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Cristina Losada

El estruendoso silencio de Rajoy

No se engañe el PP. Es entre su propia base social donde hay mayor desafección y es más virulento el rechazo a los políticos.

Cristina Losada
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No se engañe el PP. Es entre su propia base social donde hay mayor desafección y es más virulento el rechazo a los políticos.

Hay una gran cacerolada para que Rajoy hable de los sobres de Bárcenas en el Parlamento. No es la primera vez que la comparecencia del presidente, por esto o por otras cosas, se vuelve asunto de controversia. Es como si Rajoy, tras haberse desempeñado en la oposición como gran parlamentario, hubiera acabado hasta el gorro de serlo. Tampoco es un caso único. Entre los presidentes hay tendencia a creer que tienen ocupaciones más importantes de las que no debe distraerles el rifirrafe del Congreso. Para eso ya están los mindundis.

Es evidente que Rajoy no quiere hablar del caso Bárcenas desde su condición de presidente del Gobierno de España. Esto ha sido así desde el minuto uno. Cuando El País publicó las fotocopias, fue en la sede del PP donde hizo sus primeras y últimas declaraciones extensas al respecto. A partir de ahí, la portavocía gubernamental ha apelado una y otra vez a una sutil frontera entre el Gobierno y el partido. ¡Cada cosa en su sitio! Vale. Pero la realidad insiste en ser desordenada. No, eso de poner en compartimentos estancos al partido del Gobierno y al Gobierno es demasiado artificio. En un sistema presidencialista, tal vez. En el nuestro, imposible.

Con endiablada frecuencia, en política sólo cabe elegir entre dos males. Y si malo es que el Parlamento sirva de amplificador de la carnaza que pone Bárcenas, igual de malo o peor es hacerle un corte de mangas. Porque al Parlamento ya no se va a convencer a tal portavoz impertinente o cual demagogo de guardia. Al Parlamento se va para hablar a los ciudadanos. A este respecto, igual piensa Rajoy que dijo cuanto tenía que decir en aquel Comité Ejecutivo del 2 de febrero y que un presidente no debe enzarzarse en un cuerpo a cuerpo cada vez que se lance una bomba fétida. Puede. Pero excederse en el silencio entraña también sus riesgos. No quiere hablar, luego tiene mucho que callar, será el fatal corolario. Lejos de protegerse al Gobierno, se lo muestra vulnerable.

Las cosas están así. Puesta ante el dilema de creer al presidente del Gobierno o creer a un presunto delincuente, una parte de la opinión pública está hoy muy dispuesta a creer al segundo. Y si no acaba de creerle a pies juntillas, siempre sospechará más del presidente. No se engañe el PP. Es entre su propia base social, entre sus potenciales votantes, donde hay mayor desafección y es más virulento el rechazo a los políticos. Y más con los más cercanos. Así está el patio. Como para callarse.

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