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Comparar no es insultar

Los centros educativos de la enseñanza obligatoria de Andalucía o de Extremadura dejan mucho que desear.

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Hablar, razonar, pensar, comunicarse con palabras son acciones específicamente humanas. Hechas con cierta calidad, se convierten en una marca de la civilización (palabra que viene de ciudad). En ese caso apelan continuamente a contrastes, comparaciones. El lenguaje es una continua metáfora explícita o implícita. El discurso científico se caracteriza por establecer comparaciones con mayor precisión; observa cuidadosamente la realidad y prescinde, todo lo que puede, de prejuicios. Pues bien, los españoles se distinguen por su resistencia a establecer comparaciones en el lenguaje cotidiano. Nótese que para referirse a algo óptimo se dice que resulta "incomparable". No de extrañar que el avance de la ciencia en España haya sido tan parvo.

Valga este exordio profesoral para asombrarme de una lamentable polémica entre los políticos, o mejor, las políticas, que todavía colea. Dice una diputada del PP que los alumnos de Andalucía muestran un rendimiento escolar significativamente menor que los de Castilla y León. La presidente de la Junta de Andalucía, respirando por la herida, replica que esa afirmación es un "insulto" a su tierra. Lo dice escandalizada, furibunda, teatrera; no en vano se encuentra en campaña electoral. Si bien se mira, toda su vida ha sido una continua campaña electoral.

La polémica no se resuelve con dimes y diretes politiqueros. Ni siquiera se ventila midiendo las pruebas escritas que se hacen a los escolares de tanto en tanto. La cosa es más honda y viene de lejos.

Hacia 1900 Joaquín Costa levanta una encuesta cualitativa, o más bien una serie de informes etnográficos, en los que percibe un contraste fundamental. En Castilla la Vieja (región de pequeños propietarios y arrendatarios) apenas había analfabetos y todos los niños de los pueblos asistían a la escuela. Esta situación resultaba excepcional en el conjunto de España. Por aquellas fechas en Andalucía o Extremadura (regiones de latifundio) la mayor parte de la población era analfabeta. Ese contraste continúa durante un siglo y sus efectos llegan hasta nuestros días. Podría citar el caso de mi pequeño pueblo zamorano de nación. Cuando yo era pequeño todos los niños iban a la escuela hasta los 14 años.

Se ha comprobado que Castilla y León (ahora se llama así) proporciona muchos profesionales dedicados a la enseñanza en todos los grados, funcionarios de diversos cuerpos, trabajadores de los servicios. Todos ellos requieren una buena instrucción de base. El hecho correspondiente es que en esa región las escuelas, colegios e institutos funcionan razonablemente bien. Con las mismas leyes de enseñanza, los centros educativos de la enseñanza obligatoria de Andalucía o de Extremadura dejan mucho que desear. Simplemente, la estructura social de unas y otras regiones difiere de forma notable. En Castilla y León predomina una mentalidad de clase media que valora sobremanera el esfuerzo que supone la instrucción. En Andalucía y Extremadura resuena el fatalismo de una sociedad dual (ricos y pobres) con escasa movilidad entre unas clases y otras. Las diferencias son estructurales, es decir, no son de hoy, y poco tienen que ver con los partidos que gobiernan en una u otra región, sea el PP, el PSOE o lo que venga. Debe hacerse un reconocimiento humilde: la política no puede cambiarlo todo, ni siquiera lo fundamental. Ya sé que en las campañas electorales se dicen muchas tonterías, pero comparar no es insultar.

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