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Cristina Losada

Al olor de la subvención

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Es fascinante pasar frente al bar que hasta hace cinco meses cubría su ventanal de carteles contra Bush, Aznar y los demás jinetes del Apocalipsis, según los santos del momento, y ver sus cristaleras despejadas. Me recordaba, antes, la pared del bar de la facultad al final de los setenta, aunque entonces los dazibaos eran puro trabajo artesanal y ahora rivalizan con la cartelería publicitaria. Todo eso ha desaparecido. De vez en cuando, un cartel anuncia un concierto. El grupo se llama, hoy, “Heaven”. Nada más apropiado. Hemos pasado del infierno que requería perentoriamente del ciudadano una encendida politización para evitar la caída en el abismo, al cielo más celeste y despreocupado. Aquel en el que Zeta Padre, magnánimo y sonriente, nos asegura que con el tiempo y una buena caña todo ha de arreglarse a gusto de todos.
 
De aquella marejada, sin embargo, queda, si no la espuma, un humo. Un vaho del que emergen, a veces, noticias como ésta: Nacho Duato estrena un espectáculo inspirado en las vejaciones sufridas por los presos de Guantánamo. De un tiempo acá, no hay otros presos en el ancho mundo que ésos y los de Abu Graib. El bailarín matiza que no se propone hablar sobre un acontecimiento concreto, pero lo que interesa a los que transmiten la nueva es Guantánamo. Duato ha revelado su fuente de inspiración, error que no debería cometer un artista, salvo que desee que la fuente prime sobre el trabajo realizado. Que se valore más la intención que el resultado.
 
Los tiempos del realismo socialista pasaron a la historia, pero hay en marcha una reedición de aquella esterilizadora visión del arte como instrumento de la política. Sólo a los surrealistas les salió medianamente bien el invento. Pero la época era otra y ellos, más artistas que correa de transmisión. Ahora, la intención política que se atribuyen los fabricantes de espectáculos y otros productos de la factoría cultural, sirve de reclamo publicitario. Y, tras la instauración del celeste imperio, de reclamo de subvención. Cierto que el PP regó, como todos, el campo de la cultura con el dinero público, riego que acaba anegando el terreno y pudriendo las plantas. Pero, ahora, los avispados columbran nuevas generosidades a costa del contribuyente.
 
En el cielo recién conquistado, la protección se dispensa a los que se adornan con las virtudes de la propaganda. La Fundación Barenboim-Said, por ejemplo, recibirá más dinero por su presunto empeño en educar en la tolerancia y en acercar a palestinos e israelíes –curioso que se cite a Edward Said como promotor de tales valores-, que las orquestas andaluzas que se limitan, pobres, a la música sin otras pretensiones.
 
Al olor de la subvención resucita la conciencia política adormecida. En ciertos sistemas de gobierno, siempre se ha valorado como es debido tal despertar. Así, en Cuba, el gobierno promoverá este mes un Festival de Hip Hop, uno de cuyos organizadores lo ha descrito así: “Es una cita del rap de izquierdas, el que no está subordinado a ningún mandato comercial”. Más o menos así lo dirán también aquí los afortunados. No se subordinan al mercado, es decir, al público, sino al gobierno que lindamente, brutalmente en el caso de Cuba, saca del bolsillo de la gente lo que reparte a sus bufones favoritos. Escribió Imre Kertész este aviso, extensible a toda actividad cultural: “El apoyo estatal a la literatura es la forma estatalmente encubierta de la liquidación estatal de la literatura”.

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