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Cristina Losada

Nosotros y Mayo del 68

Hay muchos jóvenes que no quieren quedarse en la adolescencia perpetua. Y lo que se echa en falta en España son partidos para adultos.

Cristina Losada
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Hay muchos jóvenes que no quieren quedarse en la adolescencia perpetua. Y lo que se echa en falta en España son partidos para adultos.
EFE

A mediados de los ochenta, Daniel Cohn-Bendit, uno de los líderes de la revuelta de Mayo del 68, publicó un libro de entrevistas con los que ya eran viejos radicales de los sesenta; viejos, precisemos, para los criterios juveniles de entonces, según los cuales llegar a los cuarenta era el fin. Ahí, en la breve introducción de La revolución y nosotros, que la quisimos tanto, el que saltó a la fama como Dani el Rojo apuntaba que la suya había sido la primera generación que,

ayudada por el fulgurante desarrollo de los medios de comunicación, vivió, a través de una oleada de imágenes y sonido, la presencia física y cotidiana de la totalidad del mundo.

Si la sucesión de revueltas, básicamente estudiantiles, que se dieron a finales de los sesenta no se puede entender sin el papel de los medios de comunicación, tampoco la enorme repercusión que tuvieron y continúan teniendo se explicará sin su concurso. Es más, y no por menospreciar sus efectos políticos, sociales y culturales, Mayo del 68 fue y es un fenómeno altamente mediático, un fenómeno de imagen: son los elementos icónicos y estéticos los que siguen atrayendo la atención aun casi cincuenta años después.

Cada vez que salen a colación aquellos acontecimientos, podemos estar seguros de que los medios reproducirán las hiperconocidas fotos, elevadas a tótems de la tribu, de nuestra cultura y, por esa vía, de nuestra política. La chica guapa (una modelo inglesa que pasaba por allí, en realidad), a hombros de un barbudo, con una bandera de Vietnam; las barricadas de adoquines (debajo de los cuales estaba la playa); las cargas de los antidisturbios (nada imponentes si los comparamos con los de hoy, pertrechados como para la Guerra de la galaxias); y el reguero de consignas surrealistas y lúdicas que enseguida pudieron comprarse en forma de postal, poster y camiseta ("Prohibido prohibir"; "Sed realistas, pedid lo imposible"; "La playa bajo los adoquines").

Cierto que no se puede disociar el atractivo estético del Mayo francés del atractivo recurrente de la revolución, aunque reducida aquí a ruptura de la cotidianeidad y de la tediosa rutina, esto es, a aventura, pues no condujo a lo que sí provoca una revolución de verdad: una transferencia violenta de poder y propiedad. Fue una rebelión, una rebelión adolescente. Una rebelión antiburguesa protagonizada por los hijos de la burguesía, a la que se sumaron temporalmente millones de trabajadores que tenían su propia agenda, centrada en conseguir mejores salarios. Suele mencionarse poco, pero el grandioso Mayo francés no empezó por una reclamación social ni tampoco educativa, sino de libertad sexual: que los chicos pudieran recibir visitas de chicas en sus dormitorios del colegio mayor. Así de trivial fue el detonante.

El 68 entronizó a los jóvenes como sujeto político provisto de cualidades diferenciadas, asociadas a la edad. Era bueno ser joven y eran buenos por ser jóvenes. Y se dio la ironía de que su revuelta contra el capitalismo, contra la sociedad de consumo, los entronizó también como importantes y decisivos consumidores. El profesor Félix Ovejero escribió hace unos años sobre las herencias políticas de un mayo maldito, y encontró cuatro actitudes en nuestra política que procedían de la adolescencia del 68. La primera de ellas es la creencia en "que todo lo que se quiere, se puede, que podemos reclamar una cosa y la contraria". No hace falta señalar: esa creencia la recoge el nombre de uno de los nuevos partidos que han modificado la geografía política española. Pero es compartida por otros, lo cual ha llevado a la política, a la comunicación política, los aires insoportables del manual de autoayuda. Con gran éxito, es verdad. Y sobre todo entre los jóvenes y los estudiantes: ellos son el grupo social donde más se vota por el "si quiero, puedo", esto es, por Podemos.

Una de las consecuencias políticas importantes del Mayo del 68 fue el ocaso de los partidos comunistas ortodoxos. Aquellos baluartes de la izquierda derivada de la revolución rusa irían cayendo uno tras otro. Dejaron de canalizar la disidencia anticapitalista, en particular la disidencia juvenil, no hubo apenas renovación generacional y periclitaron. En España, hoy, de modo análogo, la juventud está abandonando a los partidos tradicionales, y estos no saben qué hacer para frenar la estampida: si poner a dirigentes cada vez más jóvenes, si estar todo el día en las redes sociales, si colocar vídeos y lemas con gancho en Twitter, si adaptarse más, en fin, a los gustos de esos consumidores que se están yendo a votar a otra parte.

Más les valdría, sin embargo, hacer todo lo contrario: en vez de acentuar los rasgos adolescentes, ofrecer políticas serias. La inmadurez no se cura con más inmadurez. Hay muchos jóvenes que no quieren quedarse en la adolescencia perpetua, en un eterno Mayo. Y lo que se echa en falta en España, el producto político que escasea, son partidos para adultos.

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