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Adiós, Cataluña

A veces en la Historia se producen extraños juegos que conducen al perjuicio de todos los contendientes.

Amando de Miguel
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Primera providencia: la reciente intervención del famoso artículo 155 de la Constitución por parte del Gobierno de España no ha servido de nada. En todo caso, para que se evapore de Cataluña el Partido Popular. El mal de Cataluña sigue enquistándose. Volvemos a la casilla de salida, como ahora se repite. Es decir, otra vez se va a plantear la independencia de Cataluña, esta vez con más legitimidad. Lo que parecía una febrícula pasajera realmente es un tumor maligno. Solo cabe extirparlo, pero no hay cirujano que se arriesgue. Podría parecer exagerada la metáfora clínica, pero es claro que Cataluña padece una grave enfermedad para su población y para el resto de España. Sencillamente, más de la mitad de los parlamentarios de Cataluña están dispuestos a constituir una República independiente con todas las de la ley. Solo que tal desenlace resulta inviable. Es como si los españoles todos quisieran ser africanos y no europeos.

La situación se presenta después de unas elecciones limpias y pacíficas, bien que convocadas por el Gobierno de España y con algunos candidatos presos o proscritos. No son pocas anomalías.

Todos los políticos y comentaristas alaban la altísima participación de los comicios catalanes. Sin embargo, esa es una tacha que más bien caracteriza a los regímenes autoritarios, no a las democracias avanzadas.

El abanico de siete partidos hace ingobernable a Cataluña, se constituya o no en República independiente. La heptarquía ideológica de Cataluña resulta extraña en el panorama político europeo, sobre todo porque no es fácil dilucidar qué formación se halla en la izquierda o en la derecha. El partido más votado ha conseguido registrar el nombre de Ciudadanos, como si los demás fueran súbditos. Lo fundamental es que no podrá gobernar de modo estable. Claro que a muchos políticos les basta con calentar su escaño en la oposición para colmar su apetito de poder. El cual consiste hoy en dispensar una cascada de favores y subvenciones a costa del erario. Es lo que luego llaman "políticas"; si se visten de "sociales", todavía mejor.

Lo fundamental es que el llamado "bloque independentista", mayoritario en el Parlamento catalán, es más bien una macla con diversas cristalizaciones. Dentro de ella, el partido con más votos ostenta la cualidad de ser el más corrupto de España, que ya es decir. Al igual que muchos delincuentes profesionales, cambia constantemente de nombre. Su cabecilla anda ahora fugado de la Justicia; ni siquiera ha enviado su voto por correo en los recientes comicios. Se le podría aplicar el retrato que hizo José Ortega y Gasset de un eminente escritor: "Es un tonto en cuatro idiomas". Pero en este caso tiene todas las bazas de llevarse el gato al agua, más que nada porque sus oponentes no tiran al unísono de la maroma.

Seamos realistas. El foso que separa la Cataluña escindida en dos no es el que enfrenta a los secesionistas contra los españolistas, ni siquiera las izquierdas contra las derechas. La verdadera distinción se establece entre los que siempre han mandado en Cataluña y los que no. Estos últimos son mayormente los venidos de otras regiones españolas o sus descendientes. Queda fuera del cómputo la casta de los inmigrantes extranjeros, exceptuando los profesionales. En donde se prueba que todo nacionalismo acaba siendo racista.

En el entretanto se ha producido lo que de verdad importa: la paulatina decadencia económica de Cataluña, que los secesionistas no quieren reconocer. Se trata de una tendencia tan firme que ni siquiera se podría parar con el triunfo imposible de los españolistas. La impensada consecuencia es el auge económico de la pequeña nación de Madrid, convertida así en la verdadera capital económica de España, o de lo que queda de ella. Al final, todos salimos perdiendo. A veces en la Historia se producen extraños juegos que conducen al perjuicio de todos los contendientes.

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