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Las joyas del "bobo solemne" en la vitrina de Sebastián

De las defensas que presenta Sebastián en favor de ZP no hay una sola que tenga el efecto deseado. Muchas resultan contraproducentes.

De las defensas que presenta Sebastián en favor de ZP no hay una sola que tenga el efecto deseado. Muchas resultan contraproducentes.
EuropaPress

A pesar de lo que se diga en público y en las encuestas, España tiene estómago para la corrupción. No toda España, pero la suficiente. La gran corrupción de la época de González se saldó con una dulce, muy dulce derrota. Ésta que tenemos en danza, la de Sánchez, con tramas de una peligrosidad inédita, roe sólo muy lentamente la intención de voto de los socialistas. Partidos similares en Europa matarían por tener en las encuestas lo que tiene hoy el PSOE. La corrupción se digiere con notable facilidad, salvo que coincida con un hundimiento económico de los brutales, como el que siguió a la gran crisis. Pero, aunque grande, la capacidad digestiva tiene límites.

Son unos límites más cualitativos que cuantitativos y no tienen nada que ver con las "líneas rojas" tras las que se parapetan los socios del Gobierno. Por llevarlo a lo concreto: de la financiación ilegal de un partido es difícil que hable la gente en los bares, pero de las joyas de Zapatero se habla seguro en la sobremesa y en la peluquería. Los recargados collares y pulseras de oro blanco, con esmeraldas de Zambia, zafiros de Tailandia, rubíes y diamantes abren el cofre del tesoro escondido y la puerta del escándalo, como todo lo que denota privilegio y sugiere oscuras transacciones. Las joyas, en la imaginación humana ancestral, son la representación vívida de la belleza y la riqueza, la codicia y la rapiña.

Quien fuera ministro suyo, Miguel Sebastián, ha contado una historia de las Mil y Una Noches con el fin de echarle un capote y, de paso, poner el ventilador en marcha. ¿Quién no ha recibido joyas así de países árabes?, viene a decir, apuntando, con nombre y apellidos, al Partido Popular. Pero es encantador como empieza la narración, en Arabia Saudí, cierto día que tuvo que renunciar al finde para ir allí, y cuando describe cómo, al marchar, un emisario real, imagino con capa blanca volando al viento, le entrega un regalo envuelto en papel de seda, quizá sobre un cojín dorado con largas borlas. Casi parece un cuento. Pena que el autor, en vez de meternos en frondosos oasis con palmeras, tiendas nómadas y camellos, vuelva al ministerio y nos ponga ante una vitrina que mandó construir, "discretamente", para exhibir las joyas que había entre el papel de seda. Y ahí pone negro sobre blanco esto: son propiedad de Patrimonio Nacional y están debidamente registradas. Ninguna de estas características adorna a las joyas de Zapatero.

El hombre de la vitrina sostiene que las joyas no estaban ocultas porque las tenía en una caja fuerte en su despacho cerrada a cal y canto. Una cosa es ocultar y otra guardar, dice, por lo que nos preguntamos por qué hizo entonces lo de la vitrina. Pero él se pregunta si de verdad hay que declarar todos los regalos que se reciben. Eso en un país donde, consúltelo, hay que declarar hasta los regalos de boda. Dice también que no conoce ningún otro Estado en el que unos regalos así hayan sido motivo de escándalo y lo dirá por falta de historia o de memoria. Los diamantes de Bokassa, los que regaló a Giscard d'Estaing, no sólo fueron motivo de escándalo, sino que influyeron en su derrota frente a Mitterrand. Y aquellos diamantes, según se supo finalmente, tenían un valor menor. Mucho menor que las joyas de Zapatero en la tasación de Ansorena.

De las defensas que presenta Sebastián en favor de ZP no hay una sola que tenga el efecto deseado. Muchas resultan contraproducentes. Y su pequeño alegato contra la moralina puritana se estrella en su recurso al "y tú más" que emplea contra la oposición. Pero, sobre todo, da igual. El universo de percepciones que convocan las joyas auténticas y valiosas se abrió cuando reveló su contenido la caja fuerte y ha engullido a Zapatero. Ya no podrá hacer nada por librarse de la imagen de saqueador privilegiado, se inventen lo que se inventen.

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