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La eutanasia sale barata

La práctica eutanásica indica que la autonomía del paciente, ese señuelo que los partidarios colocan en el centro de su alegato, tiende a desaparecer.

Cristina Losada
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Mike Kniec - pxhere

Sobre el papel, la eutanasia y el suicidio asistido son el último recurso y su regulación establece salvaguardas y garantías, entre ellas la capital: el consentimiento. Sin embargo, lo que ocurre cuando se legalizan esas prácticas está lejos de atenerse a ese modelo intachable. El psiquiatra y psicoanalista Herbert Hendin, una de las autoridades en materia de prevención de suicidios en Estados Unidos, estudió en los años noventa lo que llamaría el "tratamiento holandés". En su libro Seducidos por la muerte (Seduced by Death. Doctors, Patients and the Dutch Cure, en el original) describió así la secuencia:

Holanda ha pasado del suicidio asistido a la eutanasia; de la eutanasia para personas con enfermedades terminales a la eutanasia para personas con enfermedades crónicas; de la eutanasia para enfermedades físicas a la eutanasia para aflicciones psicológicas; y de la eutanasia voluntaria a la eutanasia involuntaria.

Hendin testificó en la misma época, la del presidente Clinton, en el Congreso de EEUU. Fue en un debate sobre el suicidio asistido, que era legal en el estado de Oregón. Dijo que después de haber tenido conocimiento detallado de casos de eutanasia presentados por médicos holandeses, había llegado a la conclusión, compartida por otros colegas, de que "no es posible legalizar la eutanasia y mantenerla bajo control mediante de la prescripción de unas determinadas pautas a seguir". En su libro afirma:

Los partidarios de la eutanasia están diciendo que si hay diez casos en los que la eutanasia es adecuada, deberíamos legalizar una práctica que puede causar la muerte inadecuada de miles.

Bien. Esto era en los noventa. Ha llovido. Quizá se hayan corregido los errores. Un artículo de 2015 de Arthur L. Caplan, uno de los principales expertos en bioética de Estados Unidos, y Barron H. Lerner reconsideraba el problema de la pendiente resbaladiza. Con datos, no como nuestros devotos de la eutanasia. Aunque uno de los obstáculos que encontraron Caplan y Lerner fue la insuficiencia de información detallada y fiable. Hacían falta, decían, estudios independientes sobre la práctica de la eutanasia en Holanda y Bélgica para poder asegurar que las garantías se cumplen y que estas "estrategias para el final de la vida" son "el último recurso para personas desesperadas y no la respuesta equivocada a la fragilidad y la soledad".

De los datos disponibles más recientes extraían varias pautas. Desde la legalización o despenalización, en ambos países había aumentado de forma considerable el número de muertes por eutanasia. En Holanda se habían triplicado. El porcentaje de peticiones aprobadas había ascendido del 55 por ciento en 2007 al 77 por ciento en 2013. Entre los motivos para la petición de eutanasia se había abierto paso el concepto cansado de la vida. Los grupos de población donde más había crecido la eutanasia eran los más vulnerables. Concluían:

Hay muchos grupos potencialmente vulnerables a los abusos que aguardan al final de la pendiente resbaladiza: los ancianos, las personas con discapacidades, los pobres, las minorías y personas con trastornos psiquiátricos.

Conviene saber, y sospecho que nuestros políticos no lo saben, que en distintos países del mundo las asociaciones que defienden los derechos de las personas con discapacidad están entre los más decididos oponentes de la legalización. La presidenta de unos de esos grupos (Not Dead Yet), Diane Coleman, decía en un reportaje de Newsweek en 2015:

Vemos a personas a las que se niegan los cuidados que necesitan por razones económicas. El suicidio asistido es el tipo de tratamiento más barato que podría ofrecer el sistema. Estas presiones son un motivo de inquietud.

Y tanto. La práctica eutanásica indica que la autonomía del paciente, ese señuelo que los partidarios colocan en el centro de su alegato, tiende a desaparecer. Hendin decía que la experiencia holandesa mostraba que son los médicos los que deciden. En su libro planteaba un escenario de interacciones complejas entre médico, paciente, familia, etcétera, que sería determinante para la decisión. Esas tendencias no se mitigan en un sistema como el nuestro. Al revés. En un sistema sanitario público, sobrecargado, muy costoso, en países con una población cada vez más envejecida, los incentivos para optar por el tratamiento más barato serían muy poderosos. Igual que lo serían para dejar de desarrollar la medicina paliativa. Como certifica, por cierto, el caso de Holanda.

Estos días es visible en España la presión para legalizar la eutanasia, como lo fue en 2004 aprovechando la película Mar adentro, a cuyo estreno asistieron el entonces presidente Zapatero y varios de sus ministros. No era la primera vez que se utilizaba el impacto de una película para esa finalidad. Hay un film alemán (Ich klage an) que persuadió a muchos alemanes de las bondades de la eutanasia. Cuenta el caso de una hermosa y joven mujer, esposa de un médico, a la que se diagnostica esclerosis múltiple. Cuando su estado empeora, su marido, a petición de ella, le da muerte y es juzgado. Dicen que es una cinta conmovedora. Podían reponerla en las cadenas de televisión que están tan entusiasmadas con la eutanasia. El único problema de esa película es que se hizo a instancias de la jerarquía nazi.

La eutanasia tiene historia, y la parte nazi hay que saberla. Cierto, los nazis, bajo el nombre de la eutanasia, perpetraron el asesinato de decenas de miles de pacientes hospitalizados y muchos otros. Fue el Programa T-4 y sentó el precedente –y los métodos– para los posteriores planes de exterminio. La motivación fue tanto ideológica (racial) como económica. Pero antes del nazismo existía ya en Alemania el caldo de cultivo para la eutanasia. Lo prepararon las ideas del darwinismo social y la eugenesia, que igualmente tuvieron influencia en otros países. Los nazis se nutrieron de aquellas ideas. Luego las recondujeron de acuerdo con sus siniestros propósitos. Hoy, son otros los sesgos ideológicos de los que quieren abrir la puerta a la inhumanidad disfrazada de humanitarismo.

Un pequeño acertijo. Un extracto de una noticia publicada:

El Ministerio de Justicia, en un memorándum detallado (...) hoy anunció su intención de autorizar que los médicos pongan fin a los sufrimientos de los pacientes incurables. El memorándum, que todavía no tiene fuerza de ley, propone que "se haga posible que los médicos pongan fin a la tortura que sufren pacientes incurables a petición suya, en el interés de la verdadera humanidad".

Los partidarios de la eutanasia no tendrán nada que objetar. Todo suena bien. Perfecto. Maravilloso. El único problema, ¡otra vez!, es que así es como anunció el régimen nazi, en octubre de 1933, que iba a legalizar la eutanasia. Su modo de anunciarlo, igual que toda su propaganda, usa los temas y argumentos que siguen sustentando esa causa. Ya sólo por eso, las actuales campañas pro eutanasia deberían estar bajo escrutinio público mucho más de lo que están. Los medios tendrían que mostrar las facetas más ocultas del problema: no sólo las que quieren enseñar los activistas. Porque suelen ser los activistas quienes asesoran a las personas que sufren los casos dramáticos y preparan su proyección a los medios. Una operación que se puede resumir así: captar el favor de la opinión pública por la vía de la emotividad y esconder sistemáticamente los riesgos.

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