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Amando de Miguel

El desmantelamiento de la nación española

Después de luengas vicisitudes, al superar la etapa franquista y concluir la transición democrática, la nación española comienza a resquebrajarse.

Amando de Miguel
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Se dice que la nación, como sujeto político e histórico, se manejó por primera vez en la batalla de Valmy (1792). En la cual los ejércitos franceses acudieron a la refriega al grito de “¡Viva la nación!”, sustituto del tradicional “¡Viva el rey!”. Fue una observación de Goethe; eso fue lo que la hizo famosa. Pero la natio era un término de los romanos, manejado con profusión, para indicar el conjunto de habitantes de un territorio con una herencia racial o una cultura características. Los españoles (los antiguos hispanos) necesitaron cristalizar la idea de una nación política en época temprana, al tener que distinguirse de los moros vecinos, en secular conflicto.

Después de luengas vicisitudes, al superar la etapa franquista y concluir la transición democrática, la nación española comienza a resquebrajarse. En la parla pública de nuestro tiempo, la voz España se ve sustituida por “el Estado”. Asombra que tal monstruosidad léxica haya tenido tanto éxito popular. De forma paralela, la nación (referida a España), sin más, cede a términos tan poco expresivos como territorio o país. Por lo mismo, las regiones de toda la vida (equivalentes, en parte, a los antiguos reinos medievales) pasan a ser comunidades autónomas; en rigor, no son ninguna de las dos cosas.

En la España del siglo XX cunde la idea de que las naciones (algunas se reinventan) se distinguen por exhibir una lengua propia, etimológicamente, un idioma. El argumento resulta un tanto especioso, pues en Europa se hablan muchas más lenguas que Estados nacionales hay en ella. Cierto es que, en los comienzos del siglo XX, se independizaron algunas nuevas naciones europeas, cuyo factor diferenciador fundamental fue la lengua: el noruego, el irlandés, el finés, etc. Fue una oportunidad histórica para que Vasconia o Cataluña se independizaran de España como nuevas naciones. El proceso no se logró porque, a diferencia de otras situaciones parecidas en el mapa europeo, Vasconia o Cataluña no eran regiones marginadas o atrasadas, sino hegemónicas. Al menos, así era en el plano económico.

La paradoja es que, hoy, Vasconia o Cataluña ya no mantienen la privilegiada posición económica de hace un siglo, respecto al resto de España. Sin embargo, ambas refuerzan el ímpetu secesionista de las minorías que las gobiernan. Nótese que no hay otra circunstancia histórica que fundamente la secesión; por ejemplo, ninguna de las dos fueron reinos medievales. Por tanto, solo les queda el pobre argumento de una lengua propia para una parte de sus habitantes. De ahí el decidido propósito de conseguir que, en esas dos regiones, se erradique el castellano o español. Difícil empeño, pero que sigue su curso durante la última generación por parte de los que mandan. La paradoja es que, mientras tanto, el español se ha constituido en una de las pocas lenguas de comunicación internacional. De ese modo se definen las que se aprenden por millones de personas que no las tienen como lenguas familiares.

Así pues, el intento de secesión de Vasconia (rebautizada como Euskadi) y Cataluña se apoya en una falsificación histórica y en una decisión muy poco pragmática. No obstante, la izquierda que gobierna en España se apresta a colaborar en el proceso de secesión de Euskadi y Cataluña. El cual contagia, con variable éxito, a otras regiones con lenguas propias de una parte de su población.

El proceso de desmoronamiento de la nación española se acelera al compás de otros dos fenómenos destructivos: el azote de la epidemia del virus chino y la hecatombe económica. Añádase la persistente idea de la izquierda gobernante en España para liquidar la secular tradición monárquica e implantar un estrafalario régimen republicano de tipo federal. Al tiempo, se trata de un Gobierno, sedicentemente progresista, con crecientes tintes autoritarios, una especie de comunismo latinoamericano. Toda esta cafarnaúm (que diría Josep Pla) se ha puesto en marcha con pavorosa perseverancia, digna de mejores causas.

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