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Los oponentes de Pablo Casado

Pero la oposición relevante, la que puede torpedear un proyecto de renovación del partido, no vendrá de fuera. Vendrá de  dentro.

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Pablo Casado | EFE

En la prensa de izquierdas veterana han identificado a Casado con un giro a la derecha. En la prensa de izquierdas novata supongo que no verán giro alguno, puesto que suelen colocar a todo lo que no sea podemita en la derecha o entre los ultras, que es donde están ellos mismos y también ellas. En cualquier caso, hay ahí una preocupación notable por el nombre de la cosa que suena a precalentamiento para el agit-prop y augura que los grandes enemigos y más imponentes adversarios del nuevo líder del Partido Popular estarán, como el propio Casado querría, en la izquierda. Sin embargo, no va a ser así.

La izquierda le será hostil y ahora pondrá en su guiñol a un muñeco extra, con el careto de Casado, para hacer de coco derechista, papel en el que alternan a varios personajes para no aburrir al público. Pero la oposición relevante, la que puede torpedear un proyecto de renovación del partido y hacer del intento de llevarlo a cabo una carrera de obstáculos mucho más difícil que estas primarias que acaba de ganar, no vendrá de fuera. Vendrá de dentro. No es que esa oposición vayan a ser tales o cuales personas. Lo que se va a oponer a cualquier impulso renovador de fondo no son sólo ciertas personas; son, ante todo, las costumbres. Los obstáculos vendrán de comportamientos habituales que se han mostrado enormemente resistentes al cambio por lo ventajosos que resultan de forma inmediata para el partido.

Uno de esos hábitos partidarios resistentes, ventajosos y nefastos lo acabamos de ver en acción con la llegada de Sánchez al Gobierno. El cambio de Gobierno ha supuesto el cambio de un número de altos cargos elevadísimo, no de manera excepcional, no porque llegara el PSOE y sea ésa su costumbre. Es costumbre de todos. Todos lo hacen, todos lo han hecho. Esta vez, el relevo de cargos y carguitos tuvo un episodio más estrafalario de lo habitual en el capítulo sobre el control de RTVE, pero el resto de la operación se hizo como se hace siempre: poniendo a "los nuestros", previo desalojo de los otros.

Esta vertiente de agencia de colocación de los partidos, el hecho de que dispongan de la administración, oficial y paralela, empresas públicas y aledaños como de un botín a repartir, y la consiguiente colonización y politización de esos ámbitos, restándoles eficacia, son hábitos partitocráticos que detestan las clases medias a las que apela Casado como base electoral de su partido. A la clase media no la va a atraer el nuevo presidente del PP sólo con promesas de rebaja de impuestos. La calidad y eficacia de las administraciones, servicios y empresas públicas, el control del gasto en ese campo y la garantía de que no son pesebres para los partidos son temas esenciales para el quiera recuperar su confianza.

Los obstáculos que encontrará Casado si quiere modificar las pautas de conducta partitocráticas de su partido estarán en el aparato nacional, pero también, o sobre todo, en los aparatos autonómicos. Esos hábitos tan beneficiosos para los partidos como perjudiciales para los contribuyentes han echado fuertes raíces en las comunidades autónomas. De modo que los principales oponentes de un proyecto de renovación que acabe con estas y otras viejas costumbres los tendrá Casado entre los barones regionales de su partido. Entre los que le apoyaron y entre los que no. Claro que la mayor resistencia la iba topar si se le ocurriera poner algún 'pero' a otros elementos fundamentales de la soberanía autonómica, como las políticas identitarias y su columna vertebral, la política lingüística.

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