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Carmelo Jordá

Votar, ese trabajo sucio

¿Cuál habría sido el resultado electoral si el millón de abstencionistas de Ciudadanos hubiera votado a cualquiera de los partidos constitucionalistas?

Carmelo Jordá
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¿Cuál habría sido el resultado electoral si el millón de abstencionistas de Ciudadanos hubiera votado a cualquiera de los partidos constitucionalistas?
EFE

Tuve un jefe hace muchos años que decía mucho una frase que desde entonces se me ha quedado grabada, la célebre "Lo mejor es enemigo de lo bueno". Solía usarla para los procesos de trabajo que se eternizan en busca de la excelencia y que acaban en la parálisis o el desastre, pero a mí siempre me ha parecido un pensamiento extraordinariamente versátil, sobre todo a la hora de aplicarlo a la política.

Es una idea que me viene mucho a la cabeza a raíz de la constitución del Gobierno social-comunista-bolivariano-separatista, del resultado electoral que lo ha hecho posible y, sobre todo, por un dato de ese resultado del que creo que se ha hablado poco: el millón de españoles que votaron a Ciudadanos en abril y se abstuvieron el 10 de noviembre, al menos según los estudios demoscópicos.

¿Cuál habría sido el resultado electoral si ese millón de españoles hubiera emitido su voto apoyando a cualquiera de los partidos constitucionalistas? Es imposible saberlo porque para ello habría que tener datos sobre cómo se distribuirían esos votos entre los tres partidos, pero hay una cosa sobre la que sí podemos estar bastante seguros: este Gobierno no habría nacido, ya que habría bastado con un solo diputado cambiando de bloque para que el Congreso no hubiese dado su confianza a Pedro Sánchez.

No me malinterpreten: el culpable de que haya un Gobierno con ministros y vicepresidente comunistas y que depende de los separatistas para sobrevivir es Pedro Sánchez; pero si aquellos que votaron a Ciudadanos cuando el no a Sánchez fue el leitmotiv de la campaña de Albert Rivera hubieran votado a cualquiera de las opciones disponibles contra Sánchez, el del PSOE estaría ahora, como mínimo, en una situación extraordinariamente complicada. En cambio, lo que tenemos es este Gobierno social-comunista-bolivariano-separatista que igual se lleva por delante España.

Pero no se preocupen: lo más importante es que ese millón de abstencionistas habrán mantenido su conciencia pura y sus votos libres del barro de la batalla. Unos votos y unos votantes exquisitos y sin mácula, que sólo pueden votar a partidos que les representen –¡como si un partido te pudiese representar de verdad, ya hay que ser borrego para que un partido te represente!– y con los que estén muy convencidos. Le centre divine y completamente caviar, lo más, cómo voy a votar yo a eso, oyes, húndase el mundo mejor.

También hay que ser justos y reconocer que no es un mal exclusivo de los que eran votantes del partido naranja: en general, en el amplísimo espectro del centro-derecha es sencillo encontrar ciudadanos muy gourmets en lo político que no pueden ensuciar sus exquisitas manos con un voto útil; incluso algunos –es relativamente común en círculos liberales– que no se las manchan con ningún voto, sea útil o inútil, porque no quieren colaborar con un sistema en el que no creen. Lástima que el sistema sí crea en ellos, o al menos en su dinero y en sus libertades, que por desgracia dependen bastante más de quien esté en Moncloa que de elevados debates intelectuales sobre la privatización de las aceras.

La democracia, es cierto, es sólo un sistema de gestión de lo público y es esencialmente imperfecta, pero no es menos verdad que, tal y como decía Churchill, gana bastante cuando la comparamos con todas las demás posibilidades que se nos ofrecen. Y, nos guste o no, la democracia requiere que nos arremanguemos y bajemos a la arena del voto, al menos en un país como España, en el que los consensos básicos están a punto de saltar por los aires, y con ellos las libertades y la prosperidad de que disfrutamos. Esto es lo que hay, ojalá no fuese así y nuestras elecciones sólo resultasen un aburrido trámite administrativo de estilo luxemburgués, pero la realidad es que estamos muy lejos de Luxemburgo.

Sí, aquí y ahora, votar puede llegar a ser un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo… y mejor que sean los nuestros.

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