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EDITORIAL

Carmen Calvo da vergüenza ajena

Su proverbial capacidad para el disparate alcanza ahora temas que probablemente son más sensibles y que tienen mayor peso político.

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La vicepresidenta del Gobierno está logrando, en sólo los tres meses que lleva ocupando el cargo, excavar aún más hondo en el pozo de desprestigio político en el que había caído en su anterior aventura como ministra de Cultura, en la que logró ‘éxitos’ tan atroces como el expolio del Archivo de Salamanca y dejó un reguero de declaraciones entre cómicas y lamentables, desde su desparpajo manejando -es un decir- el latín, hasta sus grotescas ideas sobre el dinero público, "que no es de nadie".

Afortunadamente, la debilidad parlamentaria del Ejecutivo no permite que Calvo haya trasladado al BOE toda la finezza de su pensamiento político, aunque es imposible no ver su mano en el despropósito jurídico recientemente aprobado sobre la mal llamada violencia de género. Pero no todo es positivo: en este segundo paso por el Consejo de Ministros además de un ministerio -el de Igualdad- es vicepresidenta, lo que hace que su proverbial capacidad para el disparate alcance temas que probablemente son más sensibles y que tienen mayor peso político.

Así, y con Sánchez de vacaciones, ha sido ella la encargada de responder a las barbaridades expelidas por Torra el pasado viernes, y lo ha hecho dando una muestra más de su capacidad para retorcer la realidad y, sobre todo, de su sectarismo enfermizo: que cuando el presidente de la Generalidad amenaza con atacar al estado el Gobierno pida lealtad… ¡al PP y a Ciudadanos! sería material de chirigota carnavalesca si no estuviésemos hablando de una cuestión tan seria, si no supusiese abandonar -una vez más- a los catalanes que se sienten españoles y quieren seguir siéndolo, y si no fuesen palabras que envalentonasen a unos separatistas en cuya escalada demencial ya queda poco para llegar a la violencia física masiva.

Y si grotesco ha sido lo de este domingo, no menos esperpéntica fue su comparecencia de unos días atrás a cuenta del Aquarius en la que presumió del pacto entre Malta y Francia como si hubiese sido redactado por el propio Pedro Sánchez, y lo hizo con una retórica que nos recordó la "conjunción planetaria" de Leire Pajín, pero en un tema como la cuestión migratoria que es tan importante políticamente como cada vez más sensible para la opinión pública.

Entre unas cosas y otras, Calvo guarda algunos momentos para recordarnos sus gloriosas intervenciones culturales y nos demuestra que ni siquiera tiene el mínimo conocimiento de El Quijote que cabría exigir no ya a una exministra de Cultura, sino a cualquier español con una educación superior que vaya a hablar en público.

Como podemos ver, considerada en conjunto es una actuación que da auténtica vergüenza ajena y que está generando críticas cada vez más sonoras en su contra. Con su obsesión enfermiza por un feminismo mal entendido que la lleva incluso a disparatar con el idioma, es probable que Carmen Calvo se refugie de estos reproches con alusiones al machismo. No sería sino otra falacia más: no hay nada más machista que querer utilizar tu condición de mujer como escudo de una crítica que te has ganado a pulso, porque la acción política o las tonterías que se dicen en público no dependen ni de tu sexo ni de tu orientación sexual.

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