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Carmelo Jordá

PPolítica y maldad

Discutía en la redacción con una compañera si es importante –o no– que los políticos sean buenas personas para que sean buenos profesionales.

Carmelo Jordá
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Discutía en la redacción con una compañera si es importante –o no– que los políticos sean buenas personas para que sean buenos profesionales en lo suyo e, hipotéticamente, como gestores de la cosa pública.

Se trataba, no obstante, de una de esas discusiones en las que los dos puntos de vista enfrentados en el fondo no lo están tanto: mientras ella pensaba que la bonhomía no es en absoluto relevante para la función pública, yo me limitaba a señalar que, si bien no hace falta ser la Madre Teresa de Calcuta, yo tampoco votaría a Aníbal el Caníbal por razones obvias, más allá de nuestras discrepancias de base en lo gastronómico.

Al final la política es –creo yo– algo esencialmente relacionado con las personas y, por tanto, si eres incapaz de sentir una mínima empatía por tus semejantes difícilmente serás un buen político. Al fin y al cabo, como hace muchos años me dijo un amigo, "si eres un cabrón serás un cabrón con tu mujer, en el trabajo y tocando el banjo".

Puede haber excepciones geniales –ahí tienen a Picasso, un auténtico crack y un tipo bastante insalubre en su vida personal–, pero, volviendo a la política española, que es de lo que va este artículo, aquí los genios se pueden contar con los dedos de una oreja, como decía el gran Perich.

En definitiva, a lo que quiero llegar es a que cuando un político –o un grupo de políticos– muestra con descaro un comportamiento ruin e infame, de una bajeza moral indudable, creo sinceramente que eso les descalifica. Yo, al menos, no puedo confiar en ellos. Eso sin tener en cuenta la falta de empatía que genera en, espero, bastantes votantes: la maldad, así descarnada, tiene poco encanto, sobre todo cuando es una maldad barriobajera, totalmente desprovista de clase y glamour.

A estas alturas podrían ustedes decirme que la historia está llena de malvados que llegaron muy lejos en el mundo de la política, pero normalmente nos referiremos a ellos con otros términos, por ejemplo tiranos suele ser más adecuado. Aparte de eso, encuéntrenme ustedes uno sólo que haya sido globalmente positivo para su país o el mundo.

No obstante, cuando un político o una camarilla monclovita demuestran una bajeza indiscutible, siempre hay que agradecérselo: después de eso, una vez despejadas las dudas, los votantes ya sabemos a qué atenernos. "Yo no pensaba que Rajoy era mala persona", me decía esta semana un miembro relevante del PP de Madrid manifiestamente disgustado al descubrir, vaya por Dios, que estaba en un error.

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