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Cristina Losada

Imaginan todo bajo control

La historia no tiene por qué repetirse. Pero hay un sonido al fondo que se parece al que hubo al principio prácticamente en toda Europa. Fue el sonido del exceso de confianza.

Cristina Losada
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La historia no tiene por qué repetirse. Pero hay un sonido al fondo que se parece al que hubo al principio prácticamente en toda Europa. Fue el sonido del exceso de confianza.
Un semáforo en ámbar | Piqsels

La historia no tiene por qué repetirse. Pero hay un sonido al fondo que se parece al que hubo al principio prácticamente en toda Europa. Fue el sonido del exceso de confianza. Fue, en parte, una falta de imaginación. Era la dificultad de imaginar que un nuevo virus, por contagioso y letal que se mostrara en China, pudiera cogernos desprevenidos. No parecía posible que en la Europa desarrollada, con tantos medios disponibles y tantos avances científicos, con los mejores sistemas sanitarios e incontables controles sobre tantas cosas, estallase una epidemia que rompiera nuestro armazón de seguridad.

No fueron sólo los Gobiernos los que dieron seguridad, algunos pensando en los efectos –económicos, por ejemplo– que podía tener dar la alarma, y que después no fuera para tanto. Era también un estado de ánimo. Con puntuales excepciones. Fue una sensación que cuajó en la idea de que esto no era peor que una gripe y, en todo caso, en la convicción de que no sería incontrolable. La historia es conocida. Lo que no podía pasar, pasó. Por ello ahora, cuando ha pasado lo peor, tenemos, junto a un exceso de confianza, que es réplica del inicial, un exceso de desconfianza, que es fruto de la experiencia traumática.

La experiencia, en otro sentido, ha tenido importancia. Los países con mejores resultados, con menor mortalidad, no son únicamente los que hicieron confinamientos, del tipo que fuera, antes de que la parte oculta de la epidemia creciera tanto que ya fue inevitable el estallido. Son también los que tenían experiencia. Los países con experiencia reciente de epidemias reaccionaron más temprano y mejor. Hay países africanos con escasos medios y muy precarios sistemas de salud que tomaron medidas antes que muchas naciones europeas. Sabían de qué iba esto y contaban con protocolos para contener virus muy letales, como el ébola, que aplicaron rápidamente. Pero el caso más exitoso y conocido de país experimentado es Corea del Sur.

Todo el mundo habla del modelo surcoreano, muchos lamentan que no se siguiera en todas partes y muchos quieren imitarlo. La confianza en que a partir de ahora todo va a estar bajo control se basa precisamente en aproximarse a ese modelo. Puesto en las claves en que suele resumirse: test y trazabilidad. Sobre el papel, parece factible para cualquiera. Pero lo que tiene Corea del Sur, además de un modelo, es práctica y experiencia en aplicarlo. Su modelo no es de brocha gorda, sino selectivo. No han hecho allí más test que nadie. Sólo –¡sólo!– afinan más para detectar y romper cadenas de contagio. Pero el sistema que ha desarrollado para hacerlo –a través de los móviles, las cámaras de vigilancia, las operaciones con tarjeta en cajeros– supone un despliegue con el que no cuenta, de momento, ninguna nación de Europa. ¿Llegará a tenerlo alguna? ¿Pronto? ¿Será aceptado por una población muy celosa de su privacidad?

Cuántas cosas no se imaginaron. No se imaginó que en una Europa provista de tanta capacidad de control pudiera estallar una epidemia como la que ha barrido parte del continente y sus islas. No se pudo imaginar que a esa epidemia del siglo XXI hubiera que hacerle frente, en lo esencial, con los procedimientos del siglo XIV. Y ahora, pasado lo peor, llega el momento de la imaginación; de imaginar que habrá un control casi perfecto o que lo habrá si se aplica un modelo que sólo es fácil de imitar sobre el papel. Han sucedido cosas inimaginables, pero vamos a imaginar que ya no. Eso sí que es un exceso de imaginación.

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