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Cataluña, tras la manifestación de la infamia

Cataluña está en manos de una casta política descalificable, impresentable, tóxica hasta la náusea. Es, sin lugar a dudas, el peor enemigo de la propia Cataluña.

EDITORIAL
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Los peores augurios se cumplieron y la manifestación del pasado sábado en Barcelona fue uno de los momentos más infames desde la instauración de la democracia. Allí no campeó la resistencia al terrorismo, sino la estupidez y la ignominia. La estupidez de quienes esgrimieron cartelitos de un buenismo tan insentato e ignaro como repugnante, por su escandalosa desconexión deliberada de la realidad y su gratuidad –pura pose, pseudocompromiso heroico de la peor estofa precisamente porque se es consciente de que nadie va a exigir un precio, una prueba al supuesto héroe comprometido–; y la ignominia de los canallas que prostituyeron el objeto de la convocatoria, que profanaron la memoria de las víctimas de la matanza islamista de las Ramblas, para perpretrar una vomitiva performance sectaria.

La imagen que ofreció el sábado al mundo una ciudad que hasta el ominoso 17 de agosto acaparaba titulares internacionales por la huelga que desarboló su aeropuerto internacional y por una muy agresiva e infecta campaña de turismofobia fue sórdida; una vergüenza. No han sido pocos los extranjeros que han alucinado ante una manifestación contra el terrorismo en la que no se hacía la menor alusión al islamismo criminal causante de la matanza objeto de la misma, y en la que pancarta más grande y llamativa, jaleada por los que han hozado sin descanso en la turismofobia, decía "Vuestras políticas, nuestros muertos" y reproducía la célebre Foto de las Azores, cuyo uso en todos estos años haría las delicias al nazi Goebbels, tan emulado por sus supuestos enemigos.

Cataluña está en manos de una casta política descalificable, impresentable, tóxica hasta la náusea. Es, sin lugar a dudas, el peor enemigo de Cataluña, a la que demuestra odiar con furia con sus dichos y hechos marinados en un fanatismo despreciable, criminógeno, que está devastando el Principado.

Son numerosas las voces que han pedido que se distinga a quienes convirtieron la manifestación del sábado en una afrenta a las ignoradas víctimas del terrorismo de la inmensa mayoría de los manifestantes, que no se echaron a la calle con banderas que dinamitan la convivencia ni miserables carteles que pretendían disimular el odio y el sectarismo que los animaba con proclamas buenistas. Sea. Pero lo cierto es que esa Cataluña que no es la peor Cataluña tiene que hacer más, mucho más. Tiene, de hecho, que demostrar que es mayoritaria y conquistar el espacio público; practicar la activa exclusión social de los liberticidas, de los blanqueadores de terroristas, de los que excitan el odio contra el resto de España, y expulsar de las instituciones a quienes están convirtiendo el Principado en una suerte de pseudo Estado fallido y canalla.

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