿Por qué hay tanta gente que cree en los fenómenos paranormales? Porque todos ellos son experiencias psíquicas. Y, ¿por qué las llamamos experiencias psíquicas? Porque todas ellas son consecuencias inevitables del modo en el que funciona el cerebro humano. Así al menos lo sugiere la psicóloga norteamericana Susan Blackmore, que profesó en las filas de la parapsicología durante sus primeros devaneos como docente universitaria y luego se ha encargado de trabajar en la compresión científica de estos incomprensibles comportamientos humanos.

La parapsicología ha gozado de gran predicamento entre la comunidad intelectual en distintos periodos de la historia de la ciencia. Quizás porque sea la creencia más cercana al método científico, siempre arrimada a la psicología y la psiquiatría; quizás porque explora un rincón de nuestra especie al que todavía hoy en día estremece asomarse: el cerebro. Somos conscientes, a pesar del avance de las ciencias en tantos y tantos terrenos, de que aún nos hallamos muy lejos de comprender del todo cómo funciona esa caja de nuestros pensamientos, miedos, anhelos, ilusiones, esperanzas... encerrados en una masa blanda y arrugada preñada de neuronas. Sólo hace unas décadas hemos podido permitirnos el lujo de observar el funcionamiento encefálico, de introducir electrodos, sensores, cámaras en la habitación privada donde se cuece nuestra inteligencia.

No es extraño que en torno a la mente, a su correcto funcionamiento y, sobre todo, a su delirio se haya generado la gran mitología de lo paranormal. Todo lo que ocurre a nuestro alrededor y todo lo que no ocurre pero creemos que ocurre, encuentra aposento en un racimo de neuronas. Merece la pena no olvidar que hasta el fenómeno extrasensorial más irracional puede ser entendido como una manifestación del sustrato físico de la mente. Porque ese hombre que llega a la consulta del psicólogo (a al confesionario, da igual) estremecido porque acaba de ver su alma abandonando ingrávida el cuerpo que ya no le pertenece, esa anciana que acude todas las tardes a depositar flores sobre la tumba de su hijo y siente que le habla, aquella joven asustada que confiesa a su novio que es capaz de mover objetos con la mente son depositarios de un formidable objeto de estudio que la ciencia no debería desdeñar: un cerebro probablemente sano que actúa en las fronteras de nuestra comprensión. Los científicos y amantes de la ciencia no creemos que sea necesario acudir a explicaciones paranormales para dar cuenta de estos casos. Pero si realmente somos escépticos, si de verdad confiamos en el poder de la razón, deberemos abrir nuestras mentes al escrutinio del cerebro extremo para arrojar luz sobre muchos comportamientos que, todavía hoy, carecen de una clara explicación biofísica.

Porque si no lo hacemos nosotros, alguien peor vendrá para hacerlo, con su hatillo de mitos y supercherías, con sus prejuicios y malentendidos, con su mala fe o con su ignorancia. El mundo de la parapsicología está plagado de estupideces científicas por culpa de ello.

Del estudio de la mente humana podemos certificar que pocas cosas hay tan poderosas como la sugestión. Muchos neurólogos y psicólogos creen que las experiencias paranormales que algunas personas dicen vivir (telequinesia, telepatía, visiones, posesiones, clarividencia...) son suficientemente reales como para ser tenidas en cuenta, pero su explicación no reside en ninguna realidad sobrenatural y en poderes ocultos, sino en procesos internos del intelecto humano. Proceden de funciones cognitivas que utilizamos habitualmente en contextos apropiados pero que, vividos en situaciones extrañas, producen respuestas interpretativas erróneas exactamente igual que ocurre con las ilusiones ópticas.

Nuestro cerebro se topa continuamente con situaciones visuales complejas a las que asigna soluciones simples en forma automática e inconsciente. Cuando observamos una imagen que en apariencia violan las normas que el cerebro tiene asumidas para una escena, éste tiende a adjudicar relaciones y patrones entre los objetos, distancias, tamaños, perspectivas, fondos y frentes, figuras y movimiento para completar una escena coherente.

Podría suceder incluso que las ilusiones ópticas no engañaran sólo visualmente al cerebro sino que le hicieran comportarse de manera global como si realmente estuviera viendo lo que ve. Investigadores japoneses liderados por Akiyoshi Kitaoka, de la Universidad Ritsumeikan de Tokio, han monitorizado la actividad neuronal de personas voluntarias mientras contemplaban ilusiones visuales impresas que hacen pensar al que las ve que la imagen está en movimiento. Antes de realizar este estudio, los neurólogos consideraban que estas ilusiones de movimiento implicaban cierta actividad cerebral de alto nivel, como la imaginación, pero esta nueva aportación sugiere que, en realidad, las ilusiones nacen en estratos más primarios relacionados con el córtex visual. En concreto en las partes del cerebro que se activan cuando procesamos el movimiento de los objetos. Podríamos inducir entonces que una ilusión no es un error de percepción o una reconstrucción de la realidad a base de pequeñas piezas de puzzle. Cuando una persona cree ver en movimiento una imagen estática es porque realmente las partes de su cerebro que se están activando son aquellas que, en otras circunstancias, procesan el movimiento. Los ojos no engañan al cerebro, es éste el que engaña a aquéllos, de manera que cuando "vemos" ilusiones no hay un proceso mental distinto al que se produce cuando vemos la realidad.

Este detalle es muy importante porque refuerza las tesis de pensadores como Susan Blackmore que creen que las experiencias paranormales surgen de procesos fisiológicos complejos que hacen sentir a los que los padecen que realmente están viendo un fantasma, moviendo mentalmente un objeto, comunicándose con los muertos. No hay fraude, no hay simple imaginación, no hay enfermedad mental. Son una mera manifestación del intelecto humano en una versión extrema y poco habitual.

Los que las viven con intensidad sincera, bien por iniciativa de su propia sugestión o bien presionados para ellos por la habilidad de un charlatán o charlartana de turno, no son enfermos, mentirosos o locos, son víctimas del funcionamiento de esa caja de misterios que llamamos cerebro.

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