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Cristina Losada

La papisa Carme y el hereje Pérez

Dar palos a los obispos forma parte del guiñol que entretiene a los niños en el cuarto de juegos. El vacío ideológico ha de llenarse de algún modo. Y el fundamentalismo laico se ha puesto de moda

Cristina Losada
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A tenor de la pasión que despertó en el cónclave sevillano, la revolución pendiente del socialismo español es  acabar de una vez con lo que el nuevo timonel ha llamado "el Concordato". Tan mal vio que pintaban las cosas, que   hubo de lanzar la carnaza pasada de fecha para cosechar aplausos, y tan mal están las cosas en el partido que, en efecto, los consiguió. Si algo  levanta de la silla a un militante socialista es, por lo visto,  una declaración de hostilidades contra  la iglesia católica. Y Chacón tampoco les privó de ese postre, aunque al  no dominar esa terminología, tal vez porque no había nacido cuando existía el Concordato, lo presentó en la bandeja del laicismo, que es más de diseño.  Ni mercados, ni especuladores, ni banqueros. Lo que les pone es el anticlericalismo de bullanga, vaya por Dios.

¡El Concordato! Quién lo iba a decir a estas alturas de la secularización. Olvídese cualquier aproximación racional, así como el hecho cierto de que los Acuerdos Iglesia-Estado fueron renegociados por gobiernos socialistas, incluido el de Zapatero. Hay, sin duda, una tradición anticlerical en la izquierda española y en sus antecesores, que achacaban el atraso de España a la influencia de la religión católica. Y es verdad que en la guerra civil aquel caldo de cultivo  estalló en una persecución religiosa. Pero ha llovido. No es que el PSOE de nuestros días fuera como los comunistas del sur de Italia, que ponían  una vela a la Virgen y otra a Berlinguer, pero no se le conocía tanta animosidad hacia el Papa  hasta que llegó la troupe de Zetapé.  Han descubierto el credo laicista, como quien dice,  hace tres avemarías.   
 
La herencia cultural católica se interpone en esa transformación de orden moral que, a falta de otra, ha ocupado puestos de honor en su proyecto. Pero esa tradición no la van a erradicar  por mucho que instalen como enemigo a la iglesia católica. Dar palos a los obispos forma parte del guiñol que entretiene a los niños en el cuarto de juegos. El vacío ideológico ha de llenarse de algún modo. Y el fundamentalismo laico se ha puesto de moda. En los predios de la izquierda, donde abunda la política basada en la fe, ha hecho fortuna un ateísmo proselitista como  nuevo credo misionero. El PSOE  ha cortado esa última tendencia siguiendo los viejos patrones. Cualquier día harán, como se hizo durante la Restauración,  una campaña contra el catecismo.

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