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¡Nos matan!

La vida real y las estadísticas las desmienten, pero qué más dan la realidad y los datos. No son irresponsables, sino lo siguiente. Y tramposas.

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Ione Belarra | EFE

No voy a acusar a los políticos de hablar o utilizar –cuando un político habla de un asunto, lo está utilizando– el asesinato de la joven profesora Laura Luelmo. Si no hubieran hablado, se lo estarían criticando los que critican que hablaran. Llámenlo oportunidad u oportunismo. Es consustancial a la práctica política. De un crimen que causa conmoción se habla, y se habla también en la política. Lo que debe interesar es cómo hablan. Qué dicen. Y lo que han dicho, a raíz del asesinato, algunos políticos en el Congreso es insostenible.

Empiezo por el presidente del Gobierno. Por lo que respondió Pedro Sánchez al líder del PP. Fue esto: "La prisión permanente revisable está en vigor y no ha evitado, desgraciadamente, este cruel asesinato". Sí, está en vigor, pero no lo estaba. No lo estaba cuando el asesino confeso de Luelmo fue condenado por matar a una señora de 82 años. Aquel crimen lo cometió en 1995. Se le condenó en 1997. No podemos saber si, de haber existido entonces esa pena, se le hubiera condenado a ella. Pero el presidente del Gobierno ha hecho trampas. Si quería decir que la permanente revisable no ha tenido efecto disuasorio, trampa doble.

Ni siquiera es una buena trampa. Porque, al hacerla, se ha tendido otra. Lo mismo que dijo de la permanente revisable se puede aplicar, mutatis mutandis, a la Ley contra la Violencia de Género. "La Ley contra la Violencia de Género está en vigor [desde 2004] y no ha evitado, desgraciadamente, los asesinatos y los malos tratos a mujeres". La joya de la corona del feminismo de la era Zapatero, que contó con la aprobación del PP, no ha servido para impedir que se sigan cometiendo tales crímenes y delitos. Su efecto disuasorio ha sido limitado o nulo. A pesar de los malos resultados, sus impulsores no están pensando en modificarla ni en derogarla.

Sigo por la diputada de Podemos Ione Belarra. La diputada forma parte del frente del pánico. Es un frente amplio de políticas, periodistas y activistas, tres en uno. Para hacerse una idea de lo que dicen, voy a los datos. Hace seis meses, un sondeo de la Thomson Reuters Foundation entre unos 550 expertos en políticas relacionadas con la mujer nombraba los diez países del mundo más peligrosos para las mujeres. Eran, por este orden, la India, Afganistán, Siria, Somalia, Arabia Saudí, Pakistán, la República Democrática del Congo, Yemen, Nigeria y los Estados Unidos. No sé si las activistas conocen ese ránking, pero, a tenor de lo que dicen, está completamente equivocado y el país más peligroso del mundo para las mujeres es España.

De sus declaraciones, más bien gritos desgarrados, se deduce que ninguna mujer puede salir hoy a la calle en nuestro país sin correr el riesgo cierto y grave de ser violada y asesinada por un hombre. Para solidarizarse con la idea, hay hombres que se están confesando asesinos aunque (todavía) no han matado a nadie. Políticas, periodistas y activistas que presumen de feminismo están alentando una oleada de pánico entre las mujeres sólo con el fin de confirmar un cuadro apocalíptico cuya viñeta central y simple es que los hombres nos están matando a todas, como vino a decir la diputada Belarra en el Congreso. La vida real y las estadísticas las desmienten, pero qué más dan la realidad y los datos. Y después de meter miedo a las mujeres les dicen que si son cautelosas y temerosas hacen mal, porque aceptan y asumen ese criminal estado machista de cosas.

No son irresponsables, sino lo siguiente. Y tramposas. Hasta hace poco, la mayoría de las que hoy se pronuncian con ira y alarma sobre asesinatos como el de El Campillo no prestaban ninguna atención a ese tipo de crímenes. Su indignación y su alarmismo se circunscribían a los asesinatos de mujeres a manos de parejas y exparejas, que eran los que inicialmente se consideraban de género. Para el activismo de la "violencia de género", tal como la definía en principio la ley, todos los demás asesinatos de mujeres pasaban desapercibidos, igual que las violaciones. Tengo varios casos en mente, y nada: no dijeron ni mu. Ha habido que esperar al #MeToo para que nuestras activistas se conmocionen por la criminalidad que no está ceñida a las relaciones de pareja. Aquí sí: llámenlo oportunismo. De la peor especie.

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