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Cristina Losada

Desentierro de odios

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Cuando la transición, yo era de los indignados por el pacto de silencio sobre los crímenes de la guerra civil y el franquismo. Entonces creía a pies juntillas en la versión que nos habían dado de la guerra los partidos y los presuntos historiadores de la izquierda. Los dos bandos habían cometido barbaridades, cierto, pero la derecha más y sus fines habían sido infinitamente más perversos: acabar con un régimen democrático, aniquilar las libertades. Eso pensaba, ignorante de la realidad histórica, y me enfurecía que los comunistas, que eran el partido fuerte de la oposición, aceptaran correr un tupido velo sobre aquel mar de iniquidades.

Hoy, tras veintitantos años de democracia y libertades, los que entonces callaron, más todos los antifranquistas retrospectivos, criados a las ubres prisaicas, se ponen como locos a desenterrar huesos y a convocar a los fantasmas de la guerra civil. ¿Les ha dado por el espiritismo? No. La fiebre que les ha puesto a remover el pasado tiene un primer y primario causante: se llama próximas elecciones, o cómo llegar al poder. Y el virus ya les atacó en anteriores comicios y produjo un delirio célebre: la identificación del PP con los asesinos de García Lorca.

Tan superiores se sienten los socialistas, tan creídos de su alquímica habilidad para hacer de la mentira una “verdad”, que ni se les ocurre que quedan en evidencia. Pues si hay que honrar ahora a los muertos y a los exiliados, entiéndase que a los suyos, significa que no lo hicieron en sus catorce años en el poder. Un largo olvido en cierto modo justificado: estaban ocupados en cosas más importantes, como llenarse unos bolsillos hambrientos, lo que sin duda exige esfuerzo y dedicación. Y lo hicieron a conciencia.

Pero que la izquierda española recurra a estos revivals del pasado indica que subyacen razones más profundas. La República y la guerra civil, en la versión de la izquierda, han sido siempre una de sus principales fuentes de legitimidad política y moral: le permiten aparecer como “defensora de la democracia y víctima del fascismo”. Y ese falso pasado, que le hizo llegar con prestigio y aureola de santidad a la transición, se ha vuelto doblemente importante tras el paso depredador de los socialistas por el gobierno. El PSOE necesita un pasado mítico del que enorgullecerse para difuminar un pasado reciente de latrocinio y tropelías del que no reniega.

Resucitar el pasado tiene otra “ventaja”: resucita al enemigo. Igual que en la República, como muestra Pío Moa en su trilogía sobre esa época y la guerra, la izquierda necesitó una derecha fascista y se la inventó cuando apenas existía, hoy los socialistas necesitan y reinventan una derecha autoritaria y antidemócrata. Para probar ambos pecados en el PP lo vinculan una y otra vez al franquismo, régimen que retratan como absolutamente despreciable y al que no reconocen ni un logro, y menos el de que se hiciera el harakiri. La izquierda española está acostumbrada a construir su legitimidad sobre la deslegitimación de la derecha, lo que la lleva, en esta democracia como en la República, a considerarse la única con verdadero derecho a gobernar.

En fin, si este desentierro no fuera hijo del oportunismo y del sectarismo, cabría un debate serio acerca de los ajustes de cuentas con el pasado y las virtudes terapéuticas de la verdad. Michael Ignatieff dice en su ensayo “Una pesadilla de la que intentamos despertar”, que no siempre la verdad y la justicia facilitan la reconciliación y que lo que precisan muchas sociedades castigadas por conflictos civiles es olvidar. Pues la verdad está relacionada con la identidad, definida en parte por oposición al otro, y aún en el caso de que los bandos enfrentados pudieran ponerse de acuerdo sobre la verdad factual, lo que interesa a la gente es la verdad moral, y ahí las dificultades son inmensas: es casi imposible que se reconozca quien tuvo más culpa.

Ignatieff habla de conflictos recientes, Yugoslavia, Ruanda, Sudáfrica, en donde persisten “comunidades consolidadas por el miedo”. Cuando el miedo al otro desaparece, cuando ha pasado tanto tiempo como en España, debería ser posible hablar con franqueza de lo que ocurrió, ir filtrando y desechando las mentiras. Pero si uno de los bandos se nutre de un paso falsificado y lo alimenta para basar en él su estrategia presente, asistimos tanto al entierro definitivo de la verdad como al peligroso desentierro de los odios.

Escarbar en la tierra de los muertos para instrumentalizarlos, como hacen el PSOE y otros, es una afrenta a los muertos, cuya indignidad no se justifica, sino que se redobla por el hecho de que lo hiciera Franco con los suyos. Si se hace bajo la banderola de una versión de la guerra que borra la responsabilidad crucial de los socialistas y la izquierda en ella, el pasado no vuelve jamás a ser pasado, los muertos se convierten en fantasmas que piden venganza y la historia, en pesadilla de la que no se puede despertar.

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