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El buenismo exquisito de Arcadi con Cifuentes

Pocas veces el cinismo inteligente de Arcadi ha sido tan indulgente con alguien como con Cristina Cifuentes.

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Pocas veces el cinismo inteligente de Arcadi ha sido tan indulgente con alguien como con Cristina Cifuentes en su último artículo. Lo ha sido porque la exculpa en nombre de la patología. Como el materialismo histórico de Marx exculpa el delito contra la propiedad (no es la conciencia lo que determina el ser del hombre, sino las condiciones sociales las que determinan su conciencia), o como el buenismo lo hace con la flacidez moral (esa manera de destruir la responsabilidad social con buena conciencia).

Exculpar las acciones de una responsable política en nombre de un vicio privado, de una pulsión irreprimible o de un comportamiento extravagante contrarios a los fines sociales que le exige su cargo sería tanto como aceptar que una disfunción física, como perder la visión o tener párkinson, debiera pasarse por alto a la hora de conducir un coche, pilotar un avión u operar a corazón abierto. Es tan alta la función social de la cosa pública que sólo quien la da por perdida puede suponer que deben ser disculpables patologías como la cleptomanía. Si sus actos tienen consecuencias, sea por una incapacidad operativa, sea por una pulsión irreprimible, el Estado debe impedirlos. A la vez que rehabilitarla. Como debiera impedir los permisos carcelarios a violadores compulsivos o a criminales psicópatas, por ejemplo. Las consecuencias de unos y otros no son ni comparables, pero nos ayudan a ver el problema al aumentar escandalosamente lo que a simple vista el buenismo interesado nos impide ver.

Puestos a ver patologías en la encantadora Cristina Cifuentes, la peor no ha sido la cleptomanía, sino esa capacidad extraordinaria suya para fingir honradez. Reparen. Los dos casos que la han llevado a la dimisión tienen una función ejemplarizante. A partir de ahora, cualquier político será más prudente a la hora de meter las manos donde no debe, o a poner los codos donde debe. Por el contrario, su capacidad para aparentar honradez donde sólo actuaba una actriz colosal tiene unas consecuencias devastadoras para la verdad. Para la imagen social de la verdad, para ser más exacto.

Hay personas que toman la mentira no como un recurso accidental, sino como su modo de relacionarse con el mundo. Son mentirosas compulsivas. Ni ellas se dan cuenta de que mienten. La mentira forma parte de su respiración, no la ven como un mal, sino como una habilidad personal. No tienen conciencia de obrar incorrectamente. Y se aferran a ella como a un hecho real, como cualquier otro hecho empírico que pudiera aportarse como prueba. Por eso Cifuentes podía venderse como una campeona contra la corrupción siendo ella misma corrupta. Y podía ser tan eficaz porque ella misma era incapaz de verse como tal. La mentirosa compulsiva, teatral, era creíble porque ella misma ha acabado de conformar una personalidad donde la verdad no depende de la objetividad del mundo, sino de sus propias percepciones y estrategias de supervivencia.

El mundo no es como es sino como lo percibimos. En el caso de una mentirosa compulsiva como Cifuentes, deja de ser una manera cognitiva de comprender la complejidad para convertirse en una enferma.

¿Qué es lo más grave de la expresidenta de Madrid? La utilización de la ética y la estética de la verdad para mentir. Después de habernos engañado a todos que era una persona honrada, ¿qué diferencia hay entre un político sincero que defiende la verdad con pasión y el mentiroso que la utiliza para mentir? ¿Cómo puede distinguir el ciudadano quién dice la verdad y quién miente, si las formas de la verdad han sido prostituidas con tanta eficacia?

La verdadera víctima no es Cristina, sino la civilización, 2.500 años de esfuerzo ilustrado para distinguir la objetividad de la superstición, la mentira de la verdad. La irrupción de la posverdad es un ejemplo palmario. Esa es la peor de las herencias de esta mujer enmascarada tras una falsificación y un hurto. Y encima se va altiva, sin una mínima disculpa. Las consecuencias del mal que la confunde.

PS: Platón, a juzgar de Nietzsche, instauró el error dogmático más peligroso de la historia, el bien en sí, la verdad. Ironías del destino, el nihilismo que acarrea el triunfo de la posverdad es un esperpento de su superhombre.

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