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Escocia, Quebec y la claridad

Desde que se aprobó la Ley de Claridad, a los nacionalistas de Quebec se les han quitado las ganas de convocar referendos.

Daniel Rodríguez Herrera
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Durante años, los guías de los autobuses turísticos de dos pisos de Edimburgo explicaban que, cuando Escocia recuperase la independencia, el Parlamento sería un edificio en Calton Hill, la Old Royal High School, de aspecto señorial y, bueno, parlamentario. Sin embargo, en cuanto se supo que finalmente habría necesidad de tener un edificio, el laborista escocés encargado del asunto decidió que lo mejor era construir uno nuevo, que encargaron a un arquitecto catalán. Con toda la intención. La mala intención.

Los nacionalistas escoceses tuvieron como objetivo conseguir el estatus de Cataluña, dado que ellos no disfrutaban de autonomía; y cuando la consiguieron era mucho menor que la catalana. Por las mismas razones, rara vez los catalanes se han puesto como meta ser Escocia. Sin embargo, las tornas han cambiado con el acuerdo alcanzado por David Cameron y el nacionalista Alex Salmond para celebrar en el antiguo reino un referéndum independentista en 2014, cuando se cumplen 700 años de la batalla de Bannockburn, que el australiano Mel Gibson dio a conocer a todo el mundo. Ahora, los catalanes quieren ser escoceses y compartir con ellos algo más que la fama de tacaños.

Antes, el sueño era Quebec. En la provincia canadiense hubo dos referendos por la independencia. El último, en 1995, estuvo a un punto porcentual de lograr su objetivo. Pero hace ya más de una década que la opción independentista se sitúa en los alrededores del 40%, lo que en buena medida explica por qué no se han hecho más intentos. Pero eso es sólo parte de la explicación. También tiene mucho que ver la claridad.

Y es que uno de los trucos de los independentistas es trucar de partida cualquier consulta. Fíjense si no en la engañosa pregunta que Mas quiere plantear en su referéndum:

¿Desea usted que Cataluña sea un nuevo Estado de la UE?

Lo de la Unión Europea es una engañifa, pues eso dependería, claro, de la voluntad de una Cataluña independiente por volver a entrar en aquélla... pero también de los países que ya la conforman, empezando por España. De modo que podría salir el y que Cataluña se independizara pero no entrara en la UE.

Aun así, la pregunta de Mas resulta prodigiosamente clara si se compara con la que estuvo a punto de triunfar en Quebec:

¿Está usted de acuerdo con que Quebec acceda a la soberanía tras haber efectuado una propuesta formal a Canadá de una nueva forma de asociación económica y política dentro de lo previsto en la ley que se refiere al futuro de Quebec y en el acuerdo firmado el 12 de junio de 1995?

Tras aquello, el Tribunal Supremo canadiense fijó en 1998 las condiciones que debería tener una consulta independentista para ser válida. Los principios rectores serían los de claridad y contundencia. Tanto la pregunta como el resultado habrían de ser claros y contundentes. Para asegurarse de ello, la provincia secesionista y el Gobierno central deberían ponerse de acuerdo tanto en la pregunta como en los votos necesarios para darla por convenientemente respondida.

Le habrá pasado en su comunidad de propietarios. Bueno, quizá no a usted personalmente, pero en todo caso lo habrá oído. Una minoría muy persistente quiere algo. Se le niega en una reunión, se le niega en otra... hasta que al final, en una con un quorum menor, logra su objetivo, aunque sea por un voto; y eso vale más que todas las negativas precedentes. Algo similar podría suceder en este caso. Si el resultado fuera favorable a la independencia sería irreversible; si fuera negativo, habría que seguir votando. Para evitar este problema, en Quebec la mayoría debía ser mayor que un mero 50% para que no hubiera dudas sobre la voluntad secesionista de la ciudadanía. Y para que quedara claro qué votaba cada uno, la pregunta debía ser del tipo: "¿Quiere que Quebec sea un nuevo Estado independiente y separado de Canadá?"; es decir, una pregunta clara y concisa, que no dejara lugar a dudas.

Canadá formalizó esta sentencia en 2000 con la Ley de Claridad, que cristalizaba estas reflexiones en su preámbulo:

El hecho de descartar la posibilidad de entablar una negociación sobre la secesión a menos que ésta cuente con el apoyo de una mayoría clara, y no incierta y frágil, pone de manifiesto que la secesión se considera un acto grave y probablemente irreversible, que afecta a las generaciones futuras y que tiene consecuencias muy importantes para todos los ciudadanos del país que, de ese modo, quedaría escindido. La pregunta formulada en el referéndum también debe ser clara, ya que es evidente que sólo una pregunta que aborde verdaderamente la secesión permitiría saber si los ciudadanos la desean realmente.

La ley establece límites a los posibles textos. Así, estipula que la mayoría que vote sí deberá superar no sólo un porcentaje (a negociar) sobre el total de los votantes, sino sobre el total del censo; que, en caso de tener éxito la secesión, deben asegurarse los derechos de los ciudadanos que no la desean en el nuevo país independiente, así como una división justa de activos comunes –como en el caso de España pueda ser la Seguridad Social–. Desde su aprobación, no se ha intentado celebrar referéndum alguno en Quebec.

El nacionalista Alex Salmond es un político hábil, pero David Cameron no lo ha hecho mal. Ha logrado que sólo se pregunte por la independencia, y que la pregunta sea clara, frente a la pretensión de Salmond, que piensa que para 2014 no habrá una mayoría independentista pero sí una que le permita exigir más autonomía, por eso pretendía colar ambas opciones en la pregunta.

La crisis ha hecho crecer el sentimiento independentista en Cataluña. Sin embargo, no me cabe duda de que una consulta bajo las condiciones establecidas por la Ley de Claridad canadiense fracasaría, especialmente si se celebrara una vez hubiéramos salido de la crisis. En el País Vasco, pese a los previsibles resultados electorales del domingo, seguramente el no tendría aún más fuerza.

Curiosamente, alrededor del 25% de los canadienses está a favor de la expulsión de Quebec. Algunas encuestas sugieren que hay más gente en Inglaterra deseando librarse de los escoceses que independentistas en la bella pero pobre y dependiente región del norte. No he visto que aquí se nos haya preguntado si consideramos que los catalanes no merecen ser españoles. No estaría de más.

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