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Somos subversivos

Escribir sobre la política lingüística que rige en Cataluña de un modo que no sea la rendida apología, representa un desafío al régimen nacionalista y, dada esa circunstancia, una amenaza para cualquier vendedor de libros.

Cristina Losada
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Una Casa del Libro de Barcelona ha decidido no acoger la presentación de la última obra de Jesús Laínz por considerar que entra en la categoría de libros "muy problemáticos" o "subversivos". El volumen con capacidad de perturbar el orden establecido es Desde Santurce a Bizancio. El poder nacionalizador de las palabras, un amplio estudio sobre la ingeniería sociolingüística que ha practicado el nacionalismo en Europa. El autor transita en su periplo por Francia, Alemania, Polonia, los países escandinavos, los bálticos, Irlanda, Rusia, Grecia, los Balcanes y Turquía, pero sospecho que la librería encontró la materia altamente sediciosa en los capítulos dedicados a España y, en concreto, a Cataluña.

A mí me ha sorprendido esta reaparición del término "subversivo", pues debió de ser allá por el año 1975, cuando la prensa española publicó, por última vez, noticias en las que figuraba esa palabra. Eran notas que daban cuenta de que tales personas habían sido "detenidas por actividades subversivas", que consistían en ser miembros de "una organización subversiva", como se designaba a los grupúsculos y partidos políticos ilegales. Todavía se confiscaba "propaganda subversiva", pero los libros subversivos, que los hubo, los teníamos todos y creo que en aquellas fechas ni siquiera era preciso bajar al sótano de la librería para echarles un ojo. Y hete aquí, tanto tiempo después, que resucita en Barcelona un vocablo de la jerga del franquismo y de cualquier dictadura, que allí donde hay alguna siempre florecen la subversión y los subversivos.

La librería podía haber rechazado la presentación sin dar explicaciones. Es libre de elegir los libros que presenta. Pero creo que, al enseñar las cartas, ha escogido el término correcto. Escribir sobre la política lingüística que rige en Cataluña de un modo que no sea la rendida apología, representa un desafío al régimen nacionalista y, dada esa circunstancia, una amenaza para cualquier vendedor de libros. No sólo para su status que, en tales condiciones, mucho depende de llevarse bien con el poder, también un peligro físico. Es que se le pueden presentar esos agentes del amedrentamiento que disuaden a la sociedad de entregarse a veleidades críticas. No hay como adelantarse a las consecuencias. En las dictaduras, nadie que no desee arriesgar su bienestar, se quiere meter en líos, es decir, en política.

Y pensar que yo presenté ese libro de Laínz en el Club Faro de Vigo. ¡Un libro subversivo! El nacionalismo no está ahí, obviamente, para rejuvenecernos, pero este episodio me retrotrae a la época de la clandestinidad bajo el franquismo. Otros profesionales de la subversión, como Francisco Caja, acompañarán a Laínz en Barcelona. Que haya suerte.

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