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La admiración incontenible que suscitan los bancos centrales puede deberse a los misterios que entraña el dinero, pero tiene escaso fundamento.

Carlos Rodríguez Braun
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La admiración incontenible que suscitan los bancos centrales puede deberse a los misterios que entraña el dinero, pero tiene escaso fundamento.
Sede de la Reserva Federal.

Hace un tiempo, cuando se empezó a hablar del fin más o menos inminente de la política expansiva de la Fed, tituló El País:

La Reserva Federal ignora a los países emergentes y mantiene la retirada de estímulos monetarios.

La admiración incontenible que suscitan los bancos centrales puede deberse a los misterios que entraña el dinero, pero tiene escaso fundamento, a tenor de lo que han hecho esas instituciones con la moneda que supuestamente deben proteger. Pero, sea como fuere, el titular de El País parece indicar que debería ocuparse incluso de los mercados emergentes, lo que por supuesto es un dislate: si la restricción monetaria fortalece coyunturalmente el dólar y debilita el rand sudafricano, no se entiende que haya que reprocharle esto último a la Reserva Federal. Un seguidor en Twitter me apuntó que el crecimiento de los emergentes, incluso suponiendo que debiera estar en la agenda de la Fed, se debe a su mayor competitividad, y no a la moneda norteamericana.

Quizá lo más interesante de la visión idolátrica de los bancos centrales en general, y de la Fed de los años de Obama en particular, no es que se les critique por ignorar a los países emergentes, sino que no se les reprocha algo mucho más importante, a saber, que la enorme expansión cuantitativa, que ha inflado de deuda pública y privada el balance del banco central estadounidense, no ha dado lugar a la dinámica recuperación que nos anunciaron que iba a producirse gracias a su intervención.

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