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‘Kristalltag’ en Alsasua

No pretendo decir que la Alsasua de hoy es como el Núremberg nazi, pero sí creo que hay los suficientes paralelismos como para poder extraer las conclusiones oportunas.

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La noche entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938 fue especialmente terrible en Alemania: se asesinó a más de 90 personas y se detuvo a unas 30.000, que después fueron deportadas; se incendiaron 1.300 sinagogas, escuelas y hospitales; y, por si todo esto no fuese suficiente, se destruyeron más de 7.500 negocios privados y se saquearon decenas de miles de viviendas.

La vida para los judíos alemanes llevaba años siendo difícil: la presión nazi era cada día mayor y, especialmente desde la promulgación de las Leyes de Núremberg en 1935, en muchos aspectos la situación de las familias y los ciudadanos de origen judío estaba degenerado bastante, pero hasta esa fatídica noche, recordada universalmente como la Noche de los Cristales Rotos (Kristallnacht en alemán), no se había vivido un brote de violencia masiva como aquel.

Por supuesto, todo estuvo alentado y organizado por el Gobierno nazi, que utilizó como excusa el asesinato de un diplomático alemán en París y que después acusó a los propios judíos de provocar. Algo muy parecido a lo que tantos –y algunos tan importantes– están diciendo de los que este domingo se manifestaron en Alsasua en defensa de la libertad, de la Guardia Civil y de España.

Afortunadamente –no en vano han pasado ocho décadas–, lo ocurrido entonces fue mucho más terrible, pero eso no evita que haya más paralelismos; por ejemplo, que los salvajes que entraban en templos, escuelas, comercios y casas les gritaban a los judíos "¡Volved a Palestina!", tal y como –entre otras lindezas– los cafres en Alsasua gritaban a los españoles: "¡Volved a la Meseta!".

Lo sustancial, más allá de los gritos concretos, es el espíritu que imperaba tanto en la Alemania nazi de 1938 como en la Alsasua batasuna de 2018: en los dos lugares se usa la violencia para expulsar a una parte de la población y conseguir unos objetivos políticos igualmente espurios.

No pretendo decir que la Alsasua de hoy es como el Núremberg nazi, pero sí creo que hay los suficientes paralelismos –especialmente en las intenciones– como para poder extraer las conclusiones oportunas y, sobre todo, para que no confundamos de qué parte hay que estar, quiénes son las víctimas de estas cosas y quiénes los verdugos y, en suma, si ir a un pueblo a defender pacíficamente tus ideas es provocar y, por tanto, motivo suficiente para que se desate un pogromo, que fue al fin y al cabo lo que pasó en Alemania la noche entre el nueve y el diez de noviembre de 1938 y lo que les habría gustado a algunos que pasase en Alsasua el 4 de noviembre de 2018.

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