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Nadie mata a nadie por ‘ser mujer’

La ley de violencia de género no responde a la necesidad de proteger a los más débiles, sino al deseo de imponer una agenda política cuyo objetivo es la división social y el enfrentamiento.

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La primera temporada de la serie Fargo, basada en el film homónimo de los hermanos Coen, es la historia de Lester Nygaard, un loser, un fracasado, un calzonazos, el cobarde por antonomasia. En el primer capítulo vemos cómo su mujer se pasa la vida denigrándolo, ultrajándolo, castrándolo. Hasta el punto de decirle claramente que para ella él no es un hombre. Ni en la cama ni fuera de ella. Y si bien no se equivoca en el diagnóstico, yerra en la valoración del alcance de la enfermedad, pues a nuestro protagonista aún le queda un átomo de amor propio. En una escena en que el maltrato verbal al que lo somete habitualmente sube varios grados de tono, nuestro protagonista le pide a ella que retire lo dicho o de lo contrario… "O de lo contrario… ¿qué?", le espeta ella desafiante, pues no espera que ese hombrecillo, ese cobarde al que desprecia y que jamás le ha puesto una mano encima, pase de la amenaza. Humillado sin remisión, acorralado en el envite, Nygaard coge lo primero que encuentra a mano, que resulta ser un martillo, y se lo clava varias veces en la frente hasta matarla.

¿La mata "por machista", "por el simple hecho de que ella es mujer", que diría una feminista recalcitrante? No, la mata porque como hombre no vale un duro y ella insiste en recordárselo, en ponerle un espejo delante, en restregar el dedo en la herida. La mata porque es un hijo de puta, un asesino y un cobarde. Pero no la mata porque sea mujer, sino porque es quien es y porque ocupa el lugar que ocupa en esa relación en concreto. Y la mata sin hacer uso de su supuesta superioridad física, exactamente como una hija de puta mataría a un hombre en un momento de ofuscación.

Existen muchas formas de violencia intrafamiliar, por usar el término de moda estos días, y no siempre se da en la misma dirección ni responde a los mismos patrones. La hay también, igual de brutal, de mujeres a maridos o novios, de padres y madres a hijos, y de hijos a padres y madres. La hay, en cifras alarmantes, entre parejas gays y lesbianas. La hay que no acaba en muerte y, sin embargo, va dejando un reguero silencioso de dignidades y autoestimas y personalidades rotas. Porque la superioridad en la pareja, en la relación filial, no siempre la marcan la fuerza física ni el pene.

E incluso cuando, en España, los hombres matan a sus parejas, no son raros los casos en que se pegan un tiro o se suicidan después, lo que las leyes suelen entender como "trastorno mental transitorio". No las matan por machismo. De hecho, en muchos casos las matan porque son más débiles que ellas, las matan porque no saben cómo manejar una situación que se les ha ido de las manos, porque son víctimas de pasiones y fantasías patológicas, porque solo en la muerte (la de la pareja y la suya propia) son capaces de encontrar una salida, un alivio a su calvario existencial. Asesinos en potencia que un día se ven acorralados por su propia locura y toman el camino del Mal.

Fuera de los estudios psiquiátricos, es imposible saber cuántos casos de maltrato hay en las direcciones que el consenso suele ocultar. Tampoco sabemos cuántas mujeres recurren a las denuncias falsas para vengarse u obtener la custodia exclusiva de sus hijos, porque las estadísticas no recogen los casos de denuncias que desestiman los jueces. Pero sabemos que ya es práctica común entre muchos abogados recomendar la vía de las falsas denuncias a sus defendidas. Como dice una ministra del Gobierno español, "hay que creerlas sí o sí, porque son mujeres". No en vano, una legislación anticonstitucional, antirracional y asimétrica se lo pone en bandeja. También sabemos que los niños son víctimas antes de sus madres que de sus padres y que, puestos a matar, los hombres matan más a hombres que a mujeres, y las mujeres matan más a mujeres que a hombres. Si la ideología feminista fuese consecuente con su absurdo argumentario, solo en base a este dato diría que no hay peor enemigo para la mujer que la mujer.

Adolescentes que propinan palizas a sus padres, madres que torturan a sus hijos, adultos que abandonan a los abuelos en la enfermedad, lesbianas que acaban con sus parejas. Da igual el sexo de la víctima y el victimario. Si por cada una de estas tendencias estadísticas tuviésemos que meter preventivamente en prisión o estigmatizar a un colectivo en su conjunto, no sé cuál saldría peor parado. Lo cierto es que la mayoría de casos de maltrato, con o sin resultado de muerte, no se explica mediante el machismo ni por el hecho de que la víctima sea mujer.

La ley de violencia de género no responde a la necesidad de proteger a los más débiles, sino al deseo de imponer una agenda política cuyo objetivo es la división social y el enfrentamiento. Si de proteger a los más débiles se tratara, no sería unidireccional, sino que atendería a todas las víctimas con el mismo celo. No crearía falsas víctimas y culpables para alimentar su relato, sino que buscaría reducir al máximo la violencia venga de donde venga y se ensañe con quien se ensañe. Y no me vale la excusa de la proporción numérica: basta con que un solo hombre muera a manos de una mujer, con que un solo niño o niña entre en un hospital con la piel quemada, con que un solo anciano muera solo en su casa sin la menor atención, con que un solo hombre sea privado de ver a sus hijos por una denuncia falsa, para que todo el andamio de justificaciones que sostiene la ley de violencia de género se venga abajo.

La ideología de género es hoy una industria que riega con dinero del contribuyente a cientos de lobbies, observatorios y ONG que no tendrían razón de ser si el número de mujeres asesinadas por varones se redujera drásticamente. No hace falta ser muy sagaz para deducir que es esta razón, y no otra, la que los lleva a atacar como fieras a quien propone desmontarles el chiringuito. No hace falta ser muy perspicaz para entender por qué, a pesar de los cientos de millones que se emplean para proteger a la mujer de su mortal enemigo, el número de víctimas persiste con impasible tenacidad.

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