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Selectividad y derechos civiles

Nos estamos acostumbrando al abuso. A dosis grandes, nos rebelamos; si lo dosifican como el veneno en homeopatía, lo ingerimos.

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Nos estamos acostumbrando al abuso. A dosis grandes, nos rebelamos; si lo dosifican como el veneno en homeopatía, lo ingerimos, lo metabolizamos y acabamos por olvidar que nos están envenenando. En el caso de los derechos civiles, acabamos asumiendo su pérdida como una fatalidad.

Los días 8, 9,10 y 11 de junio vuelven las pruebas de Evaluación del Bachillerato para el Acceso a la Universidad, vulgarmente conocidas como "la Selectividad". En ellas nuestros jóvenes se juegan el futuro. O al menos, así lo perciben. ¿Y qué hacen nuestros gobernantes nacionalistas? Recordarnos que hay ciudadanos de primera y de segunda. Sus hijos pueden hacer los exámenes en su lengua y los nuestros que se jodan. Si en la prueba académica más trascendental para su futuro es más importante la identidad lingüística del gobernante que los derechos civiles de los gobernados, ¿qué mierda de país tenemos?

Pónganse en el lugar de los chicos y chicas que viven la Selectividad con miedos y angustia, y necesitan tranquilidad y la mejor de sus armas para superarlas, la lengua en que se sienten más cómodos… ¿Hemos de hacer sacrificios al dios de la identidad lingüística de cada capataz territorial empeñado en priorizar sus delirios narcisistas sobre la empatía con quienes viven el trance con dramatismo?

El cuento empieza a ser una broma de mal gusto: ¿por qué los hijos de Prat de la Riba pueden hacer las pruebas en su lengua y los de Antonio Machado no? ¿Por qué, si todos somos ciudadanos, nuestros derechos son idénticos y la Constitución, que los consagra, nos ampara a todos por igual?

Son preguntas tan diáfanas, derechos tan obvios, que hemos acabado por extrañarnos de hacérnoslas. Hasta ahí llega la alienación, así de pornográfico es el abuso.

La resistencia ante el mal nunca decae, repetir lo obvio es imprescindible, recordar que tenemos derechos y el derecho a ejercerlos nunca es suficiente si la exclusión afecta a uno sólo de los ciudadanos. Sea quien sea, viva donde viva, hable una u otra lengua. Si nos acostumbramos al mal, la vida sigue, pero ya no se vive con dignidad.

Las familias agrupadas en la asociación cívico cultural Catalunya por España (ACPE) están gestionando una instancia para enviarla a los organismos competentes del Estado. La han hecho extensible a todas las Asociaciones de Familias de Cataluña (AFAS), para reivindicar el derecho a disponer en español de las pruebas de selectividad. Aunque tengan derecho, las autoridades políticas nacionalistas y las académicas (es una redundancia) sólo las reparten en catalán. Si algún alumno las quisiere, habría de levantar la mano, significarse, delatarse y solicitarla expresamente (quien no entienda esta frase, que venga a vivir a Cataluña). Y entonces, y en espera de la buena disposición de algún profesor, irían a buscarla. Sin ellas aun en su mesa, los examinadores darán las instrucciones del examen (son muchas y a veces complejas), sin que los solicitantes puedan cotejarlas. En el trance, pérdida de diez o quince minutos y nervios.

Habrá quien considere la incomodidad cosa sin importancia. No repara que un virus es un microorganismo invisible a ojo desnudo, pero con capacidad para afectar a seres vivos mucho mayores. La limpieza lingüística que se ha llevado a cabo en Cataluña desde los años ochenta permite que unos niños puedan estudiar en su lengua y otros no, justifica que la lengua de más de la mitad de la población haya desaparecido de las instituciones y esté proscrita en los medios públicos de comunicación, que empresas y entidades culturales reciban o no subvenciones en función de la lengua que usen, que se haya convertido en el salvoconducto para encontrar trabajo o para perderlo, que la hayan convertido en lengua propia e instrumento de demarcación para fundamentar sobre ella la identidad nacional, que a su vez justifique declarar la secesión de Cataluña violando la ley o exijan amnistía para los delincuentes que la han llevado a cabo. Y quizás lo peor, que la corrupción que tanto detestamos en los otros, si se ha hecho o se hace, en nombre de la lengua, entonces es justificable. A esos grandes abusos se llega, cuando transigimos en los pequeños.

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