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Cristina Losada

Zapatero aún pasa factura

La medicina que se recomienda a los socialistas es, entonces, más confrontación, más batalla, más guerra. De clases y de lo que haga falta.

Cristina Losada
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La medicina que se recomienda a los socialistas es, entonces, más confrontación, más batalla, más guerra. De clases y de lo que haga falta.
LD/C.Jordá

Cuando el Partido Laborista británico sufrió, en las elecciones de mayo, la peor de sus derrotas en casi tres décadas, un ministro de los gobiernos de Blair y Brown escribió que el partido y su candidato no habían conseguido restablecer sus "credenciales en materia fiscal" antes de los comicios. Los laboristas estaban gobernando en el momento del impacto de la Gran Recesión y, merecidamente o no, su reputación como gestores económicos quedó muy tocada. "Cuando llegó la campaña era demasiado tarde" para recuperar la credibilidad.

Quien así decía era Peter Mandelson, un blairista y, si se quiere, sospechoso de llevar el agua a su molino. El asunto citado no era el único elemento de su análisis de aquel sonado fracaso electoral. Otro error notable fue optar por una retórica de confrontación. El partido quiso convertir las desigualdades de renta en una guerra de clases, y eso es algo que rechaza, sostenía, el grueso de los británicos. Pero traigo aquí la valoración de Mandelson porque ponía el dedo en la llaga frecuentemente olvidada. En el hecho de que los partidos socialistas que tenían las riendas del gobierno cuando empezó la crisis no se libran fácilmente de ese pasado.

Al tratar de explicar los reveses de los socialdemócratas en Europa priman hipótesis de apariencia más profunda. Igual sucede en España. Sea cual sea el grado del desastre que se prediga para Pedro Sánchez, la explicación más común en la izquierda dice más o menos esto: los socialistas pierden, y pierden estrepitosamente, porque se han dejado comer el tarro por la política liberal (o neoliberal). Las razones de fondo del ocaso socialdemócrata serían, así, su aceptación del marco liberal, que se presume dominante, su incapacidad para forjar una alternativa, su conformidad, cuando no su conformismo con ese estado de cosas, y su proverbial tibieza.

La medicina que se recomienda a los socialistas es, entonces, más confrontación, más batalla, más guerra. De clases y de lo que haga falta. Justo lo que desaconsejaba Mandelson. Y no estamos ante una recomendación del todo desinteresada. Los más izquierdistas siempre presionan a los socialdemócratas para que se hagan más de izquierdas. El remedio que predican para el PSOE suele ser que se transforme en un partido de extrema izquierda. Antes en IU, ahora, tal vez, en Podemos. La incógnita es cómo puede conseguir el PSOE el apoyo de la mayoría del electorado pasándose a posiciones de partidos que nunca lo han obtenido ni tiene pinta de que vayan a obtenerlo. Que lo estudien.

El fallo está en el diagnóstico. No pinchan el PSOE y otros socialdemócratas en las urnas por no arrancarse el venenoso aguijón neoliberal, levantarse en armas y hacer una cruzada ideológica. Hagamos uso de la navaja de Ockham: sus fracasos electorales tienen explicaciones menos alambicadas. O perdieron su credibilidad como gestores económicos durante la crisis o no logran ser más creíbles que los conservadores en ese terreno. En la última encuesta de El Mundo, el PSOE aparece en tercer lugar, detrás del PP y Ciudadanos, cuando se responde a la pregunta de qué partido puede hacer más por crear empleo. Ya nadie habla de ello, ya nadie habla de él, cosa significativa, pero la sombra de Zapatero sigue oscureciendo las posibilidades electorales de los socialistas. Rubalcaba, primero, Sánchez, después, han sido incapaces de restablecer las credenciales económicas de su partido. Ahora que llega otra vez la campaña es demasiado tarde.

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