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Cristina Losada

Remakes de viejos clásicos

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El caso del Prestige ha permitido desempolvar algunos de los viejos clásicos de la izquierda española, como la idea de que la derecha significa atraso e ineptitud. Idea siempre latente en la izquierda, no hace falta que sus máximos dirigentes la formulen explícitamente: ya se encarga de transmitirla la pléyade de comentaristas, artistas e intelectuales que están tan convencidos de ella como de la redondez de la Tierra. La derecha, facha, franquista y obtusa como ninguna otra del mundo mundial, no podía de ninguna manera resolver bien el desastre del petrolero por esa idiosincrasia suya. O, como me dijo un individuo, la catástrofe sucedió porque los del PP son fachas y Fraga un asesino. El discurso prisaico, en lenguaje elemental.

La izquierda española necesita nutrir cuanto pueda el mito de que es garante del progreso frente a una derecha cavernícola, porque aparte de la legitimidad que intenta sacar de su pasado, previa falsificación, no tiene mucho más que ofrecer que esa promesa de modernidad o modernez. Su problema es que la realidad ha desmentido ese discurso. No sólo España se ha modernizado tanto o más con el PP que con el PSOE, es que mientras la derecha se renovaba, la izquierda seguía, y sigue, tal cual. Hay quien dice que se le paró el reloj en 1917, otros que en el 36, pero lo seguro es que no ha pasado aún por la debacle del socialismo. Lo que explica tal vez sus incoherencias y su pobreza de ideas.

Si la ecuación “derecha igual a atraso” ha encontrado ahora nuevo eco en la opinión pública ha sido, en parte, por su fácil conexión con otro clásico: el complejo de inferioridad español respecto del “mundo civilizado”, al que son especialmente sensibles las clases ilustradas. En Galicia, donde este complejo se resiente por partida doble, se ha manifestado en una de las frases más repetidas tras el desastre: es una vergüenza. Lo que molesta y hiere es que hayamos quedado, dicen ello, como un país tercermundista.

Quizá por esa razón se ha levantado tal clamor pidiendo dimisiones. Sería una forma de recuperar el mancillado honor. Contrasta con lo sucedido en Francia y USA tras catástrofes similares, en las que tambien se criticó la inoperancia y lentitud de las autoridades y en el caso francés, que minimizaran al principio la magnitud del estrago. Pero allí la presión popular se ejerció contra las compañías petroleras responsables.

La elite cultural galleguista moderna, arracimada en torno a la plataforma Nunca mais, de tronco nacionalista, dio una vuelta de tuerca al asunto y sentenció que Galicia había perdido su dignidad. Claro que gracias a ella la recuperó enseguida y aún más: el pueblo gallego ha despertado, por fin, de su sueño secular. El negro beso del Prestige revivió a la bella durmiente, tanto tiempo hechizada por la derecha. ¿Se volverá a dormir en las próximas elecciones? Dato significativo: hay más carteles de Nunca mais en las zonas “bien” que en los barrios populares.

La mayoría de la opinión publica en Galicia ha coreado a la elite redentora. Recuperar esa dignidad y castigar al estado español que nos la hizo perder al abandonarnos, porque nos desprecia, han sido las pulsiones dominantes. Como sujeto de ellas ha salido de las nieblas un pueblo gallego mítico y una Galicia irreal: la arcaica tierra marinera y pescadora. Cuando lo cierto es que en Galicia viven del mar unas cuarenta mil personas, incluyendo la flota de altura, menos del cuatro por ciento de la población activa, aunque hay comarcas en los que es ocupación fundamental.

Los príncipes de la marea prefieren la vieja Galicia, más pintoresca, emotiva y vendible en los medios. Y mientras llaman a la solidaridad con la gente del mar, les importa un bledo que el cuadro hipercatastrófico que están pintando lleve a la ruina al sector turístico y hostelero, del que viven más familias.

Frente a estos remakes de tanto éxito, el gobierno fue incapaz de oponer una historia sólida, realista y convincente. Que el PP se disponga a aflojar una pasta para informar a los ciudadanos de la actuación del gobierno con el Prestige, demuestra que ni con el control de los medios públicos ha podido contrarrestar la demoledora ola crítica. A la hora de la verdad, cuando está en un apuro, “sus” medios no le sirven de nada: no tienen costumbre de hacer buen periodismo. Sus enemigos tampoco, pero han conectado con los viejos mitos y con una corriente de desconfianza hacia un gobierno que ha dado muestras de incoherencia y debilidad y ha despistado o cabreado a sus propios votantes.

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