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Antonio Escohotado

Zidane y el buenismo

Sería llover sobre mojado que Zidane vaya de padre Flanagan o Damián, cuando toca ser sargento o canciller de hierro. Y no a la manera Mourinho.

Antonio Escohotado
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Antes y después de la ordalía en Estambul, me parece que –salvo si decidiera él otra cosa- Zidane tiene asegurado seguir entrenando hasta el próximo verano, por lo menos. Más concretamente, tiene un puesto directivo asegurado para siempre en el Real, o la casa blanca incurrirá en una ingratitud vergonzosa. Ya integró en su seno a otras leyendas, empezando por Di Stéfano, el Buitre, etcétera, y no hay nadie con la mitad de su palmarés en la historia del club recreado por otrora por Bernabéu. Don Alfredo ganó cinco copas, y debió ganar la sexta si dos árbitros ingleses no se la hubieran robado en su día. Zinedine solo levantó una como jugador; pero obtuvo cuatro cuando son mucho más difíciles de ganar, y como ser humano es un prodigio de apostura, gentileza y devoción por su oficio. Si se prefiere, es uno de los indiscutibles consultores de la institución española más prestigiosa.

Luego le oímos lamentar que la prensa empiece a buscarle sustitutos, sintiéndose molesto por preguntas que corresponden sin duda a la gerencia o a la presidencia del club, no a él. Le sobra razón, atendiendo a lo dicho en primer lugar -¿qué menos sino confiarle toda la temporada actual?-, aunque en vez de rechazar preguntas insidiosas adopta un camino equívoco, del que quizá no sea consciente. En efecto, declara una y otra vez que "todos somos uno", o bien "todos ganamos, todos perdemos", e incluso "no hacemos distingos".

Sin embargo, las tres últimas frases son inexactas, cuando no embustes palmarios. Lejos de ser "una", la plantilla madridista es un mosaico abigarrado de gente en alta y baja forma, más o menos motivada, y con el rasgo demasiado frecuente de contar con jugadores cuyo valor de mercado actual ni se acerca al pretérito. Lejos de que "todos ganamos, todos perdemos", unos cumplen y otros no, siempre en función del momento y el tiempo otorgado a cada cual para demostrarlo, cosa no dependiente de ellos, sino de las alineaciones y sustituciones decretadas por el míster.

Por último, lejos del "no hacemos distingos" las preferencias subjetivas cuentan en el Real de modo ostensible. Sería una dejación de responsabilidad no discriminar con objetividad, haciendo justo lo contrario, pues ¿a qué viene la cantinela de los tres mosqueteros –uno por todos, todos por uno-, cuando se trata de motivar, premiar y castigar a veintitantos tíos en la flor de la edad? Salvo error, no hay una sola analogía válida entre la feroz competitividad exigible al top del top futbolístico y la transigencia de instituciones como las fundadas desde 1832 por san José de Cottolengo, donde no se hacen distingos por ser todos sus miembros deficientes mentales.

El Real no es un cotolengo, sino el sitio idóneo para que la pericia y la autoexigencia sean honradas con la admiración de medio mundo, y pagadas adicionalmente con montañas de euros. Si Zidane confunde no discriminar arbitrariamente con no discriminar en función del desempeño, quizá sea su última temporada por ahora. Si empieza a asumir responsabilidad personal por cada titularidad y suplencia, y deja de tratar a sus chicos como irresponsables, todos muchachos excelentes siempre, a lo mejor vuelve –ayudado por las incorporaciones- ese soplo de vigor irresistible al amparo del cual se lograron las grandes gestas, y la afición no seguirá defraudada como el pasado año y buena parte del actual.

Forrada y ahíta de ganar, parte de la plantilla merece chupar banquillo. Otra parte merece ser ensalzada, y lo mínimo exigible del entrenador es que vaya haciendo esa criba sin que amiguismos, galones, convenciones o religiones velen la nitidez del asunto. El Real no es una asociación destinada a paliar los hándicaps del desfavorecido, sino a colmar de fama y pasta al favorecido. Por una vez sobra el término medio: si tal o cual jugador o entrenador transige con cosa distinta de la excelencia –como Del Bosque transigió con las copas, el trasnoche y supuestos derechos adquiridos- aquello se lo lleva la chingada, como dicen los mejicanos. Sería llover sobre mojado que Zidane vaya de padre Flanagan o Damián, cuando toca ser sargento o canciller de hierro. Y, por cierto, no a la manera Mourinho sino a la de Allegri y tantos otros profesionales ni histéricos ni apocados.

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