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EDITORIAL

Ancianas a la calle

Si no queremos encontrarnos con cada vez más casas ilegalmente ocupadas, urge que quienes asaltan un piso ajeno sepan que saldrán de él inmediatamente para dar con sus huesos en la cárcel.

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No solemos ser conscientes de lo fina que es la línea que separa la civilización de la barbarie. Incluso es costumbre de progresistas minar todas las instituciones sociales en las que nuestro modo de vida tiene su base. Muchos les ríen la gracia y hasta les dan la razón hasta el momento en que se dan cuenta de las consecuencias reales que tienen semejantes prédicas. Claro que entonces puede ser demasiado tarde.

En nada se ve esto mejor que en el fenómeno de la okupación, término con el que se ha dado en enmascarar la usurpación de la propiedad ajena. Entretenidos jueces y fiscales con el uso para "actividades lúdicas y de formación" de los inmuebles allanados por extremistas de izquierda (otro gallo nos cantaría si fuesen neonazis) y los políticos con sus propuestas de expropiación de pisos "vacíos" mientras mantienen en vigor las medidas que provocaron que esos pisos no estén en el mercado de alquiler, muchos han tomado nota de la escasa protección que España ofrece a la propiedad privada.

Hubo a quien le hizo gracia la broma hasta que ha empezado a ver cómo eran asaltadas las viviendas de gente normal y corriente que las utiliza para vivir en ellas, ancianas incluidas. Y encima, como los allanadores saben gracias al ejemplo que han dado los del "uso social" de la okupación que la ley no les hará nada más que echarlos pasado un tiempo considerable, lo hacen con chulería. Lo pudimos ver hace unos meses con la denuncia por "violación de la intimidad" al dueño presentado por los usurpadores de un piso en la calle Urgel de Barcelona y se ha repetido ahora con el "denuncia el caso a la Policía, si quieres" de ayer mismo en el barrio madrileño de Moncloa. Si no queremos encontrarnos con cada vez más casas ilegalmente ocupadas, urge que quienes asaltan un piso ajeno sepan que saldrán de él inmediatamente para dar con sus huesos en la cárcel.

Desde el Derecho romano, la propiedad se define como la total soberanía sobre la cosa poseída sin que quepan excusas o interferencias de otros. Cuando obviamos este hecho por motivos espurios comenzamos a deslizarnos por la peligrosa pendiente que desciende de la civilización a la barbarie. En ello estamos.


 

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