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Cristina Losada

Pizzas, sándwiches e izquierda reaccionaria

Hay sesgos ideológicos que no se baten en retirada. Ni siquiera ante la gravedad.

Cristina Losada
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Hay sesgos ideológicos que no se baten en retirada. Ni siquiera ante la gravedad.
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Hay sesgos ideológicos que no se baten en retirada. Ni siquiera ante la gravedad. A sus portadores más extremos no les ha sido posible –aún– culpar al capitalismo de la pandemia, pero han buscado aproximaciones tangenciales para realizar el proceso habitual del ideologizado: aprovechar la crisis para confirmar sus creencias y atacar al enemigo. En efecto: el enemigo, para estos personajes, nunca es la crisis. Su pauta de conducta es tal cual, inmutable. No importa de qué crisis se trate; también en una sanitaria de dimensiones monumentales como ésta, su mayor interés es la confirmación, loa y difusión de sus sesgos ideológicos, y la denigración de aquello que, de costumbre, aborrecen.

Cargos políticos de izquierdas aprovecharon estos días dramáticos para meter de matute en los mensajes a la población que sólo la sanidad pública es buena, y que la privada sólo es mala. No podían simplemente informar de cómo estaban gestionando la pandemia: eso nunca. No podían limitarse tampoco a transmitir las precauciones que deben seguir los ciudadanos. Claro que no. Lo esencial para estos cargos políticos, aquello en lo que están pensando todo el rato, lo que nunca se les va de la cabeza, es su ideología. Quizá porque no tienen otra cosa. Quieren remachar y exhibir que su ideología tiene razón. Siempre y en todo lugar, pase lo que pase. No se confunda el ingenuo: cuando hacen el encomio de "lo público", se refieren a lo público bajo su control. Desde su punto de vista, lo público sólo existe allí donde es su coto privado.

La ocasión no era del todo propicia. Aquí y ahora se han visto obligados a dejar fuera del listado de grandes culpables al que sería, en otras circunstancias, el número uno del cartel: el Gobierno de España. Pero siendo de izquierdas o progresista o como quiera que le llamen, no pueden culparlo, sino apoyarlo. Había que encontrar sustitutos para poner en la diana. Y el elegido –uno de los elegidos– fue el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Lo han atacado por distintas cosas y desde varios ángulos. Pero cuando alguien pregunte qué hacía la izquierda durante la mayor crisis sanitaria de nuestro tiempo, habrá que contarle esto. Habrá que contarle que, en medio de la terrible pandemia del coronavirus, la izquierda dio la batalla contra las pizzas y los sándwiches.

Contra las pizzas, contra los sándwiches: mismo combate. Porque la batalla, en realidad, era contra lo de siempre. Era contra un Gobierno de centroderecha y contra la empresa privada, colaboradora necesaria de la iniciativa para dar de comer a los niños de familias con Renta Mínima de Inserción en Madrid. Sin Telepizza y Rodilla, esos once mil niños no comerían, pero en la izquierda muchos estarían más tranquilos. Porque aquello que les parece poco saludable no son las pizzas y los sándwiches –que pueden ser perfectamente saludables–, sino el hecho de que provengan de dos empresas privadas en cooperación con un Gobierno de centroderecha. Desde su sesgo, esa combinación es el Mal. Absoluto.

En primera línea de la trascendental batalla, CCOO y PSOE. "No son un menú saludable para los niños más vulnerables", decían, dando a entender que la Comunidad de Madrid y las dos empresas les iban a dar mal de comer a esos niños, porque eran pobres. Qué inmoralidad, el mensaje. Pero sobre todo: qué tremenda falta de información. No tienen la menor idea de la evolución que ha hecho el sector de eso que llaman despectivamente comida rápida. No saben que esas empresas, como otras, pueden elaborar menús equilibrados, probablemente de un modo más certero del que lo harían algunas familias, sean de RMI o no. Están fuera de tiempo, fuera de juego, fuera de todo. Y lo están más, precisamente, cuanto más quieren hacer ver que están con nuevas causas, como la comida saludable. ¡Serán nuevas para ellos! Y lo son. La batalla real no era el menú. Era la ideología. Como siempre.

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