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Cristina Losada

Del desconcierto al concierto

Durante unos días, parecía que se le estaba haciendo a Zapatero la "autocrítica" que él se negaba a realizar. Desde círculos afines, se le convertían sus suspensiones en rupturas, se acumulaban pruebas de su ceguera voluntaria y se hablaba de errores.

Cristina Losada
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Tras la vacación, los que estuvieron ausentes vuelven a la rutina. Era tan previsible que produce hastío comentarla, pero hela ahí: la presión se ejerce de nuevo sobre los que tuvieron lucidez y principios suficientes como para no confiar ni en ETA ni en Zapatero. Como antes. En contraste, los terroristas y sus leales y de facto legales cómplices, sólo sienten el peso de palabras huecas, elegidas para acentuar su liviandad: el atentado y los asesinatos son tratados de equivocación y error por los gobernantes. Como antes. La única diferencia es que este "error" con dos muertos que no logró que el presidente renunciara a su asueto en Doñana, se castiga con un "ahora no hay más diálogo". Una penalización que van a desmentir enseguida los socialistas vascos colocándose detrás de una pancarta que pondrá la dichosa palabrita, la que ha envuelto y escondido en su paño cálido y acogedor, el turbio comercio entre la banda terrorista y el Gobierno. Así pasaba de matute la mercancía la frontera de la conciencia y la razón. Por algo nunca quisieron hablar de negociación ZP y su camarilla.

Durante unos días, parecía que se le estaba haciendo a Zapatero la "autocrítica" que él se negaba a realizar. Desde círculos afines, se le convertían sus suspensiones en rupturas, se acumulaban pruebas de su ceguera voluntaria y se hablaba de errores. Nasty de plasty. Llegó el comandante y mandó a parar. Cierre de filas. Ha relatado Blanquito la escena. Ha confesado su error al hablar de errores. Ha terminado por hacerse él la autocrítica. Qué humillación. Uno por uno, cada uno de los miembros del Ejecutivo ha tenido que decir en alta voz que el Jefe lo ha hecho todo bien, dabuten, mejor imposible. Parecía que las ratas querían abandonar el barco, pero atenazadas por el miedo característico de esta subespecie, presintieron que si se movían en plena tormenta, el naufragio era seguro. Así creen que podrán ir tirando algunas millas más. No hay rebelión a bordo y la artillería se dispone para disparar en la dirección habitual. Clausewitz: la mejor defensa, un ataque.

María Teresa reaparece, tras haberse ahorrado los días de caos y luto, con el traje del apparatchik al que se le escapan culpas invertidas por las costuras. Dice que el Gobierno no trabaja ni sobre hipótesis ni escenarios virtuales, lo cual es una descripción concisa del método con que ha fabricado el "proceso". Acusa al PP de hacer oídos sordos, lo que viene a retratar el estado de los tímpanos gubernamentales ante las advertencias, la experiencia, la inteligencia, y los hechos que rompían sonoramente el espejismo. Y por fin asegura que se actuó con transparencia, a despecho del trajín de secretos y de los ecos de la voz de ZP reservándose confidencias, informaciones, cartas en la manga, que justificaban la venta de las Grandes Esperanzas en privado y en público.

Cuando ella o el otro nos dicen tras el derrumbe que hay que tocar la sintonía de la firmeza, la unidad democrática y todos los instrumentos del Estado de Derecho están señalando una obviedad: su previa ausencia. Pero no hay duda de que van a emplear todos los instrumentos. O sea, los propagandísticos, publicitarios y políticos. Lo primero era pasar del desconcierto al concierto. Y se ha pasado. El partido se ha sometido a un Jefe que, como decía Orwell de la izquierda, se dedica a jugar con fuego sin saber siquiera que el fuego quema. Y lo segundo, por entendernos, porque es la causa de lo primero, hacer frente a la amenaza que representa ¿ETA? No, la oposición. Ya están desplazando la responsabilidad y la atención de sus actos hacia los de ella.

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