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Cristina Losada

Por qué los maestros pueden ser 'burros'

Siento decirlo, pero no se ha entendido aún para qué están los enseñantes de los peques.

Cristina Losada
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Siento decirlo, pero no se ha entendido aún para qué están los enseñantes de los peques.

Ha vuelto a causar sensación la abultada nómina de suspensos en las oposiciones a maestro que convoca la Comunidad de Madrid. En concreto, en la prueba de conocimientos generales, que ha cateado el 72,4 por ciento de los aspirantes. Este examen alcanzó celebridad desde que la Consejería de Educación publicó una muestra de los resultados. Era una bonita antología del disparate: la gallina era un mamífero; el caracol, un crustáceo; escrúpulo significaba salida del sol (en el mejor de los casos); el Ebro y el Guadalquivir pasaban por Madrid; Albacete y Badajoz eran provincias andaluzas; Ceuta se situaba en Melilla en el mapa y viceversa; y tres cuartos de lo mismo en geometría y aritmética elementales (ay, los quebrados).

Esta sorpresa ante las lagunas culturales de los aspirantes a maestros públicos demuestra una cosa. Demuestra, siento decirlo, que no se ha entendido aún para qué están los enseñantes de los peques. Los asombrados siguen sin percatarse de que en la enseñanza ha habido, digamos, una revolución y que la función del maestro ya no es impartir conocimientos. ¡Por Dios!, eso es pura antigualla, un anacronismo que sólo pervive en la casposa mentalidad del reaccionario. Ahora, y es un decir porque esto viene de lejos, no se forma al futuro docente para que sepa aquello que maneja con soltura cualquier participante en un concurso de la tele. No se instruye a los maestros para que jueguen al Trivial. Se les capacita para que entiendan al niño, desarrollen su personalidad, despierten su sensibilidad y sean, en fin, una especie de asistentes sociales.

Pedagogía y psicología son los puntales de su formación. Lo demás es accesorio. Por pura economía, ¿para qué va a saberse un maestro las capitales europeas, las provincias españolas, los ríos y las cuatro reglas? ¿Para qué ha de escribir sin faltas de ortografía y dominar un vocabulario? Tal popurrí de menudencias no sólo es innecesario: es contraproducente. Abrumaría al pobre alumno. Lo convertiría en una atracción circense. En uno de esos niños repipis que imitan a los adultos. Y, ante todo, claro, no queremos adultos.

Podrá alegarse que no existe discrepancia alguna entre el desarrollo de la personalidad y atesorar conocimientos. Es más, si uno es suficientemente anticuado, como yo, dirá que lo uno y lo otro marchan juntos. Pero esto no lo ve así la pedagogía progresista. Para ella, hacer hincapié (con hache) en la importancia de los conocimientos –y del conocimiento– es un residuo de la vieja escuela. Aquella escuela que, desde la Grecia clásica hasta el siglo XX, trataba de iniciar al recién llegado, de forma seria y ordenada, en "una herencia intelectual, imaginativa, moral y emocional", por decirlo en palabras de Michael Oakeshott. Pero Oakeshott, naturalmente, era un filósofo conservador y esa clase de aprendizaje –y de enseñanza– requiere esfuerzo, ¡maldita sea! Así, conscientes de cuál es el espíritu de la época, el resto de comunidades autónomas se abstienen, prudentes, de hacer pruebas de conocimientos generales a sus maestros.

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