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Odiar a España o despreciarla

Iglesias y los suyos se han encontrado con un PSOE y un Sánchez que quizá no odien a España, pero sin duda les importa un higa.

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Ha vuelto Pablo Iglesias de su baja paternal como quien vuelve de una guerra: con un aspecto bastante peor y convencido de haber atravesado una experiencia determinante, después de la cual hasta está más preparado para ser presidente del Gobierno.

Porque a lo que se ve cambiar pañales ha sido para el de Podemos una lucha en los límites del heroísmo, algo entre descubrir la penicilina o desembarcar en Omaha, que, sin embargo, no ha cambiado algunos de los grandes rasgos del Marqués de Galapagar que ya conocíamos, como su adanismo, por ejemplo, que le ha llevado a creerse siempre el primero en hacerlo todo: ya fuese luchar por la justicia social, cambiar pañales o ejercer el derecho a una vivienda digna con un chalé de nosecuantosmil metros de parcela.

También ha vuelto de las Guerras del Pañal con el mismo odio a España con el que se fue a hacerse cargo de sus niños. Ni siquiera un acontecimiento tan feliz como la paternidad o su paso aparentemente más que satisfactorio por la sanidad pública han logrado aminorar la animadversión que siente el de Podemos por el país en el que vive… y bastante bien, todo hay que decirlo.

Es una repugnancia física, un asco visceral que no puede controlar y que la mayoría de sus correligionarios siente también, hasta el punto de que, como bien señalaba en estas mismas páginas Cristina Losada, ni pueden decir "España" ni lucir una bandera española que no sea la republicana, que se luce precisamente como la bandera de la Antiespaña.

Un resentimiento incomprensible –joder, Pablo, que la vida no te va tan mal y este país te ha tratado más que bien, incluyendo detalles como haberte hecho razonablemente rico– y que se traduce en una simpatía automática por todo aquel que también demuestre una ojeriza similar. Lo mismo da que sea en temas como las estupideces indigenistas e indigestas del señor López, algo más bien simbólico pero en absoluto banal, o en el golpe de Estado en el que seguimos inmersos, y en el que Iglesias y los suyos siempre han estado, como mínimo, más cerca de los golpistas que de la legalidad, es decir, de España.

Es tanta la ira que uno no sabe si Iglesias quiere mandar porque su ansia de poder es el único sentimiento mayor que el odio, o si el Gobierno será simplemente el lugar perfecto desde el que dar rienda suelta a su rencor desmontando piedra a piedra el país que detesta.

Lo peor es que, aunque esa hostilidad hacia España es, afortunadamente, manifiestamente minoritaria en la mayor parte del país, Iglesias y los suyos se han encontrado con un PSOE y un Sánchez que quizá no la odien, pero a los que les importa un higa y, en su desprecio, están dispuestos a entregarla en cómodos plazos siempre que ellos dominen los restos. Parafraseando a Popper, estamos ante una infeliz coincidencia capaz de llevarnos por delante.

Y mientras tanto los que nos pueden sacar de esto discutiendo sobre el sexo de los ángeles, el voto útil y otras cuestiones igualmente evanescentes.

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