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Cristina Losada

No es un golpe de estado, cariño

En un par de años, Egipto ha pasado de la primavera árabe al otoño islamista y ahora al verano golpista.

Cristina Losada
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En un par de años, Egipto ha pasado de la primavera árabe al otoño islamista y ahora al verano golpista.

El golpe de estado que acaba de dar el ejército egipcio va a ser el golpe de estado menos condenado por las democracias occidentales y la comunidad internacional que se recuerde. Para empezar, se ha evitado llamarlo por su nombre. Las cancillerías han hecho acrobacias para no mentar la bicha y en la plaza Tahrir, foco de aquel despertar de las masas árabes a la democracia, se ha celebrado que los militares depongan –y detengan– al primer presidente surgido de elecciones libres. Huelga decir que allí no ven esa intervención como un golpe, sino como un reseteo de la revolución, lo que nos pone en la misma perplejidad que la frase de Bruce Willis en Pulp Fiction: "No es una motocicleta, cariño. Es una chopper".

En su día, los aguafiestas habituales trataron de enfriar el entusiasmo que despertó aquella acampada en Tahrir en los occidentales ávidos de una buena revolución organizada a través de Facebook y Twitter. Cuidado, dijeron, porque las únicas fuerzas organizadas son los Hermanos Musulmanes y el ejército. Pero los dos espejismos, el de las masas y el de la tecnología, cegaron a los novatos que andan a la busca de innovaciones políticas. Creen que con internet y un movimiento sin dirigentes ni partidos se pueden hacer grandes cosas. En Egipto, el resultado de aquella espontaneidad tan bonita y la ausencia de partidos medianamente sólidos, fue que los islamistas ganaron sin despeinarse en las cinco convocatorias electorales que hubo tras la caída de Mubarak.

El historiador Bernard Lewis, entrevistado en 2011 por el Wall Street Journal acerca de la primavera árabe, manifestó su apoyo a las movilizaciones populares, pero advirtió que no se debía tener prisa por celebrar elecciones. Con rara sensatez pensaba que las elecciones deben ser la culminación y no el principio de un proceso de cambio político en condiciones tan complejas. Organizar unas elecciones es relativamente fácil. Crear las instituciones políticas de una democracia liberal resulta mucho más complicado de lo que creen los fantasiosos.

Así las cosas, la revolución egipcia salió barbuda y el único que podía afeitarla era el ejército. El mismo ejército que sostuvo durante muchos años la dictadura de Mubarak y fue decisivo en su derrocamiento. En un par de años, Egipto ha pasado de la primavera árabe al otoño islamista y ahora al verano golpista. La suprema paradoja es que el golpe contra los resultados de las urnas ha sido reclamado por masivas movilizaciones y apoyado por los demócratas. No se ha dicho si esto también se organizó a través de Facebook y Twitter.

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