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Cristina Losada

Lo absurdo de comparar a Podemos con el PSOE de 1980

Podemos no es ni será socialdemócrata y su núcleo dirigente no tiene nada en común con aquel del PSOE de 1980.

Cristina Losada
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Podemos no es ni será socialdemócrata y su núcleo dirigente no tiene nada en común con aquel del PSOE de 1980.

Tengo un primitivo recelo por la novedad, y especialmente por la novedad política, de manera que corro el riesgo de menospreciar la capacidad de permanencia de la moda del momento. Pero, dicho esto, me parece aún más arriesgado y poco riguroso tratar de explicar la novedad acudiendo a experiencias del pasado que nos resultan familiares y, por eso, reconfortantes. Así, por ejemplo, esa analogía que viene circulando entre el PSOE de principios de los años 80 y el partido Podemos, sustentada en la radicalidad del programa (y la retórica) de los socialistas de entonces y en el deseo de cambio que impulsó su llegada al poder.

Los que hacen la comparación extraen de ahí, con singular optimismo, que, igual que Felipe González giró entonces de la radicalidad al pragmatismo, harían lo mismo los podemistas, forzados por la tozuda realidad, si por un casual llegaran un día al gobierno. En fin. Admito que no sé qué harían: sólo lo sospecho. Pero, en cambio, tengo motivos para impugnar la validez de la analogía.

El PSOE no obtuvo la mayoría absoluta de 1982 por lo que prometía o dejaba de prometer en aquel programa radical que metió enseguida, muy sensatamente, en un cajón. La consiguió porque había sucedido un intento de golpe de Estado un año antes y porque la UCD estaba herida de muerte. El deseo de cambio que se expresó en el voto masivo a González estaba más relacionado con una voluntad de consolidar la democracia que con un horizonte de radical cambio social, económico o –mucho menos aún– de sistema.

Era además el PSOE, pese a los cuarenta años de vacaciones que le reprochó Tamames, un partido con una historia y, al margen de la valoración que esa historia pudiera merecer, eso significaba, básicamente, que no era un perfecto desconocido. Desde las primeras elecciones había quedado claro que era el PSOE y no el PCE el partido que iba a congregar el voto de la izquierda al centro. Ya estaba ahí, con un nutrido grupo de diputados y un papel preponderante, antes de recibir la confianza de la mayoría del electorado.

Luego olvidan del todo, los que comparan, un aspecto esencial: el PSOE tenía su anclaje en la socialdemocracia europea, que si bien producía entonces experimentos izquierdistas, efímeros como los dos primeros años de Mitterrand, también contaba con experiencias de gobierno muy respetables como la de Helmut Schmidt, por citar una que no sea escandinava. Compárese ese anclaje con el de Podemos, que si fondea en alguna parte no es a este lado del charco. Y que, precisamente para evitar que se lo asocie con sus referentes, se acaba de marcar un inverosímil giro a la identidad socialdemócrata, o sea, un Humpty Dumpty: socialdemócrata significa lo que yo quiero que signifique.

No. Podemos no es ni será socialdemócrata y su núcleo dirigente no tiene nada en común con aquel del PSOE de 1980, dispuesto a la transacción con la realidad y a mudar radicalidad por pragmatismo. Pero vamos a ver: si es novedad, y esto parece aceptarse, analícese como tal. Sin el comodín, sin la comodidad, de recurrir a lo que hemos conocido.

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