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Pero ¿quiénes son los fascistas?

La derecha (PP, Ciudadanos y Vox) tolera perfectamente que haya partidos de izquierdas, pero la izquierda y los separatistas se resisten a admitir con naturalidad que pueda gobernar la derecha.

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EFE

Un vituperio corriente y vulgar, sobre todo si parte desde la izquierda, es el de "fascista" o, con peores modos, "facha". Equivale al insulto clásico de "subnormal". Vamos a cuentas. El fascismo fue un movimiento nacionalsocialista que surgió en Italia como consecuencia de la humillación de la Gran Guerra (después se llamaría Primera Guerra Mundial). En seguida prendió en Alemania de forma mucho más violenta y pasó a la historia con el triste emblema de los nazis. Lo esencial de ambos experimentos fue la doctrina totalitaria, por la que se excluía violentamente a los otros partidos y se cercenaban las libertades. Totalitario también fueron el comunismo soviético y sus muchos imitadores.

En la España actual, el insulto de "fascista" se dirige casi exclusivamente contra Vox, aunque este partido no presente signos totalitarios. En realidad, la etiqueta de totalitario se puede asignar con entera propiedad al ramillete de Podemos y a los separatistas vascos y catalanes. La paradoja queda recogida en el tesoro de la sabiduría popular: "Cree el ladrón que los demás son de su condición".

De un modo más general, el fascismo equivaldría hoy a la intolerancia para que puedan gobernar otros partidos. Pues bien, la derecha (PP, Ciudadanos y Vox) tolera perfectamente que haya partidos de izquierdas, pero la izquierda y los separatistas se resisten a admitir con naturalidad que pueda gobernar la derecha. Dentro del bloque de la derecha, Vox es el partido que se compromete resueltamente con la nación española. Se comprende así que atraiga las iras de la izquierda de un modo obsesivo, hasta llegar incluso a la violencia.

Hemos alcanzado en España la ansiada situación de una democracia pluralista, que no admiten muchos países del mundo; desde luego no es el caso de Cuba, Venezuela, China o los países de hegemonía islámica. No obstante, en España se hallan vigentes leyes resueltamente fascistas como la malhadada ley de memoria histórica. La promovió un Gobierno socialista, pero la respetó un Gobierno del PP con mayoría absoluta. Vox se opone resueltamente a esa ley, que parece copiada de la donosa descripción de la utopía comunista que hizo Orwell en 1984. Es una afrenta al sentido común y a las elementales normas de la vida civilizada.

Los fascistas históricos tendían a sustituir los símbolos de la nación (bandera, himno) por los del partido correspondiente. En España solo Vox resalta públicamente los símbolos nacionales, atacados de forma deliberada por Podemos y los separatistas vascos y catalanes. ¿Dónde está, entonces, el verdadero fascismo?

La clave reside en el uso de la violencia como arma política. De momento, casi todos los partidos parlamentarios se muestran vocalmente violentos contra Vox. No otra cosa es el desprecio. En el caso de Podemos y de los separatistas vascos y catalanes, esa violencia no es solo una actitud despreciativa sino también física.

La conclusión es que a un partido como Vox, sin subvención pública, le han hecho los demás una impagable campaña publicitaria. Nunca habían concedido los medios tantas páginas, sonidos e imágenes, a un partido como Vox, que, de momento, solo ha conseguido votos en unas elecciones regionales. El sanguinario Otegui y el pedante Iglesias se sienten algo así como la reencarnación de San Bernardo y predican una cruzada antifascista contra Vox. Puede que no tengan otra cosa que hacer. Nadie sabe el origen de la famosa frase, pero los voxeros la hacen suya: "Ladran, luego cabalgamos".

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